Palacio Real de Caserta.
Se halla en la localidad de Caserta, en la región de Campania, a unos 30 kilómetros de Nápoles, si bien en nuestro caso llegábamos desde Capua. Llevaba compradas las entradas online, para lo que es preciso elegir una franja horaria de entrada, algo que me disgusta bastante porque no siempre resulta fácil ajustar los tiempos cuando se va de viaje, visitando sitios.

Hay varios tipos de entradas. Nosotros elegimos la más completa, que incluye Apartamentos Reales, Parque Real y Jardín Inglés. El precio para adultos mayores de 25 años en la página oficial es de 18 euros más 1 euro de comisión por compra online. El Palacio abre todos los días excepto los martes. En cuanto a horarios, mejor consultar previamente porque varía según la época del año. Se ofrecen visitas guiadas, pero nosotros preferimos ir por libre.


Teníamos el acceso a las 13:00 horas y, pese al denso tráfico que había en torno a Caserta, llegamos con tiempo suficiente; sin embargo, nos topamos con la imprevista odisea de dejar el coche… pagando, eso ya lo teníamos asumido. Seguimos escrupulosamente los indicadores hacia los aparcamientos públicos subterráneos (muy grandes, por cierto), pero nos encontramos con la sorpresa de que las señales no conducían a ningún sitio, pues los parkings estaban cerrados. Vimos a un “gorrilla” que nos llamaba. Por supuesto, nos hicimos los locos. A la cuarta vez que pasamos por el mismo sitio, ya hartos, le hicimos caso. Nos colocó el coche frente al Palacio, junto a unos autobuses, y nos cobró ¡20 euros! por adelantado. Eso sí, nos dio un recibo y nos dijo que hiciésemos la visita con tranquilidad porque el parking era por el día completo. En fin, corramos un tupido velo, porque según fuimos comprobando a lo largo de nuestro recorrido en Italia las cosas a menudo son así.

Ya en la taquilla, comprobamos que no hubiéramos necesitado comprar online, pues había entradas de sobra y sin colas. Había bastante gente, pero no agobiaba ni mucho menos. Apenas vimos grupos numerosos. No sé si es así a diario o simplemente tuvimos suerte.


El sitio impresiona desde el principio, pues es enorme, no en vano se trata del palacio real más grande del mundo por volumen y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997. Cuenta con 1.200 habitaciones, 1.742 ventanas, 34 escaleras y 1.026 chimeneas. Tiene dos fachadas principales iguales, una sobre el patio de armas y otra sobre el parque.

El Palacio es de estilo barroco borbónico sabiamente combinado con el neoclásico. Fue diseñado por Luigi Vanvitelli en 1752, por encargo de Carlos VII de Nápoles, quien quería dotar a su reino de una residencia real y administrativa a la altura de Versalles, si bien no vio cumplido su proyecto, cuyas obras se interrumpieron en 1759, cuando tuvo que dejar Nápoles al convertirse en el rey Carlos III de España. Fue su hijo, Fernando I de las Dos Sicilias, el primer soberano que trasladó allí su residencia a partir de 1780, aunque el palacio todavía no estaba terminado.




Del centro del edificio, rodeado por cuatro patios, arrancan cuatro galerías con sus correspondientes vestíbulos. En primer lugar, visitamos los Apartamentos Reales.





A la derecha del vestíbulo, aparece la escalera de honor en un solo tramo, que se divide en dos en el primer rellano, lo que permite contemplar la arquitectura de los vestíbulos. Consta de 117 peldaños tallados en mármol, lo mismo que el resto de elementos decorativos que la componen. Resulta impresionante.






Seguidamente, visitamos las habitaciones destinadas a la familia real, cuya decoración y mobiliario, en estilo imperio y rococó, se conservan tal como los utilizaron sus miembros. Algunas estancias me resultaron bastante recargadas; lo que más me gustó fueron las pinturas de los techos, de las que estoy poniendo varias fotos aunque sin orden porque me resultaría muy complicado situarlos y documentarlos, lo que tampoco tendría mucho sentido. Entre otros, destacan las obras de Gaetano Filangeri que representan escenas alegóricas y mitológicas.


Se dividen en tres zonas: salas de guardias (Alabarderos, Guardias de Corps, Alejandro…), Apartamento antiguo o del Settecento (salas de primavera, verano, otoño e invierno, despacho, dormitorio del rey, apartamento de la reina…) y Apartamento nuevo o del Ottocento (Sala de Marte, Sala de Astrea, Salón del Trono, Salón del Consejo, dormitorio y baño de Francisco II, despacho y dormitorio de Murat…).





La más impresionante es la Sala del Trono, inaugurada en 1845 con la intención de exponer toda la riqueza y el boato de la Casa de Borbón, con impresionantes estucos dorados, mármoles, esculturas y pinturas.

Después de atravesar la Biblioteca Palatina, compuesta por tres salas de estilo neoclásico, llegamos a la llamada Sala Elíptica, sin decoración y pintada en blanco, que los Borbones destinaron para entretenimiento y que actualmente alberga varios belenes, uno de ellos enorme, con decenas de piezas todas elaboradas artesanalmente.


Pasamos, después a la Pinacoteca, con retratos de los miembros de la familia real y otras temáticas, entre las que destacan los paisajes.


