Nuestra primera jornada de visitas en Italia estuvo compuesta por cuatro lugares: el Anfiteatro Campano, la Abadía de Sant’Angelo in Formis, el Palacio Real de Caserta y el pueblecito medieval de Caserta Vecchia. Por la noche nos alojamos en Pompeya. En total, unos 93 kilómetros de recorrido y unas dos horas en el coche, según Google Maps.

Anfiteatro de Capua y Museo de los Gladiadores.
Desayunamos en una cafetería presentando los boletos que nos había entregado la noche anterior la encargada del alojamiento: cafés y bollería a elegir. A la luz del día, la calle tenía mucho mejor aspecto que por la noche. Vimos a la gente dedicada a sus tareas. Nos llamaron la atención varios talleres de artesanos, tapiceros, reparación de vehículos y demás, de los que ya apenas se estilan en España. Por lo demás, se trata de un típico pueblo italiano.


Sin mover el coche de donde estaba aparcado, fuimos caminando a visitar la mayor atracción de esta localidad: su fantástico anfiteatro romano.
Anfiteatro Campano (Anfiteatro de Capua) y Museo de los Gladiadores.
Se trata del segundo anfiteatro más grande del mundo, solo superado por el Coliseo de Roma. Capua fue la cuna de la rebelión de los gladiadores, liderados por Espartaco, pero ellos no combatieron en esta arena, pues aquellos hechos se desarrollaron en el año 73 a.C. y la construcción del anfiteatro se inició en el siglo I d.C., en tiempos de Augusto. Fue restaurado posteriormente por Adriano, que añadió diversos conjuntos escultóricos de los que solo se conservan sendas estatuas de Hércules y Silvano. Podía albergar a más de 60.000 espectadores y se utilizó principalmente para diversos espectáculos con gladiadores.


El anfiteatro se encuentra en un parque, desde el que se puede vislumbrar un poco su fachada, si bien para darle la vuelta y verlo por dentro hay que pagar una entrada (3,5 euros), que también incluye el Museo de los Gladiadores. Iba con la intención de visitar también el Mitreo, situado muy cerca, pero me dijeron que estaba cerrado. Ignoro si en realidad no se quisieron molestar en llevarnos a verlo (te lo enseñan en una visita guiada, según he leído), pues estaban tan ricamente sentados a la sombra, en la taquilla, y empezaba a hacer calor.




La fachada llama la atención a simple vista y en el exterior se pueden contemplar muchas esculturas y piezas sueltas. El anfiteatro fue saqueado por Genserico en el año 456 d.C. Se reparó en el año 530 y siguió albergando combates hasta que fue destruido por los sarracenos a mediados del siglo IX. Posteriormente, sirvió como fortaleza y de cantera para la construcción de otros edificios de la ciudad. Fue excavado entre 1811 y 1860, si bien no quedó libre de tierra hasta 1930.



Uno de los principales atractivos del anfiteatro hay que buscarlo en sus subterráneos, que están entre los mejor conservados del mundo romano. Resulta sorprendente el laberinto de pasadizos y túneles, los mismos por los que se movían los gladiadores y donde se encontraban las jaulas de las fieras.



En el Museo, se hallan piezas originales tanto de la estructura como de la decoración del anfiteatro: el molde del busto de Volturno, diversas inscripciones honoríficas, esculturas y demás.

En resumen, un lugar espectacular y poco concurrido. Si se tiene la suerte de ver el Mitreo, sería una visita perfecta.

Abadía de Sant’Angelo in Formis.
Supe de este lugar por casualidad, mirando la ruta hacia Caserta. Y menuda suerte, porque es un verdadero tesoro escondido. Está a unos cinco kilómetro del Anfiteatro Campano, unos diez minutos de recorrido en coche. Además, nos encontramos con la sorpresa de que dispone de aparcamiento gratuito bastante grande en las afueras del pueblecito del que toma su nombre. No sé si en otro momento habrá muchos visitantes, pero cuando nosotros llegamos no había nadie. La entrada cuesta un euro. La plaza donde se ubica la iglesia es bastante amplia y posee un estupendo mirador hacia la campiña, ya que está situada en las faldas del monte Tifeta, rodeada de bosques y arroyos. Mucho más bonito al natural que en la foto.

En esta antigua abadía benedictina, destaca su basílica románica del siglo XI, dedicada a San Miguel Arcángel y auspiciada por el abad Desiderio, futuro Papa Victor III. Fue construida sobre un antiguo templo romano dedicado a Diana Tifatina; aún se pueden contemplar en el suelo losetas de su pavimento original.

Cuenta con una encantadora fachada precedida por un pórtico con cinco arcadas ojivales y un campanile de piedra caliza con base cuadrada. Se pueden vislumbrar algunas pinturas.



El interior es una maravilla, pues atesora una fantástica serie de pinturas al fresco románicas de influencia bizantina catalogadas entre las mejor conservadas del mundo: un Pantocrátor en el ábside principal, escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento en los muros laterales de las naves y una impactante representación del Juicio Final en el muro interior de la entrada a la iglesia, separando muy explícitamente a los condenados de los salvados.




Me pasé un buen rato allí dentro, contemplándolo todo y haciendo fotos. Además, estábamos solos. Preciosa esta basílica que desde 2016 está la lista indicativa de la Unesco, proceso previo para ser declarada Patrimonio de la Humanidad formando parte del bien cultural “los asentamientos benedictinos en la Italia medieval”.

