Llegamos a Pompeya sobre las ocho. Antes, estuve intercambiando mensajes con la encargada del alojamiento de esa noche, Pompei Luxuri Rooms, para concretar el check-in online, pues estábamos fuera del horario para hacerlo presencialmente. Sin problemas: le enviamos la documentación por whatsapp y ella nos remitió un vídeo con instrucciones para entrar en el alojamiento, que contaba con varias habitaciones situadas en el sótano de una casa de dos plantas protegida por una verja, con garaje incluido en el precio y ubicado a unos ocho minutos a pie de la plaza del Duomo. Pese a que la ventana estaba casi a la altura del techo, por lo demás, bastante bien: el mobiliario era moderno, contaba con aire acondicionado, wifi gratuito (que utilizamos porque dentro no había cobertura) y baño completo. En el exterior, se podía utilizar una estancia comunitaria con nevera grande, mesas y sillas de comedor, información turística y demás. Antes de irnos, tuvimos que dejarle el importe de las tasas turísticas (6 euros) en el escritorio de la habitación, en efectivo, naturalmente. Precio total sin desayuno, 75 euros, incluyendo las tasas.

Una vez instalados, salimos a dar una vuelta por el centro y a cenar. Se había levantado algo de viento, hacía fresco y tuve que ponerme una chaqueta. Había buen ambiente, con mucha gente paseando. Nos sentamos en la terraza de una pizzería, frente a la Catedral. Tomamos unos trozos de pizza, una cerveza y un aperol con cava. Buenas vistas y buen precio, todo quince euros.


Visitando Pompeya.
Los check-out en Italia suelen ser antes que en España, a las diez la mayor parte de los que hicimos. Como teníamos hora en las ruinas a las nueve, nos levantamos temprano. Necesitábamos llevar el coche a un parking (el garaje estaba dentro de la propiedad y no podíamos seguir ocupándolo) y desayunar antes de entrar, pues era el único alojamiento sin desayuno incluido. Visitar Pompeya requiere varias horas, así que reservé por internet una plaza en Maxi Parking, un aparcamiento grande que hay a unos seiscientos metros del acceso principal. Me costó 10 euros para todo el día. El que hay junto a la entrada factura por tiempo, así que acaba resultando más caro.
Antes de las nueve, ya había una pequeña cola en las taquillas de la Piazza del Anfiteatro. Pasamos directamente con nuestras reservas online, sacadas a través de la página oficial pompeii.vivaticket.it/ Entre las varias opciones que existen, elegí “Pompei Plus”, que permite visitar también las Villas Suburbanas, pues queríamos ir a la Villa de los Misterios. Precio: 25 euros por persona. Hay descuentos para jóvenes y estudiantes; los menores de 18 años entran gratis.

Habíamos estado en Pompeya hace más de treinta años, en aquella ocasión íbamos con un guía. Ahora no, así que lo primero que tocaba era organizar la visita, porque recorrer Pompeya lleva mucho tiempo, resulta cansado y, ya en junio, se pasa calor, pues hay pocas sombras. Yo llevaba mi chuleta con los sitios que quería ver sí o sí. Y me puse a ello con la ayuda de un mapa y del recorrido que metí en Google Maps. Luego no lo seguí punto por punto, pues acabé yendo un poco a la deriva, probando a ver que veía. Como pista, me fijé en los lugares con cartelito exterior y dibujo de auriculares, que suelen ser los más interesantes; claro que hay muchísimos. Así que no queda otra que escoger, a veces esquivando las colas. No utilicé audio-guía, pero creo que lo agradecerá quien no haya ido antes a Pompeya o no esté familiarizado con los detalles de una historia que terminó trágicamente al quedar sepultada bajo metros de ceniza y piedra pómez tras la erupción del Vesubio en el año 79 d.C. Paradójicamente, el haber permanecido bajo las cenizas durante siglos ha permitido a los arqueólogos recuperarla casi como era entonces.


La ciudad estaba dividida en barrios, que aparecen indicados en el plano con números romanos. Empezando en el II, a mi izquierda, quedaba la Palestra Grande, que actualmente ejerce de museo, y de la que pasé de largo porque la mayor parte de los visitantes se concentraban allí tras acceder al recinto. A la derecha, el Anfiteatro, que data del 70 a.C., lo que le convierte en uno de los más antiguos de la época romana. Podía albergar 20.000 espectadores.

Tras entrar por un extremo y salir por el otro, me dirigí hacia la izquierda para ver tres de las casas recomendadas. Comencé por Praedia di Giulia Felice, una mujer noble que alcanzó renombre alquilando habitaciones de su gran casa, provista de atrio, baños y un extenso jardín con árboles frutales.


Desde allí, me encaminé a la Vía de la Abundancia, que unía el anfiteatro con el foro. Su nombre es actual y se debe al relieve de una fuente donde aparece el cuerno de la abundancia junto a una diosa. Suele estar muy concurrida, pero a esa hora no había demasiado jaleo.




Primero entré a la Casa della Venere in Consiglia, una de las consideradas imprescindibles. Pertenecía a los Satrii, una familia rica, y sus estancias estaban dispuestas alrededor del peristilo, en cuya pared posterior se halla un fresco de 10 metros de longitud al que debe su nombre y que representa a Venus desnuda, recostada sobre una concha.


A su izquierda, aparece Marte, protector de Pompeya, y a la derecha, un grupo de pájaros posados sobre una fuente de mármol. La pintura fue dañada por un bombardeo en 1943 y su restauración se terminó en 2016. Una maravilla.

