Continúa la caminata y a partir de cierto punto aquello deja de ser una calle con casas y se convierte en el verdadero Philosophenweg. Por fin aparece un cartel indicativo.

El Paseo de los Filósofos o Philosophenweg fue en sus orígenes un camino que conectaba los viñedos de la zona pero a finales del siglo XIX durante la época romántica a los profesores y estudiantes de la Universidad de Heidelberg les dio por dar paseos solitarios y elucubrar pensamientos filosóficos en este trayecto. Se podrían citar a los Existencialistas Weber y Jaspers, a Hegel, el padre de la Dialéctica, al novelista estadounidense Mark Twain, al padre del romanticismo alemán Eichendorff, al músico Schumann o al pintor británico Turner.
El camino se ha vuelto más accesible y hay mucho transeúnte con el que me voy cruzando. Cada cierto tiempo el camino se bifurca pero el truco es seguir el más pegado al precipicio, aparte de seguir los carteles correspondientes. A intervalos caen algunas gotas de lluvia que esperemos que no vayan a más para que no desluzca el transcurrir de la jornada. En un momento dado me encuentro con una zona de descanso que no desentona con el ambiente que la rodea.

Como voy parando cada poco tiempo a admirar el paisaje y a echar fotos observo que la hilera de escolares está a un tris de cogerme. Espero que se queden por aquí un rato subiéndose a los toboganes.
Poco a poco entre la maleza se empieza a dibujar el contorno del río Neckar así como el puente Karl Theodor Brücke o Alte Brücke. A lo lejos, tanto la parte histórica del casco urbano como el castillo se empiezan a distinguir también mientras unos retazos de niebla pugnan por subsistir en las estribaciones de la montaña. Es una estampa muy bucólica que te transporta a otra época.

El siguiente tramo del camino lo paso atendiendo temas de trabajo al teléfono muy a mi pesar. El "¿no te pillaré de vacaciones, verdad?” se va repitiendo llamada tras llamada. Me lo tomo con filosofía para ir acorde con el terreno que piso.
En un momento dado la vegetación se adueña de los márgenes del camino y llego a un jardín que homenajea al poeta Friedrich Hölderlin, que dedicó un poema a esta ciudad y del cual ofrezco unos versos traducidos:
Hace ya tiempo que te quiero y que deseo, para mi gozo, llamarte Madre y ofrecerte un canto sin artificio, a ti, de todas las ciudades patrias, la más bella que vi en los campos.
Como el ave que flota sobre los bosques y se eleva sobre el río para resplandecer contigo, el puente, firme y ligero, resuena con los pasos, las ruedas y las voces.
….
Pero pesadamente sobre el valle pendía la fortaleza gigantesca, conocedora del destino y desgarrada por las tormentas; mas el sol derramaba la luz vivificante sobre su imagen envejecida, la hiedra viva reverdecía a su lado y los bosques amigos la arrullaban desde lo alto con sus susurros.
Los arbustos florecían descendiendo al valle tranquilo. Y asidas a la colina, o inclinadas con gracia hacia la orilla, tus luminosas calles reposaban entre jardines perfumados.
El caso es que esto no me suena pero prosigo hasta que el camino asfaltado se convierte en un simple sendero y me encuentro con unos paneles informativos que parecen aludir a un tren que discurría por aquí (o no, porque el texto está solo en alemán) y que, decididamente, no recuerdo haber advertido cuando estuve estudiando el Philosophenweg para preparar el viaje. Conclusión: se da la posibilidad de que me haya perdido al coger una bifurcación incorrecta en medio del camino por estar pendiente del teléfono. Y, de remate, se pone a llover.

