La noche anterior, en el hotel de Shanghai, estuve mirando el mapa bastante rato. Tenía decidido ir a un pueblo de agua, pero hay tantos y en las fotos se parecen tanto que al final casi fue cuestión de echarlo a suertes: Xitang. Está entre Shanghai y Hangzhou, que era mi siguiente parada, y en el foro alguien había comentado que tenía unas galerías cubiertas a lo largo del canal que le daban un carácter distinto. Así que madrugué y cogí un tren.
Llegar fue fácil. Menos de una hora en tren y después un trayecto corto en taxi. Lo que no me esperaba era la entrada. El pueblo está rodeado de una zona bastante moderna, con aparcamientos, taquillas para comprar las entradas y autobuses turísticos. Tuve que pagar una entrada para acceder al casco antiguo, lo cual me chocó un poco, la verdad. Es como si cobraran por entrar en el centro de un pueblo. Pero bueno, supongo que es la forma que tienen de gestionar la cantidad de turistas que reciben.
Nada más cruzar la puerta, lo entendí. Xitang es exactamente lo que llevaba en la cabeza cuando pensaba en "la China del agua": canales que serpentean entre casas blancas con tejados oscuros, puentes de piedra arqueados, ropa tendida entre los edificios y ese olor a agua mezclado con comida que se está cocinando en algún sitio cercano.
Las galerías cubiertas que me habían comentado son preciosas. Son como unos porches de madera que recorren la orilla del canal y que te protegen de la lluvia cuando llueve y del sol cuando aprieta. Tiene algo de calle y algo de pasadizo, y lo curioso es pensar que llevan siglos formando parte del pueblo.
Pero lo que también tenía el pueblo era gente. Mucha. Por la calle principal, la que sale en todas las fotos, era casi imposible caminar sin chocarte con alguien. Tiendas de recuerdos por todas partes, puestos de comida rápida para turistas, gente haciéndose fotos con el palo de selfie cada dos metros.
Hubo momentos en los que me preguntaba si estaba viendo un pueblo real o un decorado montado para que la gente se hiciera fotos. Y eso me dio un poco de pena, porque las casas son auténticas, los canales son auténticos, pero a veces da la sensación de que hasta la vida del pueblo forma parte del espectáculo.
Menos mal que me quedé. Por la tarde, cuando los grupos de turistas empezaron a irse, el pueblo cambió por completo. Las calles se vaciaron, los puestos cerraron y, de repente, podías escuchar el agua del canal, los pasos en los puentes de piedra y alguna conversación lejana desde una ventana abierta.
Fue como si le quitaran el decorado al pueblo y quedara lo de debajo: un sitio donde la gente vive, donde la ropa sigue tendida y donde los canales siguen ahí aunque nadie los esté fotografiando.
Ese Xitang de la tarde me encantó. Ojalá hubiera podido dormir allí, porque me han dicho que al amanecer, cuando todavía no hay nadie, es aún más bonito.
Antes de irme hice lo que más ganas tenía: subirme a una barca. Hay unas barcas de madera, estrechas, con un barquero que rema o mueve un pequeño motor. Pagué por un paseo de unos veinte minutos y la verdad es que mereció la pena. Desde el agua lo ves todo distinto: las casas se reflejan en el canal, los puentes pasan por encima de ti y hay una perspectiva que desde la calle no tienes. El barquero no hablaba inglés y yo no hablo chino, pero en un momento me señaló algo en la orilla: un gato dormido sobre una madera. Nos reímos los dos. Son esas pequeñas cosas que no necesitan idioma para compartir.
La comida fue otro acierto. En un sitio pequeño junto al canal, con tres mesas y una cocina abierta, pedí algo que no sabría pronunciar y que la señora me recomendó señalando una foto en la pared.
Eran unos rollitos de tofu frito rellenos de algo vegetal, crujientes por fuera y suaves por dentro, con una salsa dulce que no supe identificar. También probé el vino de arroz de la zona, que viene en un cuenco pequeño y pega más de lo que parece. Me senté junto al canal, con los pies colgando sobre el agua, comiendo algo que no sabía ni cómo nombrar, y pensé que para momentos así había venido a China.
Por la tarde cogí otro tren hacia Hangzhou. El trayecto fue corto, menos de una hora. Llegué con tiempo para acercarme al Lago del Oeste antes de que oscureciera, y lo primero que pensé fue: es enorme. No sé qué me esperaba, quizá algo más íntimo, pero el Lago del Oeste es un espacio inmenso, con paseos arbolados, templos a lo lejos y puentes que cruzan hacia pequeños islotes. Había gente paseando, corriendo y haciendo tai chi en las orillas. Tiene algo de parque urbano y algo de paisaje de postal, y la luz del atardecer le daba un tono dorado que hacía que todo pareciera un poco irreal.
Caminé un rato sin rumbo, siguiendo la orilla, y me senté en un banco a ver cómo se ponía el sol detrás de las colinas. Había una pagoda a lo lejos que se iluminó justo cuando el cielo cambió de color. En ese momento entendí por qué este lago lleva siglos apareciendo en poemas y pinturas chinas. No es solo bonito, es que tiene algo que te obliga a pararte. Quizá mañana, con más tiempo y más luz, lo vea de otra manera, pero esa primera impresión me dejó con una sensación de calma que no había tenido en todo el viaje.
Mañana quiero dedicar el día entero al lago y a los templos de alrededor. Y luego, si todo va bien, tren a Suzhou para cerrar la etapa de Jiangnan con los jardines.
Pero eso lo cuento en la próxima entrada.