La Casa de Octavius Quartio tuve que verla desde el exterior porque el acceso estaba cerrado. Continué por la Vía de la Abundancia contemplando casas, hornos de pan, tintorerías, alfarerías y tabernas, donde además de vino y otras bebidas se servía comida rápida en unos mostradores que aparecen casi intactos. Resulta impactante la sensación de vivencia que se tiene caminando sobre las enormes piedras que cubren las calzadas. Quizás en ninguna otra parte (bueno, en Herculano), te haces una idea tan clara de lo que fue una ciudad romana. Parece increíble que estemos surcando unas calles de hace dos mil años donde ni siquiera falta el halo de sus habitantes por mor de los calcos en yeso realizados por el arqueólogo Giuseppe Fiorelli en 1863. Consisten en inyectar yeso líquido en los huecos que dejaron los cuerpos al descomponerse bajo la ceniza del volcán. Los esqueletos quedaban dentro del yeso, así que los huesos son reales. Se pueden ver en varios lugares, sobre todo en el Jardín de los Fugitivos, con 13 calcos de adultos y niños que intentaban escapar hacia las murallas. Las poses y las expresiones son espeluznantes; se te pone un nudo en la garganta solo de imaginar lo que les pasó y lo que sufrieron. Así que prefiero no poner fotos.


Seguí asomándome a las casas que me llamaban la atención, en algunas pude entrar y otras hay que verlas desde el exterior a través de huecos abiertos o de alguna reja: la Casa del Frutteto, la Casa de Tebio Valente, la Taberna di Sotericus… Como en cualquier ciudad actual, no faltaban los carteles de propaganda electoral, las pintadas ilegales o las pinturas a modo de anuncio para atraer a los clientes.


Recuerdo la Casa de Fabius Amandio, pequeña y alargada, la típica de la clase media. Aunque se ve desde el exterior, destacan los mosaicos del suelo y sobre todo el del perro que parece amenazar a los visitantes malintencionados. Hay otros similares en Pompeya, cuyos habitantes se protegían poniendo a la entrada de sus casas imágenes de perros, casi siempre de aspecto fiero y color negro. Uno muy conocido, que vi después, es el de la Casa del Poeta, que cuenta con un letrero que pone “cuidado en el perro”. La foto (a la derecha, abajo) es muy mala porque está protegido por un cristal y, aunque hay un agujero para mirar directamente, el sol reflejaba muchísimo.

Seguí por la Casa del Larario de Aquiles, cuyo nombre se refiere a las decoraciones de estuco pintado con episodios de la guerra de Troya. También me gustó mucho una sala que da al jardín en la que aparecen pintados dos elefantes; el suelo está cubierto de mosaicos.


Después pasé por la suntuosa Casa de Marco Epidio Rufo (Casa degli Epidii), en la que destaca su magnífico atrio, con 16 columnas de estilo dórico. Está en proceso de restauración.

Más tarde llegué a un lugar muy visitado, las Termas Estabianas, los baños públicos más antiguos de Pompeya, cuyo origen se remonta al siglo IV a.C. Contaba con palestra para hacer ejercicio al aire libre, una sección de hombres, otra de mujeres y el complejo de hornos para generar aire caliente. El acceso era diferente para cada sexo.

El circuito de baño incluía los vestuarios, la sala de agua fría (frigidarium), la sala de agua templada (tepidarium) y la sala de agua caliente y vapor (caldarium). Las termas están muy bien conservadas y se aprecia perfectamente tanto su estructura como los mosaicos y las pinturas. Otro imprescindible.


Giré hacia el Foro Triangular, situado sobre una cresta volcánica, dominando el valle y la desembocadura del Sarno. Tenía una forma inusualmente triangular, contaba con pórtico, vestíbulo con seis columnas, un templo, un tholos y la que se supone que era la tumba de Heracles, el fundador de la ciudad. Se cree que este espacio se utilizaba para carreras de caballos y como área de descanso para los ciudadanos que iban a los teatros contiguos.


Seguí hacia el Foro, la Basílica y el Templo de Apolo, una zona muy famosa y concurrida, donde se toman algunas de las fotos más icónicas de Pompeya, con el Vesubio de fondo. Estaba hasta arriba de gente, así que me entretuve poco allí, pues la conocía bien de nuestra visita anterior. De entonces, conservo una foto en la que, curiosamente, no había nadie a mi alrededor.
Foto vintage de 1995.




Sí que le dediqué un buen rato a las cercanas Termas del Foro, construidas en torno al año 80 a.C. Lujosas y con separación de sexos, son las más completas y mejor conservadas de Pompeya, bellamente decoradas con estucos y esculturas. Me gustaron mucho. Las fotos que tomé no les hacen justicia.





Muy cerca, está el Macellum, principal mercado cubierto de la ciudad para la venta de alimentos: había una zona para carne y pescado, equipada con mostradores inclinados para que escurrieran los líquidos al limpiar el género; las tiendas pequeñas ocupaban los portales interiores, ofreciendo cereales, frutas y frutos secos. En el centro, había un tholos con columnas que rodeaban a un estanque de agua corriente para lavar los pescados.

También disponía de un santuario (Sacellum), en cuya pared del fondo había una estancia para el culto, con estatuas de la familia imperial y otros gobernantes. Además, contaba con una sala de banquetes para las celebraciones en honor del emperador. En las paredes interiores, todavía se pueden contemplar fragmentos de pinturas murales de calidad con escenas mitológicas y también representando productos que se vendían en el mercado.


, el último acceso a Villa dei Misteri...