
Adelanto y aclaro que mis tres primeros destinos después de Nueva York son Charlottesville, Baltimore y Ritchmond. La primera ciudad me sirve como lanzadera para acceder a las Montañas Apalaches y las dos siguientes como lugares clave en mi encuentro con la figura de Edgar Allan Poe, escritor a quien admiro. En Baltimore se sitúan la casa donde vivió por un breve espacio de su vida y la tumba donde descansan sus restos; en Ritchmond se encuentra su museo. La visita de estos lugares emblemáticos es mi único objetivo del desplazamiento, por lo que mi estancia en Baltimore y Ritchmond serán fugaces, de unas pocas horas, y poco puedo decir de ellas aparte del “universo Poe” que albergan.
El primer destino es Charlottesville, una pequeña localidad comercial y residencial en el interior de Virginia, a 60 millas al oeste de Richmond, próxima a las primeras estribaciones de las Apalaches y que será mi punto de inicio de una excursión por la Blue Ridge Parkway. Sin embargo, mi primera parada camino a Charlottesville, será Baltimore, ciudad donde se encuentra la tumba del insigne escritor estadounidense Edgar Allan Poe y la casa donde vivió durante un par de años. Mi primer contacto con la carretera es placentero. Me gusta conducir y nunca he tenido duda que iba a ser el medio de mi elección para cruzar el país. En la salida de Nueva York por la 95 hay que pagar tres peajes, pero serán los únicos que me encontraré en todo el viaje. Tráfico denso cerca de la metrópoli que, poco a poco, se va despejando. El día es soleado y la conducción tranquila, raro es el que va a más de 100 por hora, casi en el límite de las 65 millas establecido para la mayoría de las interestatales. Los tres y hasta cuatro carriles por dirección, la posibilidad de adelantar por derecha e izquierda proporcionan una conducción sosegada, como avanzar por encima de una interminable tela de seda. Se advierten algunos carteles de prohibir slow drivers left lane que indican que los conductores que van despacio no circulen por la izquierda y que demuestran el interés de las autoridades por inculcar la idea de ordenar la conducción por carriles en función de la velocidad pero, en la mayor parte del país, este orden brilla por su ausencia.
Baltimore, con 600.000 habitantes, está a 300 kilómetros al sur de Nueva York. Se encuentra al pie de la 95 por lo que su acceso es sencillo. Otra cosa será encontrar la casa donde vivió Poe y su tumba. Ambos emplazamientos se sitúan a apenas unos centenares de metros uno de otro, en Poppleton, un barrio depauperado en el que se prodigan grupos de personas, la mayoría negros, deambulando por la calle y muchas, muchísimas patrullas de policía. No tiene nada que ver con la ciudad de los rascacielos y aquí la arquitectura está compuesta por edificios bajos, de tres o cuatro pisos.
Busco la casa de Poe. Viajo sin posibilidad de guiarme por los chivatazos topográficos del punto azul de Google, de modo que, a medida que me acerco, pregunto varias veces. Inútil preguntar por la casa de Poe, nadie sabe nada aquí. Más tarde me doy cuenta de que quizá es porque pronuncio “Poe” y no Pou”, como es correcto. Por fin me planto delante de la casa del famoso escritor y poeta. La figura del gran escritor de cuentos de terror y su azarosa vida son propicios para alimentar todo tipo de imágenes macabras relacionadas con su vida, como si la fantasía de sus cuentos tuviera que trasladarse miméticamente a su vida. Sin embargo, no piense el lector que la casa de Poe es de estilo victoriano, alta, estrecha, de sucios ventanales, oscura fachada y puntiagudo tejado de pizarra, ni que se encuentra encajonada entre estrechos callejones. Se trata de una casa de ladrillos, de dos alturas, muy estrecha y situada en una zona verde y despejada, tranquila, casi desolada, en una barriada de casas desperdigadas y ambiente degradado. Queda enclavado en Amity Street, denominación que, curiosamente, recuerda a Amityville, la localidad donde se encuentra la famosa casa encantada sobre la que se escribieron ríos de tinta allá por los setenta. Imagino al autor entrando en la casa, ahí mismo delante de mis narices y escribiendo. Pienso que, quizá, algunos de sus relatos nacieron entre estas cuatro paredes. Estas habitaciones guardan el secreto de lo cotidiano en Poe, el secreto de cómo vivió, cómo escribió, si desesperarse y volver a empezar o si la inspiración y entonces la escritura con la pluma danzando y trazando aquellas líneas, aquellos párrafos, aquellos relatos que le han colocado como uno de los autores más importantes de todos los tiempos, maestro de los cuentos de terror. Es posible que el interior de la casa, sus espacios y paredes, estén impregnados del espíritu de Poe o, quizá, sucedió viceversa y fue Poe quien quedo fatalmente impregnado de la casa, como en su aterrador relato La caída de la casa Usher. Es una lástima que vea la casa, frente a mí, cerrada y no poder entrar en ella, penetrar en el recinto que llegó a ser tan familiar para el escritor de Boston. Entrar y tocar las paredes que tocó Poe, ver las piedras que le “vieron” a él. Y sentir que algo de Poe ha permanecido y está aquí mismo, desde el otro lado del tiempo, sentir una cercanía o incluso… incluso vislumbrar una visión.

