Arriba y abajo
Continuo por la Quinta. A la altura de la 34, se eleva el hermano mayor de Flatiron (ver entrada titulada “Nueva York: Nudos y líneas. La red (I) -Broadway-”), el Empire State. La planta baja es elegante y amplísima y la cola de seguridad es larga, pero discurre rápida. Zona de seguridad y escáner con los operarios pidiendo rapidez a los visitantes, “go, go, go”, cinturones fuera, bolsillos vacíos, “go go go”, el arco alerta con su pitido; vuelta atrás y trajín con las pulseras, colgantes, relojes, instrucciones rápidas, cacheos, recogida apresurada de bolsos, bolsas, mochilas y efectos personales de las bandejas “go, go, go”. Superada la barrera, uno se sitúa frente a media docena de taquillas para adquirir las entradas y los operarios requieren con voz potente “Next please!”. Todo muy rápido y el constante “circulen” que mueve pesadamente la masa con destino al techo de la ciudad. Pese a todo, hay tanta gente que la visita al observatorio me lleva una hora.
Más adelante, la fotografía frente al telón verde es el último trámite antes de subir. Se trata de la versión jappilaif, con el fotógrafo y su compañero que ordena la cola, coloca para la foto y entonces el empalagoso “yujuuuuuu” para que sonrían los posados y todos con el “yujuuuuuu” y las posturitas. No es para mí y paso de largo ante el lamento aspaventoso y fingido del fotógrafo y su compañero. “Ooohhhh, sorry!” Pues sí, sorry. A la mierda. A la salida puedes comprar tu propia fotografía sobre un fondo del edificio. Este procedimiento será una constante a lo largo del viaje en los emplazamientos emblemáticos. Qué gusto ese de los yanquis por el exhibicionismo autocomplaciente, pienso yo. Aquí, frente a la cámara, con los gestos y las poses, el acento y las exclamaciones, me siento como atrapado en el celuloide hollywood superstar. Todos con sus woooow, omaigod, ecsaitin y reli biuriful.
Justo delante mío, un matrimonio con dos hijos habla castellano no latino. Coincidimos en el ascensor e intercambiamos unas pocas palabras de solidaridad mutua. Son de Barcelona, la chica habla un poco de inglés y hace de intérprete con su hermano y sus padres que, como yo, se mueven en terreno desconocido.
Llegamos hasta el piso 82 desde donde subiremos a otro ascensor que nos llevará definitivamente hasta el 106. “A seguir buen viaje”. “Igualmente”. Y, en lo alto, el Empire State ofrece la vista panorámica hacia los cuatro puntos cardinales. Bajo mis pies, las agujas sostenidas por esas colosales jeringuillas arquitectónicas que se estiran y luchan entre sí por llegar más alto. Apenas dejan ver el entramado asfáltico, las largas y estrechas venas por las que circula la marea humana, en coches, transporte público o a pie. Los viandantes son microscópicos y ni se distinguen en las imperceptibles aceras sumidas en las profundidades. Los edificios lo dominan todo, lo muestran todo y, al mismo tiempo, lo ocultan todo.

Hay que bajar para recuperar la potencia del latido. Estoy enganchado a la Quinta, uno de los mejores lugares para empaparse del bullicio y de la enormidad de esta gran urbe. Sigo hacia el sur y, después de cruzar la ocho, entro en Washington Square Park. Lo hago por el enorme arco de piedra al estilo Arco de Triunfo de París. Aquí advierto uno de los muchos contrastes que me sorprenderán a lo largo del viaje. La enorme plaza central presidida por una gran fuente está rodeada de bancos corridos donde a esta hora muchos transeúntes se toman un respiro y aprovechar la luz de mediodía en este espacio amplio y abierto. Me siento en un banco para observar a los transeúntes y a la gente sentada: negros, blancos, muchos estudiantes -probablemente de la cercana Universidad de Nueva York- repasando sus notas, parejas compartiendo confidencias, solitarios como yo simplemente observando, ocupados con sus pensamientos o viendo pasar a la gente. Washington Square marca el límite entre el enjambre de rascacielos al norte por la Quinta y la zona despejada de casas bajas del SoHo al sur por la calle Thompson.



Abandono Washington Square por Thompson, dejo el bullicio para penetrar en un remanso de tranquilidad, un delicioso espacio de casas bajas de ladrillo, con escaleras de incendio en la fachada y árboles en la acera, de paisaje despejado y curiosos comercios, como la pequeña tienda Gran Lebowsky, dedicada al entrañable personaje cinematográfico de los Coen.

Volviendo al extremo norte, queda el quinto punto caliente de la Quinta, en la confluencia con la 53. Se trata de la iglesia Saint Thomas. Aparentemente es una iglesia más, pero tiene una peculiaridad sobre la que me alertó Sergio (mexicano que será convenientemente presentado en próximas entregas). En el altar preside la figura de Santo Tomás que, en realidad, no homenajea al apóstol del profeta nazareno, sino a Thomas Jefferson, uno de los “padres de la patria”, firmante y el principal redactor de la Declaración de Independencia de Filadelfia. Los yanquis fabrican sus propios santos laicos y próceres de la patria, a los que erigen una iglesia en pleno Manhattan. Hasta ahí hemos llegado, oiga usted.
