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MI BRUSELAS -Diarios de Viajes de Belgica- Ambior
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Diario: MI BRUSELAS  -  Localización:  Belgica  Belgica
Descripción: Impresiones de una residente temporal en la "capital" de la Unión Europea
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Etapa: Desde mi ventana  -  Localización:  Belgica Belgica
Fecha creación: 03/11/2010 15:03  
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Desde mi ventana



Desde los grandes ventanales de mi apartamento al lado del parque del Cinquantenaire veo árboles que podrían haber pertenecido al bosque de Linthout, el cual ocupaba lo que ahora es mi barrio y se extendía hacia el norte, hacia la comuna de Schaerbeek, una de las 19 comunas de Bruselas.




En invierno, con los árboles desnudos, puedo ver no sólo el arco del Cincuentenario y la parte trasera de los edificios de la rue de l’ Yser, que bordea uno de los lados del parque, sino también una bandada de grandes pájaros verdes -posiblemente guacamayos-, ejemplares exóticos venidos de otras tierras y que, por alguna extraña razón, recalaron aquí, sorprendiendo a quienes los vemos, sobre todo en verano, porque, al mimetizarse con las hojas de los árboles, uno cree haberse confundido cuando los sorprende en vuelo, y tarda en comprender que realmente se trata de una especie exótica adaptada ya a estas latitudes.







Me gusta el paisaje que veo desde mi ventana porque es cambiante. Y no sólo por las estaciones. En verano los edificios de la rue de l’Yser desaparecen tras los árboles y es como si estuviera viviendo en el campo. Pero cambia también a lo largo del día, porque los colores van transformándose con la luz del sol que, en su movimiento de este a oeste, acaba dejando intensos tonos rojizos cuando se pone, muy pronto en invierno, en torno a las cinco, mucho más tarde en verano. En invierno, gracias a la desnudez de los árboles, al anochecer, en el azul oscuro del crepúsculo y frente a mi ventana, la línea de los edificios de la rue de l’Yser dibujándose sobre el cielo, con la luz amarillenta de alguna que otra ventana y las ramas de los árboles frente a ellos, parece componer un cuadro de Magritte.







Mi apartamento se encuentra en lo que se llama aquí un “clos”, es decir uno o varios edificios en una zona verde, generalmente algo apartados de la calle. El “clos” en el que vivo está rodeado de una zona verde porque fue construido en el antiguo jardín de un palacete que miraba al parque del Cinquantenaire, al inicio de la avenida de Tervuren (palacete desgraciadamente derruido para construir un horroroso edificio de hormigón, sede de un banco). Como recuerdo del antiguo jardín que fue, de ese palacete se conserva una especie de “arboretum” con gran variedad de árboles: tilos, castaños de indias, hayas, carpes, tejos, cerezos japoneses, arces, pinos, acebos y seguro que algún otro más.




Se conserva además un estanque, un tanto desvencijado por el paso del tiempo, pero que le da mucha personalidad porque gracias a él tenemos nuestra temporada de ranas y también nuestra temporada de patos que cada año acuden al “clos”, se reproducen, va creciendo la camada bajo nuestras miradas atentas y emigran cuando llega el frío. A veces, desgraciadamente, la familia no emigra entera porque en el “clos” también tenemos igualmente nuestra colonia de gatos callejeros, que aunque no están hambrientos porque viene gente a darles de comer, más de una vez eliminaron a alguno de los pequeñines.







Entre mi apartamento y los edificios de la rue de l’Yser se encuentran además los jardines de cada uno de ellos, característica ésta del urbanismo de Bruselas, inconcebible en otras capitales europeas, como Madrid o París. Aquí en Bruselas los interiores de las manzanas se conservan como jardines, normalmente privados, con lo cual muchos bruselenses, viviendo en el centro, disfrutan de un jardín como si estuvieran viviendo en las afueras, o en el campo. En la mayor parte de los casos el disfrute del jardín pertenece a la vivienda que ocupa la planta baja (rez-de-chaussée), pero, aún así, siempre es preferible la vista sobre un jardín a la vista sobre un almacén (como desgraciadamente ocurriría en otros lugares), y se suele valorar más que el apartamento tenga vista sobre el jardín y no sobre la calle. Esta característica de Bruselas me sorprendió mucho al principio, así como la cantidad de terrazas y balcones en los edificios, en un país con un clima poco propicio para el aire libre. Sin embargo, precisamente porque el clima no es generoso con ellos, intentan aprovechar al máximo tanto luz como sol, con enormes ventanales sin cortinas ni persianas y terrazas o jardines donde poder aprovechar el mínimo rayo.

