Después de recorrer la costa del Adriático, tocaba descubrir una Apulia completamente diferente. Dejábamos atrás el mar para adentrarnos en el Valle de Itria, una región de suaves colinas cubiertas de olivares donde aparecen algunos de los pueblos blancos más bonitos del sur de Italia.
Nuestra primera parada fue Locorotondo.
El propio nombre ya explica buena parte de su aspecto: el casco histórico se extiende sobre una colina formando casi un círculo perfecto. Sus calles estrechas, impecablemente cuidadas, las fachadas encaladas y los balcones llenos de flores invitan a caminar sin ningún rumbo concreto.

Calle blanca de Locorotondo, en el corazón del Valle de Itria.
No es un pueblo de grandes monumentos. Su encanto está precisamente en el conjunto, en la armonía de sus calles y en esa tranquilidad que se respira a cada paso.
Cada rincón parecía pensado para detenerse unos minutos antes de seguir caminando.

Rincón tranquilo de Locorotondo, entre fachadas encaladas y pequeños portales.
La siguiente parada fue Cisternino.
Llegamos sin demasiadas expectativas y acabó siendo uno de los pueblos que más nos gustaron de todo el viaje. Sus callejuelas, los arcos, las escaleras y las pequeñas plazas conservan un ambiente muy auténtico. Es uno de esos lugares que no necesitan grandes monumentos porque el verdadero atractivo está simplemente en pasear y dejarse sorprender por cada esquina.

Callejuelas y arcos de Cisternino, uno de los pueblos con más encanto del interior.
La jornada terminaba en Ostuni, probablemente la imagen más conocida del Valle de Itria.
Mucho antes de llegar ya se distingue sobre la colina. Su perfil completamente blanco destaca sobre el paisaje de olivares, motivo por el que se la conoce como la Ciudad Blanca.
Pasear por sus calles supone subir y bajar continuamente entre escaleras, pasadizos y fachadas encaladas que reflejan la luz del Mediterráneo. A finales de diciembre el ambiente era especialmente tranquilo, muy lejos del bullicio que debe de haber durante el verano.

Vista de Ostuni, la ciudad blanca, elevada sobre las colinas del Valle de Itria.
Mirando atrás, fue probablemente la etapa más relajada de todo el viaje. No había grandes monumentos ni paisajes espectaculares, sino una sucesión de pequeños pueblos donde lo importante era caminar sin prisa, perderse entre las calles y disfrutar del ambiente.
El Valle de Itria nos enseñó una Apulia mucho más rural y pausada, una tierra de olivares centenarios, carreteras secundarias y pueblos blancos que parecen haber encontrado el equilibrio perfecto entre tradición y tranquilidad.