A continuación, visitamos la Capilla Palatina, situada en otra de las alas del palacio que arranca en el vestíbulo superior. Se parece a la de Versalles y tiene una galería rematada por un ábside semicircular y flanqueada por una columnata de mármol. En el altar hay un cuadro de Francisco Solimena que representa a la Inmaculada Concepción, a quien está consagrada. Fue inaugurada en 1784 con la presencia de toda la familia real. Más adelante, hay una serie de salas dedicadas a exposiciones temporales.

En uno de los patios exteriores se encuentra el Teatro de la Corte, pero no pudimos verlo porque estaba cerrado. En un espacio cercano hay un restaurante y un bar. Tomamos unos bocadillos y unos refrescos. No eran gran cosa, pero no habíamos podido dedicarnos a buscar algo para llevar; en cualquier caso, tampoco parecía recomendable con el calor que hacía. No hay espacios para pic-nic, aunque no dicen nada por pasar comida y bebida siempre dentro de unos límites, claro está. Así que cada cual que obre como le venga mejor.
Parque Real.
Está considerado uno de los parques de palacios reales más bellos de Europa, destacando sobre todo por el marco paisajístico que dota al palacio de una perspectiva grandiosa mediante la utilización de los jardines, las esculturas y las fuentes escalonadas, aprovechando la inclinación del terreno, situado en la ladera de un monte.

Cerca de la cima, el agua traída por el Acueducto Carolino cae a través de la Gran Cascada, cuyas aguas alcanzan una gran velocidad, nutriendo en su descenso a las numerosas fuentes que cuentan con imponentes grupos escultóricos y juegos de agua. Lástima que no pudiésemos contemplarlos en todo su esplendor, pues se encuentran en proceso de restauración.


Para llegar a la Gran Cascada hay que recorrer casi tres kilómetros cuesta arriba, remontando lo que se conoce como el Passeggio. Hay navetas de pago que llevan hasta allí, pero preferimos ir caminando, decisión un tanto osada teniendo en cuenta el sol de justicia que nos "acariciaba" a las tres de la tarde. Afortunadamente, los senderos laterales bajo los árboles evitaron que nos achicharrásemos. Desde la parte superior la panorámica resulta imponente. Lástima de los andamios junto a los conjuntos escultóricos.



El Jardín Inglés.
Desde la cascada, decidimos volver hasta el palacio a través del Jardín Inglés, lo que fue todo un acierto, pues es un espacio precioso, tiene mucha sombra y rincones encantadores, con gran variedad de especies exóticas que se adaptaron muy bien al clima napolitano.


Cuenta con esculturas, fuentes, lagos y riachuelos, así como edificios y pequeños pabellones escondidos que hay que ir localizando poco a poco, algunos cubiertos de vegetación, pues las plantas crecen libremente, sin que se trate de hacer dibujos geométricos ni otros artificios. Hay mucha sombra, lo que ayuda a mitigar el calor.

Es realmente bonito, merece mucho la pena pasear tranquilamente e ir descubriendo sus secretos, que los tiene y muy bien guardados (los antiguos Baños, por ejemplo). Muy recomendable llevar un plano, seguir los indicadores o, incluso, prepararse un recorrido personalizado con Google Maps. Personalmente, fue el espacio que más me gustó de los jardines reales.



Caserta Vecchia.
Me enteré por casualidad de la existencia de este pequeño burgo medieval fortificado de origen lombardo, situado a solo 10 kilómetros al noroeste de la ciudad moderna de Caserta, en lo alto de una colina de los montes Tifatini, a 401 metros de altitud sobre el nivel del mar. Como disponíamos de tiempo suficiente, decidimos subir. Y digo subir porque la serpenteante carretera asciende continuamente por la ladera hasta la cima, donde se halla el pueblecito, desde cuyos miradores se obtienen unas vistas espléndidas del entorno, palacio real incluido, y con la impresionante mole del Vesubio a un lado. Solo por eso ya mereció la pena llegar allí.



El casco antiguo es peatonal y solo se permite el paso de vehículos autorizados, así que dejamos el coche en un aparcamiento a la entrada del pueblo -por el que nos cobraron dos euros en un bar- y lo recorrimos caminando. Ignoro si hay mucho turismo por la mañana; quizás sí, pues vimos un buen grupo de peripuestas tiendecitas, varios restaurantes y macetas con flores por todas partes; pero a la hora que nosotros estuvimos, ya por la tarde, estaba prácticamente desierto, así que pudimos pasear por el laberinto de callejuelas empedradas con total tranquilidad.


Sus orígenes hay que buscarlos mil años atrás, donde residían los vecinos de Caserta hasta que la construcción del palacio real en el valle provocó su paulatina despoblación. En la Plaza de Vescovado, rodeada de antiguos palacios de nobles, tomamos unos helados que estaban de vicio por dos euros cada tarrina de dos sabores.

El castillo, del siglo IX, está en ruinas; solo se mantiene en pie la Torre de los Halcones, construcción cilíndrica de 30 metros de altura.

El monumento más destacado es su Duomo, la Catedral de San Miguel, del siglo XI, que presenta una mezcla de estilos normando y románico. El campanario, de 32 metros de altura, estaba cubierto de andamios; una pena porque es realmente bonito. Pude visitar el interior, lo que no sucedió en el caso de la Iglesia de la Annunziata, templo gótico que conserva pinturas medievales, pues estaba cerrada.




Muy chulo el pueblecito; además, estuvimos prácticamente solos, así que mejor por la tarde. Si no se va con prisa y se dispone de coche, puede ser una parada interesante que no requiere mucho tiempo.


A continuación, dejando la imponente estampa del Vesubio a nuestra izquierda, proseguimos hasta Pompeya, donde nos alojamos esa noche.