A finales del siglo XIX este barrio en donde acaba la comuna de Etterbeek, que limita por el este con la comuna de Woluwe-Saint-Lambert y por el norte con la de Schaerbeek, estaba, pues, dentro del bosque de Linthout (en neerlandés « bosque de los tilos »), al que la especulación urbanística, surgida con la creación del parque del Cinquantenaire y la avenida de Tervuren, fue dándole mordiscos, a pesar de las protestas vecinales que hubieran preferido preservarlo. En vano, porque poco a poco el bosque se fue parcelando y fueron surgiendo las calles tal y como hoy las conocemos, edificadas fundamentalmente a principios del XX y cuyos edificios -por fortuna- resistieron el paso del tiempo.

El punto de arranque fue el Parc du Cinquantenaire: en 1880 Léopold II, segundo rey del reciente estado belga, quiere dotar a Bruselas de parques y monumentos prestigiosos dignos de una capital europea. Elige un terreno, un antiguo campo de maniobras del ejército, dentro de la comuna de Etterbeek, para celebrar allí el cincuentenario de la independencia del país. Porque éste es un joven país, más bien artificial, creado por las potencias europeas para conseguir un terreno neutral que contribuyese a mantener los difíciles equilibrios entre países poderosos.




Fue Carlos V, nieto de los Reyes Católicos y del emperador Maximiliano, quien lleva a cabo en 1540 la unión de las 17 provincias de los Países Bajos pasando a formar parte de la corona española. La unión será breve, con las guerras de religión el territorio se divide en dos: en el norte una república federal, las Provincias Unidas, y en el sur los Países Bajos meridionales, que se corresponden más o menos al actual territorio de Bélgica y que estuvieron durante más de dos siglos, bien bajo dominio español, bien bajo dominio austriaco. Este territorio, deseado tanto por franceses como por austriacos, fue el escenario de numerosos enfrentamientos en las guerras franco-españolas y franco-austriacas, a lo largo del los siglos XVII y XVIII. Después de las campañas de Napoleón, los Países Bajos Belgas son anexionados por la Primera República Francesa quien pondría fin a la dominación hispano-austriaca sobre la región. Pero en 1815, con la disolución el Primer Imperio Francés, pasan a formar parte del Reino Unido de los Países Bajos, bajo Guillermo I de Orange. Tampoco durará mucho esta unión: las restricciones de las libertades políticas y religiosas conducen a los territorios del sur a declararse independientes y a crear el nuevo estado en 1830, fecha en la que la actual Bélgica se declara independiente. Será necesario buscar un rey y, tras varios intentos fallidos, fueron a encontrarlo en Alemania: Léopold de Saxe-Cobourg-Gotha se convertirá en el primer rey de los belgas. Nace así un país heterogéneo: flamencos y neerlandófonos al norte y valones y francófonos al sur, con la religión como único un punto en común: mientras que las provincias de los Países Bajos del norte (la actual Holanda) son protestantes, las provincias del sur (la actual Bélgica) son católicas. Ese es su único punto de encuentro.
Después de los fastos de la celebración del cincuentenario de la independencia, en el mismo parque del Cinquantenaire, habrá una segunda exposición, en 1888, con un Gran Concurso Internacional de las Ciencias y la Industria, ya muy floreciente en ese momento en una Bélgica que conoció la Revolución Industrial durante el siglo XVIII, tuvo una fuerte expansión económica en el XIX, y se convirtió pronto en una potencia industrial importante como prueba la creación de la primera red de ferrocarriles europeos. Una tercera Exposición Universal en 1897, en la que participan más de 27 países, se celebra también en el parque del Cinquantenaire recibiendo a más de siete millones de visitantes.