Una placa recoge un retrato de Poe y otro de su prima Virginia, con quien se casó. El texto en la placa explica las circunstancias de la vida de Poe en la casa (en inglés en la placa):
“Durante varios años, Edgar Allan Poe compartió esta modesta casa con su abuela inválida (Elizabeth Cairnes), sus primos hermanos (Virginia y Henry Clemm) y su tía (Maria Clemm), quien era extremadamente pobre pero aún estaba dispuesta a brindarle un hogar a su joven y temperamental sobrino. Tras la aparición del cólera en Baltimore durante el verano de 1832, la familia se mudó de la zona relativamente congestionada de Fell's Point a este pequeño dúplex, entonces rodeado de campo y pastizales. En ese momento la dirección era el número 3 de Amity Street.
Fue aquí donde Poe decidió pasar de escribir poesía a ficción. Presumiblemente, en esta casa se escribieron varios de sus primeros cuentos, incluido el espantoso “Berenice”. Según la tradición familiar, el 21 de septiembre de 1835 se llevó a cabo una breve ceremonia de matrimonio en Baltimore entre Poe y Virginia, y poco después Poe partió hacia Richmond, Virginia.
Su muerte en Baltimore el 7 de octubre de 1849 sigue siendo un gran misterio, ya que no se ha determinado una causa concreta. Su lugar de entierro, un santuario del mundo de la literatura reconocido internacionalmente, está ubicado en Westminster Burying Grounds en Baltimore en la esquina de las calles Fayette y Greene”.
Dirijo mis pasos hacia el centro de la ciudad. Atravieso una zona poco menos que desolada para cruzar la Martin Luther King y penetrar en zona más poblada, de calles más estrechas y conducción abigarrada. En West Fayette, esquina con la 295 se encuentra el cementerio en el pequeño jardín cementerio que rodea a la Iglesia Presbiteriana de Westminster, junto a una escuela médica. Nada más traspasar la cancela se encuentra el mausoleo de Poe, que comparte con su prima y esposa Virginia y, a lo largo del jardín, otras ocho o diez tumbas. Nada de visitas furtivas a lugares apartados. Aparcar el coche y, a cien metros, franquear la verja. El monumento funerario se encuentra prácticamente a pie de calle, un lugar nada oscuro y tétrico como algunos de los emplazamientos que imaginamos en la literatura de Poe. Es cuadrangular, blanco y se asienta sobre un pedestal. Parece mármol. En el centro contrasta un círculo negro en cuyo interior aparece grabado el rostro del escritor. Abajo, “Edgar Allan Poe” reza en letras en relieve del mismo material. Pensativo, algo emocionado permanezco unos instantes frente a la tumba. Estoy delante de los restos de uno de mis autores referenciales y me vienen a la memoria los buenos momentos pasados leyendo su literatura, que me permitió desplegar alas a lugares fantásticos y situaciones macabras y terroríficas. Recuerdo cómo disfruté aquel primer volumen de tapas duras que recogía una treintena de sus narraciones extraordinarias, aquella lectura ávida en la sala del viejo piso de alquiler de techo alto y pasillo interminable al que me acababa de mudar, aquel “descenso al Maelstrom”.
En mi búsqueda en Internet del lugar donde se ubica la tumba, me encuentro con una información curiosa. Entre 1949 y 1998, una figura que popularmente se denominó Poe Toaster depositaba tres rosas y una botella de coñac medio llena sobre la tumba del escritor en cada aniversario del nacimiento de Poe. Toaster no fue identificado y este homenaje fue interrumpido para, a partir de 1999 reanudarse hasta 2009, momento en el que finalizó definitivamente. No parece tener mayor importancia, aunque el propio carácter biográfico y literario del homenajeado favorece todo tipo de teorías fantásticas para mentes calenturientas. Abandono el lugar, nada sombrío sino bañado por la luz del sol de mediodía, nada aislado sino a un paso del animado tránsito de personas y coches en Fayette Street.

Llego a Charlottesville de noche. Ha sido un día intenso desde aquella despedida de Nueva York hasta la llegada a esta tranquila localidad de Virginia. Pese a todo, me doy una vuelta por el downtown, que aquí me doy cuenta de que se refiere al centro de la ciudad y así lo tendré en cuenta a partir de ahora a lo largo de mi viaje. Descubro un espacio con una calle principal peatonal, ancha y pavimentada con ladrillo y con un gran encanto. Está atravesada por terrazas que ocupan la parte central de la avenida y, a los lados, los comercios ofrecen unos encantadores y cuidados escaparates: tiendas de ropa, de antigüedades, librerías, galerías de arte, comercios de souvenirs, bares y restaurantes se suceden a lo largo de la calle. Ha anochecido y apenas hay gente.

El centro de Charlottesville. Es de noche, pero no muy tarde. Serán las ocho, más o menos. Y, sin embargo, las calles están desiertas en una ciudad de unos 45.000 habitantes. A esta hora, todo el mundo está recogido en casa. Me sorprende. Acabo de llegar esperando dar una vuelta en un ambiente todavía animado y veo que no hay nadie en la calle. Vengo de Nueva York, la ciudad que nunca duerme, y no conozco nada más de Estados Unidos. En mi viaje de carretera y manta, está todo por descubrir. Y veré que, en casi todas las ciudades que visitaré, salvo Nueva Orleans y San Francisco, llegar más tarde de las seis de la tarde significará circular por calles muertas bajo el velo de la noche temprana de invierno. Me adaptaré y me daré cuenta de que, al fin y al cabo, después de tantas emociones diurnas de viaje, visitas y descubrimientos, al fin del día el motel espera en la noche temprana para entregarse a una retirada en la que da tiempo para una buena ducha, escribir el diario de a bordo y entregarse a un sueño reparador que permita levantarse casi sincronizado con la salida del sol.
Cansado, vuelvo al motel. La entrada es por un caminito que se abre desde la carretera principal a mano derecha. Su acceso es tan escondido que me paso de largo varias veces y vuelta a buscarlo tras verme obligado a dar una larga vuelta antes de volver al mismo sitio. Un par de horas de circuito a ninguna parte. Al fin la carreterita al motel y duermo como un lirón.



