Después de recorrer los pueblos del Valle de Itria, la ruta continuaba hacia el extremo sur de Apulia. Nos esperaba una jornada muy variada, con historia romana, ciudades amuralladas junto al mar, paisajes costeros y, como broche final, una de las ciudades barrocas más bonitas de Italia.
La primera parada fue Brindisi.
La visita era breve, pero tenía un gran valor simbólico. En el centro histórico se conserva una de las columnas romanas que tradicionalmente señalan el final de la Vía Apia, la gran calzada que durante siglos unió Roma con el sur de Italia.
Ver aquella columna todavía en pie, dominando el puerto, hacía inevitable pensar en todos los viajeros que durante más de dos mil años habían terminado aquí su camino.

Plaza y catedral del centro histórico de Brindisi.

La columna romana de Brindisi, símbolo tradicional del final de la Vía Apia.
Además de la columna, paseamos tranquilamente por el casco antiguo, descubriendo la plaza de la catedral y un ambiente mucho más relajado de lo que esperábamos.
Desde allí seguimos hacia Otranto.
Nada más llegar destacan sus murallas de piedra abiertas directamente al Adriático. El casco antiguo conserva el aspecto de una auténtica ciudad fortificada mediterránea, con calles estrechas, pequeñas plazas y continuas vistas al mar.

Las murallas de Otranto abiertas al mar Adriático.
Recorrimos sus murallas y nos perdimos por las callejuelas del centro histórico, donde todavía permanecían algunas decoraciones navideñas. Todo transmitía la sensación de un pueblo marinero que seguía viviendo con naturalidad más allá del turismo.

Acceso a las murallas y al casco histórico de Otranto.

Una de las callejuelas tranquilas del casco antiguo de Otranto.
La siguiente parada nos llevó hasta la Grotta della Poesia, uno de los lugares naturales más conocidos del Salento.
Incluso en pleno invierno resultaba un lugar espectacular. El Mediterráneo mostraba aquí una imagen muy distinta a la habitual: viento, oleaje y una costa mucho más salvaje de la que solemos asociar con el sur de Italia.

La Grotta della Poesia, una cavidad natural abierta al mar en la costa del Salento.
Durante este recorrido descubrimos también una realidad menos fotogénica: el estado de muchas carreteras. Las vías secundarias estaban llenas de baches y nos sorprendió comprobar que incluso algunos tramos de autovía presentaban un firme bastante deteriorado. No fue un problema importante, pero sí una de esas pequeñas anécdotas que recuerdas después de un viaje.
La jornada terminaba en Lecce.
El contraste con Bari era enorme. Si Bari nos había parecido sobria y medieval, Lecce era todo lo contrario. La ciudad gira alrededor del barroco y de la característica piedra clara con la que están construidos la mayoría de sus edificios.
La Basílica de Santa Croce es el gran símbolo de la ciudad, con una fachada exuberante llena de detalles.

Fachada barroca de la Basílica de Santa Croce de Lecce.
Pero, más allá de sus monumentos, lo que más nos gustó fue el ambiente. Las calles seguían iluminadas por la Navidad, las terrazas comenzaban a llenarse y la luz del atardecer daba un tono dorado a las fachadas.

Plaza del centro histórico de Lecce con el ambiente de fin de año.

Patio interior tradicional con escaleras y arquitectura de piedra del sur de Italia.
Al terminar el día tuvimos la sensación de haber conocido muchas Apulias distintas en apenas unas horas: la herencia romana de Brindisi, la personalidad marinera de Otranto, los paisajes abiertos del Salento y, finalmente, la elegancia barroca de Lecce. Fue, sin duda, una de las etapas más completas y variadas de todo el viaje.