Cuando estoy finalizando mi paseo por Central Park, llego al pequeño jardín Strawberry Fields dedicado a John Lennon y observo la continua confluencia de personas a este lugar de culto al músico. Me pregunto cuánta gente pasará por aquí al cabo del día en un lugar de homenaje que intuyo como un suave pero ininterrumpido peregrinaje de fans y curiosos. Desde aquí me voy asomando al límite del bullicio de la ciudad, a la altura del edificio Dakota en la calle 72, la famosa manzana de apartamentos donde Chapman mató a Lennon y Polanski rodó La semilla del diablo, con una Mia Farrow esplendorosa.
Lennon vivía en un apartamento perteneciente al Dakota y su asesino le descerrajó cuatro tiros delante del portal. Esto contribuyó a aumentar la leyenda de edificio maldito que ya arrastraba el Dakota, en gran medida, tras el asesinato de Sharon Tate en 1969. Su estilo renacentista decimonónico contribuye a dotarle de cierto magnetismo. Preso de mi gusto por la mitificación por personas y lugares llego al inmenso arco de la entrada donde cayó Lennon, pero el acceso está restringido y solo pueden pasar los residentes. Busco el interior con la mirada y apenas adivino un patio por donde avanzo Lennon unos pocos pasos a trompicones antes de desplomarse. Con esta limitación tengo que dar por satisfecha mi morbosa curiosidad.
He abandonado Central Park por la salida hacia el Dakota. Solo hay que cruzar una calle para pasar de un lugar a otro, de un remanso de tranquilidad al edificio que algunos rodean de una aureola maléfica.





