Antes de entrar en materia es conveniente dar unas pinceladas de la historia del castillo.
En el siglo XIII, los condes palatinos del Rin, y posteriormente los electores, construyeron su primera residencia sobre Heidelberg. Con el paso de los siglos, el castillo medieval fortificado se transformó en un prestigioso palacio. En el siglo XVII, el Palatinado se vio involucrado en la Guerra de los Treinta Años y en la Guerra de Sucesión Palatina y las tropas francesas dinamitaron las murallas en varios intentos. En el siglo XVIII, los electores perdieron interés en el palacio, gravemente dañado, y trasladaron su residencia a Mannheim. Los edificios del castillo, mal reparados, cayeron en ruinas y se incendiaron en 1764 tras ser alcanzados por dos rayos. Para viajeros, pintores y poetas de alrededor de 1800, las pintorescas ruinas del castillo de Heidelberg, con vistas al Neckar, representaban la quintaesencia de una ruina romántica. Inmortalizaron este monumento lleno de encanto en poemas, canciones y pinturas. Hacia 1900, estalló la llamada «controversia del castillo»: los expertos debatieron acaloradamente la posibilidad de reconstruir el castillo de Heidelberg. Un imponente castillo, destruido y devuelto a su antiguo esplendor, resultaba atractivo para muchos contemporáneos. Sin embargo, al final, los defensores de la conservación del monumento se impusieron. Se decidió «preservar» el palacio como ruina. Hoy en día, el castillo de Heidelberg, con sus palacios renacentistas, es uno de los monumentos culturales más importantes de Alemania.
Para más información: www.schloss-heidelberg.de/en
A la altura del puente levadizo se produce el chequeo de las entradas y a continuación se accede al patio.

Se abren ante los ojos dos fachadas impresionantes. A saber:
. La que queda más a la derecha es la fachada de Ottheinrich, correspondiente al palacio dónde vivió el Conde Palatino del mismo nombre. Se la conoce como la fachada renacentista más bella al norte de los Alpes y está decorada con esculturas de héroes míticos, planetas y las virtudes. En su interior se puede visitar el Museo alemán de Farmacia, que comentaré a continuación.
. La fachada que queda a la izquierda perteneció al Príncipe Elector Federico IV. En la fila inferior, la última escultura a la derecha le representa y en la misma fila también aparecen su abuelo, padre y tío. En la segunda fila, se encuentran representantes selectos de los primeros miembros de la familia Wittelsbach que vivieron a orillas del Rin. Emperadores y reyes descendientes de la Casa de Wittelsbach están representados en la tercera fila. La posición más alta de la fachada está ocupada por los ascendientes de la línea Wittelsbach como Carlomagno y Otto von Wittelsbach. En su interior está la bodega con el que se dice que es el barril más grande del mundo y que será objeto de descripción a lo largo de la etapa.
Entre las dos fachadas hay una puerta que te lleva a una gran terraza desde donde se divisa el río Neckar y la montaña por donde transcurre el Philosophenweg. Es la vista opuesta a la de esta mañana y está llena de visitantes dando rienda suelta a sus instintos fotográficos, a los cuales me sumo.

No se puede uno dormir en los laureles porque al ser todo tan fotogénico y visualmente deslumbrante se corre el riesgo de que pase el tiempo en un suspiro. Continúo la visita y me dirijo a las bodegas para contemplar el barril de los records que dicen que tiene capacidad para 22.000 litros de vino. Ciertamente es enorme y hay hasta unas escaleras para subir a la parte superior e incluso circundarlo. Enfrente del mismo hay una estatua de madera vestida como de mayordomo sujetando una copa de vino que responde al nombre de Perkeo porque parece que siempre que le preguntaban si quería una copa de vino, él contestaba en francés macarrónico con un "Perché no" (¿por qué no?). ¡Claro que sí, Don Camilo....!

