Aterricé en Pudong después de un vuelo larguísimo y con bastante sueño acumulado, pero con esa mezcla de nervios y emoción que te da llegar a un sitio totalmente distinto a lo que conoces. Lo primero que me golpeó fue el tamaño de todo: el aeropuerto, las carreteras, los edificios. Valencia me parece grande cuando vuelvo de un pueblo, pero esto es otra escala.
Lo de pagar lo había leído mil veces en el foro, pero hasta que no lo vives no te das cuenta de lo distinto que es. En teoría lo tenía todo preparado: me descargué Alipay antes de salir, vinculé la tarjeta y todo. La realidad fue que en el aeropuerto, con las manos llenas de maletas y el cerebro medio dormido, me costó más de lo esperado. Al final pagué un café escaneando un código QR y sentí que había superado el primer examen. Poco después descubrí que en algunos sitios también aceptan efectivo, pero la verdad es que el móvil lo es todo aquí. Para todo: pagar, pedir comida, pedir un taxi, abrir puertas en algunos hoteles... Es como si el smartphone fuera una extensión de la mano.
Para mi sorpresa, había muchas personas en el aeropuerto de Pudong que se identificaban como voluntarios; te enseñaban a comprar billetes de metro y algunos incluso sabían decir unas pocas palabras en español.
Del aeropuerto a la ciudad cogí el Maglev. Había leído que era el tren de levitación magnética y que iba muy rápido, pero no me esperaba esa sensación de deslizarse sin ruido, casi sin sentir el movimiento. En menos de diez minutos ya estaba en el centro. Impresionante.
Lo que más me sorprendió de Shanghai fue el contraste. Es una ciudad enorme, con rascacielos que parecen no acabar nunca, pero también con rincones que se sienten completamente distintos. Fui a caminar por el Bund al atardecer y la verdad es que cuesta procesarlo: a un lado del río tienes los edificios coloniales, con ese aire europeo que me resultaba vagamente familiar, y al otro, Pudong, con esa masa de torres de cristal que parecen sacadas de una película de ciencia ficción. Me quedé un buen rato ahí, sentada en una de las barandillas, intentando absorberlo. Hay algo en esa vista que te hace entender en seguida por qué dicen que Shanghai es dos ciudades en una.
Al día siguiente me aventuré a explorar por mi cuenta. El metro es facilísimo de usar: los letreros están en inglés, las estaciones son enormes y todo funciona con una pulcritud que no esperaba. Bajé en la zona de Nanjing Road y me dejé llevar. Es una calle comercial inmensa, llena de tiendas y de gente, pero lo que más me llamó la atención fueron los pequeños detalles: puestos de comida en callejones laterales, ancianos jugando al ajedrez en las aceras, bicicletas aparcadas en sitios que parecían imposibles. Hay una vida cotidiana que transcurre paralela a toda esa modernidad, y es precisamente en esa mezcla donde Shanghai me pareció más fascinante.
La comida fue otro de los grandes descubrimientos. Me metí en un sitio pequeño, sin señales en inglés, señalando con el dedo lo que otros comían. Lo que llegó era un bol de fideos con un caldo que no se parecía a nada que haya probado en ningún chino de España. El sabor era más profundo, más complejo, y el caldo tenía algo que no sabría identificar. La mujer que lo servía me miraba con una mezcla de curiosidad y simpatía, y cuando le sonreí me dijo algo que no entendí pero que sonó amable. Aprendí que una sonrisa abre muchas puertas cuando no hablas el idioma.
También me pasé por Yu Garden, que me habían recomendado en el foro. Es un jardín tradicional dentro de la ciudad, rodeado de pabellones y estanques. Entré esperando algo turístico y salí con la sensación de haber visto un pedacito de la China que llevaba imaginando. Los detalles de los techos curvos, los puentes de piedra, las carpas en el agua... Todo tan cuidado que da la sensación de que el tiempo va más despacio dentro. Luego sales y te encuentras de golpe con una calle comercial llena de luces y tiendas. Ese contraste es algo que me sigue costando describir.
Otra cosa que me sorprendió fue lo accesible que resultó todo. El metro es increíble: puntual, limpio, y baratísimo comparado con lo que cuesta moverse en Europa. Para comprar el billete solo hay que tocar la pantalla, seleccionar el destino y pagar con el móvil. Sin complicaciones. Eso sí, el tema de la verificación de identidad para algunas apps me dio algún dolor de cabeza al principio, pero nada que no se resuelva con paciencia.
Por la noche, ya en el hotel, estuve mirando el mapa y organizando los próximos días. La idea es salir de Shanghai hacia esa zona de pueblos del agua que tanto me llamó la atención durante la planificación. He leído que se puede llegar en tren de alta velocidad en muy poco tiempo, así que mañana salgo temprano. Tengo muchas ganas de ver si los canales y los puentes de piedra son como en las fotos, o si la realidad es otra cosa completamente distinta.
Estoy agotada, pero contenta. Shanghai me ha dado mucho más de lo que esperaba. No es una ciudad que pensara que me iba a gustar tanto, la verdad. Es grande, ruidosa, abrumadora a veces, pero también tiene rincones que te paran en seco. China me da un poco de vértigo, pero del bueno. Ese vértigo de saber que hay mucho que no entiendo y que voy a tener que improvisar más de lo que había planeado.
En la próxima entrada contaré cómo va la visita a los pueblos del agua.