Hoy amanece con lluvia, pero son cuatro gotas y llevamos paraguas.
Vamos a desayunar a una bonita cafetería y al salir, ya no llueve. Por suerte hoy iremos más ligeros porque hemos dejado las mochilas en el hotel.
En Bath todo está cerca, así que vamos a todas partes caminando.
Nos acercamos al pintoresco puente Pulteney.
Como casi todo en Bath es del típico estilo georgiano del siglo XVIII, es decir, señorial y con un aire de arquitectura clásica, enfatizando la proporción y la simetría.
Es hora de entrar en los Baños Romanos.
El recorrido se hace con una extensísima audioguía que dura más de dos horas, pero uno puede saltarse algunos números e ir más rápido.
La visita empieza por la famosa piscina exterior, de construcción victoriana.
Oh vaya, pensábamos que los baños eran romanos y esto no es muy antiguo…
Pero tranquilos
El agua de la piscina es de un verde intenso y va sacando burbujillas. No hierve, sino que es gas que se libera del interior del manantial.
Hace fresquillo y pienso que sería fantástico poder echarse un baño calentito aquí, pero esta agua puede ser mortal.
Dentro del museo vemos una maqueta de lo que habían sido las magníficas termas de Aquae Sulis, como se llamaba el pueblo en el siglo I d.C.
Sulis era el nombre de la diosa celta a la que adoraban los locales. Los romanos le encontraron parecidos con su diosa Minerva y muy a su estilo de absorber culturas, decidieron crear un híbrido llamado Minerva Sulis a la que adorarían tanto ellos como las tribus autóctonas.
La cabeza de oro que encontramos en una de las salas era de la estatua que presidía el templo, en las inmediaciones del balneario.
En otra sala se nos muestra lo que queda del que había sido el hermoso pedimento frontal de la entrada al recinto, con una feroz cabeza de Gorgona. Las piedras que no se conservan hoy en día están representadas con una proyección para que nos hagamos la idea de cómo hubiera sido la totalidad de la obra.
Se conserva también buena parte de un altar sacrificatorio, varias piedras esculpidas con imágenes o textos relacionados con el culto a los dioses.
Unos de los objetos más curiosos son unas tablillas de estaño grabadas a mano llamadas “tablillas de las maldiciones”
A través de unas ventanas se puede observar otra piscina, esta con forma irregular y más pequeña, es la que los romanos llamaban el manantial sagrado, de la cual ascienden nubes de vapor, ya que esta agua sale a 46º C. Es evidente que para los humanos de la antigüedad esto les parecería un fenómeno sobrenatural y le atribuirían propiedades divinas.
Además, también se conservan los yacimientos de las instalaciones del recinto de la época: varias salas que habrían servido de sauna, de vestuarios, de gimnasio, etc.
Y finalmente al acabar la visita se puede degustar este agua que lleva atrayendo a personas a Bath desde hace más de dos mil años. Sabe a hierro.
Al salir de esta completa visita vamos a comer un típico “rustido de los domingos” o sunday roast en un pub tradicional.
Los domingos el horario de visita de la abadía de Bath es muy escaso.
Abren solamente entre la una y las dos y media y luego a media tarde un par de horas más.
A veinte minutos de abrir ya hay una larga cola. La entrada cuesta 6,50£ si se coge también una audioguía que te descargas directamente en tu móvil. Esta es muchísimo más breve que la de los Baños Romanos.
El interior es un fantástico ejemplo de gótico perpendicular.
Al salir, nos dirigimos un poquitín al norte, donde está la plaza The Circus, con señoriales edificios con la fachada curvada para formar un círculo casi perfecto de viviendas de estilo georgiano, albergando un delicioso jardincito en el centro.
Muy cerca está el elegante Royal Crescent, con sus treinta casitas de fachada idéntica formando un enorme semicírculo. Actualmente una de ellas es un museo y otra es un lujoso hotel.
Paseamos por el extenso parque de enfrente.
Y para finalizar la visita a Bath, damos una vuelta más por las calles comerciales del centro hasta que es la hora de tomar el tren en dirección a Bristol.
Una vez en Bristol, entre la estación y el centro, pasamos por la peculiar Temple Church, su torre de Pisa particular.
Lo que queda después de los bombardeos nazis es sólo el esqueleto de la iglesia.
Pero la inclinación de la torre no tiene nada que ver con ninguna guerra, ya desde su construcción en el siglo XIV se empezó a inclinar, aún así, siguieron construyéndola.
Nos queda un buen rato de tarde por delante y decidimos dar una vuelta por la Old City y los muelles que la rodean.
Pasamos por delante del histórico Grand Hotel, de estilo renacentista, construido por la característica piedra amarillenta tan típica de las ciudades de esta zona.
Desde la calle The Grove, al sur del todo de la Old City, se tiene una bonita vista del campanario de Redcliffe y una hilera de casitas de colores por las que es conocida Bristol.
También pasamos por la Queen Square, un animado parque de estilo georgiano.
Con tanto paseo nos está dando ganas de sentarnos un rato y tomar algo.
En la calle King Street encontramos una amplia variedad de pubs tradicionales. La elección es difícil pero nos quedamos con The Llandoger Trow.
Habiendo descansado un poco, seguimos pululando por el centro.
Nos encanta el aire lúgubre medieval del All Saints Lane. Esta callejuela cruza los centenarios Saint Nicholas Markets, que hoy están cerrados.
Más arriba, al extremo norte de Broad street vemos la iglesia de Saint John, muy curiosa porque la base de su campanario está abierta al tránsito, formando un pequeño arco gótico.
Pero no todo es medieval, a pocos metros, en esta misma calle, nos sorprende la original fachada del edificio Edward Everard, de estilo Arts & Crafts, lo que vendría a ser el modernismo, pero a la inglesa.
Estamos cerquita del hotel y se está haciendo tarde, vamos a buscar algún sitio para cenar pero ya todo está cerrado, así que cenamos en el mismo hotel.