La cosa no da para más y cambio de edificio para ver el Museo Alemán de la Farmacia.
En su interior se exponen farmacias históricas de los siglos XVII a XIX con todos sus elementos, así como una colección de recipientes de farmacia hechos de vidrio, loza y mayólicas pintadas de colores. Además ofrece un recorrido por la historia y el desarrollo de la ciencia farmacéutica desde la antigüedad hasta el siglo XXI e información sobre los métodos curativos propios de las protoboticas con la recreación de un laboratorio de alquimista.
La verdad es que está interesante y lo expuesto es muy amplio pero, sinceramente, cuando las cosas se empiezan a repetir pierde algo su encanto sobre todo si el tema tampoco es que le atraiga a uno demasiado. Es el típico sitio que si vas con alguien se hace más ameno por ir comentando las diferentes cosas que se van viendo pero que yendo solo pues el interés llega hasta cierto punto.

Completado el interior del castillo toca ahora ver el exterior y los jardines. Según sales del recinto giras a la izquierda y allí ya se despliega el perímetro de la edificación y los jardines adyacentes. Hay partes que están en estado de ruina pero precisamente eso es lo que le da bastante encanto. Precisamente a esto aludía el escritor Mark Twain, ya mencionado en una etapa anterior y que vivió en Heidelberg, cuando en su obra «Un vagabundo en el extranjero» se refería de la siguiente forma al castillo: “Se alza sobre una importante elevación, enterrada en el verde bosque, no hay terreno llano, pero, por el contrario, hay terrazas de madera sobre terrazas, y uno mira hacia abajo y ve, a través de las hojas brillando, profundos abismos, donde reina la penumbra y el sol no se puede entrometer. La naturaleza sabe cómo adornar una ruina para conseguir el mejor efecto”.

Ciertamente es una estampa que podría haber retratado el propio Giovani Battista Piranesi, máximo exponente del estilo artístico Capriccio derivado de la Veduta y antecedente del Romanticismo, por el cual se lleva a cabo una representación basada en el paisaje pero de corte fantástico, idealizado, generalmente con un motivo particular que llama la atención, como es la representación de ruinas.
Tras contemplar la combinación de partes que se caen a pedazos y que se integran con el follaje del entorno los pasos se dirigen a la parte de los jardines, a lo que fue el Hortus Palatinus.
El Hortus Palatinus fue un jardín barroco construido en el Castillo distribuido en terrazas escalonadas con arriates geométricos, grutas y fuentes de manera que se integraba la horticultura con elementos arquitectónicos en una composición elaborada. El jardín fue creado en 1614 como regalo del Elector Federico V a su esposa Isabel Estuardo, diseñado por el ingeniero francés Salomón de Caus. Las guerras del siglo XVII lo destruyeron en parte, aunque porciones del diseño original permanecen aún visibles.
Paseo por los jardines y la sombra se agradece porque vuelve a pegar el sol de lo lindo. Desde las diferentes terrazas se obtienen nuevas vistas del Neckar y de la ciudad de Heidelberg, así como de la estructura del castillo. En otras zonas hay paseos y fuentes, algunas bastante curiosas.

La visita al castillo toca a su fin dado que todavía quedan cosas por ver en la ciudad. A tal fin regreso a la estructura del funicular y hago la cola correspondiente esperando el que efectúa el descenso. Reflexiono sobre la visita realizada y ha estado bastante bien pero creo que se queda corta porque en el interior apenas hay nada visitable aparte del Museo de Farmacia y el tonel gigante y hay espacio para poder llenarlo con más cosas que podrían enriquecer la visita. Es una impresión….
La espera se hace pesada porque hay que estar de pie y se empieza a acumular gente en el pequeño espacio que hay antes de coger el transporte. Por fin llega y ya viene razonablemente lleno de las paradas superiores pero consigo un hueco y por fin alcanzo el nivel de la calle para proseguir recorriendo la romántica ciudad de Heidelberg.
Y ello será contado en la próxima y estresante etapa.