Llega la noche, la primera noche. Pizza y cerveza para cenar en la habitación y a la cama. Entre sábanas, todavía recuerdo mi primera visión de la ciudad, que se produce a la salida del metro en Penn Station, la 34 con la Séptima. Como alzo la mirada y me encuentro bajo una impresionante acumulación de rascacielos, como un bosque de sequoias metálicas y relucientes, de cristales que reflejan tonos azulados. Más allá el limitado cielo, recortado contra los gigantes de metal y, a pie de calle, me zambullo en el hormigueo de gente y el repentino torpedeo de sonidos de los coches, las voces, los gritos de los vendedores, las sirenas… cada poco esas sirenas infatigables. Cae la noche y en mi habitación del noveno piso en el hotel llega a mis oídos la variedad de sonidos que vuelan y se entremezclan en una masa sonora rugiente. Aquí es distinto, no estoy inmerso en la locura de allá abajo pero, a cierta distancia, percibo mejor la situación. El contraste entre la calma de mi reducto y el mundo frenético allá afuera lo convierte en más intenso y profundo. De noche, en la quietud de mi habitación, sobresale más que en ningún otro momento del día la rugiente marabunta de allá abajo a través de su agitación nocturna. En la inmensa tela tejida por innumerables calles y avenidas sacuden el aire los motores, los cláxones, esta o aquella música. Y las sirenas, cada poco las sirenas, ese grito de la urgencia y todo lo demás a un lado. Pronto me daré cuenta de que, aquí, las sirenas son una de las más claras señales de que la ciudad no pierde ritmo. Siempre la prisa, siempre el grito, siempre al ataque.
Es lunes por la tarde y lejos queda el domingo por la noche en Donostia, las despedidas en el recuerdo, la cena improvisada en las inmediaciones de la estación de autobuses y los nervios apenas reprimidos. Dejo Donostia y ya en el autobús a Madrid, todo lo pasado queda atrás y el mundo se reduce a una visión por delante, de lo que me depara el futuro más inmediato, como en un viaje cercano a la velocidad de la luz donde el universo visible dejaría de rodearnos para situarse delante de nuestros ojos, en un punto cada vez más cerrado, más pequeño. Todo delante, sólo delante. Tengo esa sensación mientras viajo a Nueva York, en el autobús y, luego, en el avión. En total, han pasado 14 horas desde que dejé aquella estación de autobuses de Donostia, contando con las cinco horas de retraso para adaptarme al horario local. No es mucho tiempo pero aquí, en la 34 con la Séptima, aquella cena con mis dos amigos Ángel y Jorge, aquella despedida, quedan muy lejanas. Ángel, aguantando estoicamente una incipiente gastroenteritis delante de un plato de pulpo que deja sin probar. “Anda, vete a casa”, le ánimo. “No, es igual”, resiste.
Luego un viaje que se me hace corto. El aeropuerto es una atopía, uno de esos “no lugares” que describen los antropólogos como lugares impersonales. Si sólo conoces el aeropuerto, no puedes decir que conoces la ciudad. Y, sin embargo, los carteles y la gente en inglés, la gran cantidad de negros, la larga cola frente a los protocolos de seguridad, los empleados dirigiendo de forma enérgica el tránsito de pasajeros “over there, please”, “thank you” hasta la gran sala. Sí, un poco de lectura en el avión y dos películas, Aladdin y Million Dolar Baby me separan de casa, pero todo es ya diferente en el JFK. Dos meses por delante para cruzar USA, diez días para disfrutar de NY. Como cantaban The Beatles, siempre Tomorrow Never Knows. Aquí, enfundado en mis sabanas al otro lado del Atlántico, más que nunca Tomorrow Never Knows, Tomorrow Never Knows, mientras me envuelve el suave velo de Morfeo.