Onomatopeyas gruesas brotan de mi garganta. No creo que escandalicen a nadie porque no hay un alma en la redonda. La situación se ha vuelto miserable porque me encuentro al albur de los elementos y de todo tipo de alimañas que infesten estos bosques. Ya estoy viendo los titulares: Miembro de "Los Viajeros" devorado hasta los tuétanos por la fauna salvaje de la foresta de Heidelberg.
Llegados a este punto tengo que ver cómo procedo a continuación para salir de este brete. La ubicación por el Sol no procede puesto que está nublado. Tampoco llevo brújula y rastrear la hierba como un indio navajo no forma parte del repertorio de habilidades de un servidor. Suspiro, cierro los ojos y me encomiendo a todos los sabios que han recorrido estos caminos en tiempos pretéritos para que me llegue inspiración. De súbito, la misma llega en un susurro en forma de dos simples palabras: Google Maps.
Efectivamente, ¿por qué no valerme de la tecnología del siglo XXI para salir de este trance? Automáticamente el disco azul de la aplicación me ubica unos cuantos metros del lugar desde donde arranca la bajada de la colina hasta llegar a la orilla del Neckar. Antes de desandar lo ya andado y hacer camino al andar, ya con otro ánimo, me deleito con el entorno boscoso que me rodea porque realmente merece mucho la pena.
Tras cinco minutos de caminata de regreso llego a los letreros que marcan el punto de inflexión entre el destino correcto y la salvaje Naturaleza. Enfrascado en la conversación de turno ciertamente los he visto pero no me he percatado de los escalones de descenso.
Para ubicar el lugar de alguna forma y que nadie más se despiste decir que en el Google Maps está un poco después del punto señalado como Fürst Alexander Denkmal y en el cartel aparece Schlangenweg como la bajada de escaleras que lleva al final del trayecto junto al Neckar. Si se viene en el sentido contrario subiendo los escalones luego hay que girar a la izquierda.
El descenso tiene algo de complicación sobre todo si está el terreno mojado porque hay musgo y hierbecillas en los escalones. La vista es magnífica y hay varios puntos de panorámica. Por fin llego al comienzo del Alte Brucke, deja de llover de momento y concluyo que la ruta escogida para recorrer el Philosophenweg es la mejor para no cansarse tanto porque la subida es en rampa y al contrario es un trecho de escaleras bastante potente.
Procedo a continuación a recorrer el Karl Theodor brucke, que está peatonalizado.

El puente Karl Theodor o Puente Viejo fue construido entre 1786 y 1788 bajo el mandato del Elector Carlos Teodoro. Con sus nueve arcos hechos de la característica arenisca de la región, mide 200 metros de largo y 7 metros de ancho. En el extremo sur destaca la puerta medieval del puente con sus dos torres, que antes formaba parte de la muralla de la ciudad. A lo largo del puente hay dos estatuas: una del propio Elector Carlos Teodoro y otra de Minerva, la diosa romana de la sabiduría. Las figuras representadas en el pedestal de dos niveles que rodea el monumento simbolizan los ríos más importantes de las zonas gobernadas por Carlos Teodoro: el Rin, el Mosela, el Danubio y el Isar. San Juan Nepomuceno, patrón de los puentes, está representado en la orilla norte del puente.
El puente tiene su encanto y también tiene buenas vistas, no sólo a ambos lados sino de la montaña delante y atrás. Al final del mismo distingo una turba que se aglomera en la parte derecha. Al aproximarme distingo una larga cola para hacerse fotos con el brückenaffe, lo que parece una estatua de bronce de un mono que porta un espejo.

El brückenaffe es una figura de bronce de un mono con un espejo y, al lado, unos ratones. Fue realizada en 1979 como réplica de la anterior que databa del siglo XV. Dice la tradición que si se frota el espejo traerá suerte y riqueza, así como que se volverá a la ciudad, y si se tocan los ratones se asegurará uno fertilidad.
Hay numerosos grupos de excursiones y han coincidido en la zona justamente en este momento por lo que acercarse al mono es misión imposible en estos momentos. El personal, sin criterio alguno, frota el espejo, los morros, la cola, los ratones…. Es gracioso contemplar como visitantes de edad provecta se afanan con el manoseo a los ratones y no sé si a estas alturas les va a servir para algo suponiendo que sepan lo que significa.
Como en estos momentos me siento filósofo viniendo de donde vengo hace un rato, a la vista del comportamiento de la gente frente al espejo del mono, uniéndolo con la exposición a redes sociales y el qué dirán que tenemos actualmente en la sociedad, me pongo a cavilar que estamos ante un buen ejemplo de la teoría del Yo Espejo.
Esta propuesta filosófica afirma que el yo de una persona crece a partir de las interacciones sociales que mantiene ese individuo con las personas que lo rodean. Todos nos proyectamos en la sociedad de una u otra forma, pero ese reflejo viene definido por las propias percepciones sobre cómo suponemos que nos ven los demás. Es decir, la imagen que vemos nos parecerá atractiva o desagradable en función de cómo evaluemos las percepciones ajenas sobre nosotros mismos. En la práctica podemos decir que todo el mundo desea ser querido y apreciado por cómo es, por su talento y personalidad. No obstante, si tenemos una imagen débil de nosotros mismos o le damos demasiada importancia a la opinión de los demás por encima de la nuestra, haremos que nuestras vidas dependan de las expectativas que tienen los demás sobre nosotros. De ahí la relevancia de introducir como colofón otro aforismo filosófico: el “conócete a ti mismo” griego.
Y, por último, por ponerle la nota patria sobre este particular, creo que es aplicable en esta ocasión lo que el poeta Antonio Machado nos dejó en sus proverbios y cantares:
El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.
Como regresaré por las inmediaciones dentro de un rato para comer dejo al simio y la parafernalia que le rodea para luego y me encamino a la Markplatz, siguiente punto de interés del recorrido, que seguirá siendo desgranado en la próxima y energética etapa.