Para la segunda exposición de 1888, el rey Léopold II, encarga al arquitecto Gédéon Bordiau la construcción de dos edificios unidos entre sí por columnas semi-circulares, orientados por delante hacia el palacio real y el centro de la ciudad y por detrás hacia la avenida de Tervuren, de diez kilómetros de larga, que el rey quiere trazar para unir la ciudad con su palacio y su parque de Tervuren. La triple arcada central será construida por Charles Girault e inaugurada en 1905.




Me gusta la cercanía del parque del Cinquantenaire. Es un lugar de encuentro por muchas razones. En primer lugar sus museos: Museo de Automóvil, Museo del Ejército, Museo de la Aviación y los Museos Reales de Arte e Historia, estos últimos con buenos fondos permanentes e interesantes exposiciones temporales. Desde el Museo del Ejército es posible subir gratuitamente hasta la cima del arco y contemplar hacia un lado el propio parque y la rue de la Loi que se dirige al centro de la ciudad y por el otro lado la avenida de Tervuren hacia el pueblo del mismo nombre. El acceso está cerrado entre las 11h.30 y las 13h.




En segundo lugar porque es la zona verde más próxima a mi casa y allí voy frecuentemente a pasear, en otoño con las hojas caídas sobre el césped y los árboles llenándose de ocres, en invierno con las ramas ya desnudas, en primavera brotando poco a poco la vegetación y en verano con los árboles llenos de un verde frondoso impidiendo la vista de las calles que lo rodean.




Cuando hace bueno, a mediodía, el césped que rodea el estanque se llena de grupos de jóvenes que se acercan hasta allí para tomar su “lunch”, seguramente comprado en alguno de los establecimientos de la cercana rue des Tongres. Y, finalmente, me gusta también porque es el lugar escogido para múltiples actos y celebraciones: conciertos, ferias, competiciones deportivas, mítines... Siempre está animado.



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Etapa: La herencia urbanística de Léopold II: del Cinquantenaire a Tervuren  -  Localización:  Belgica Belgica
Fecha creación: 03/11/2010 15:07  
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La herencia urbanística de Léopold II: del Cinquantenaire a Tervuren



Es conocida la preocupación urbanística de Léopold II. Quiere que Bruselas pueda competir con París y para ello necesita grandes avenidas y bulevares que puedan compararse a los Champs Elysées parisinos. Para ello hace abrir importantes y elegantes arterias en la ciudad. Una de ellas será la avenida de Tervuren que -como ya dije- parte del eje del Parc du Cinquantenaire para unir este punto con el pueblo de Tervuren. Él mismo supervisa las obras de la avenida de Tervuren para comprobar que están respetando las normas por él dictadas: grandes y ostentosos palacetes separados de la calle por jardincillos rematados con una verja de hierro forjado, y destinados a familias con un altísimo poder económico.







Sorprende la capacidad económica de la alta burguesía bruselense a finales del XIX y principios del XX. Porque estas viviendas lujosísimas no sólo se encontraban en la avenida de Tervuren. En 1847 Léopold II había mandado trazar la Avenue Louise que uniría el centro de Bruselas con el Bois de la Cambre y en donde se había establecido la alta burguesía bruselense. Pero hay muchas más zonas en Bruselas en las que la envergadura de las viviendas sorprende: l’avenue Molière, los estanques de Ixelles, l’avenue Franklin Roosvelt, algunas zonas de Uccle, y éstas no son todas.

Poco queda del esplendor decimonónico de l’Avenue Louise, ocupada ahora en su mayoría por modernos edificios de oficinas. Sin embargo, afortunadamente, muchos de los palacetes de la avenida de Tervuren, en el tramo que va desde el inicio del parque hasta la plaza de Montgomery, se conservan intactos. Algunos sucumbieron, cómo no, en los años 60 a la especulación y son hoy edificios impersonales que rompen la armonía de la calle.

Si paseamos atentamente por la avenida de Tervuren podemos ver que desde el nº 64 hasta el 48 se suceden palacetes de diversos estilos. El nº 60, de piedra blanca tallada, de estilo clasicista francés y balcón rematado con hierrro forjado, conserva la antigua entrada de carruajes, al igual que el nº 52.







Es en este tramo de l’avenue Tervuren, después de la rue des Ménapiens y hasta el nº 64, en donde se sitúan los edificios más imponentes. Desgraciadamente, el tramo está interrumpido por el nº 66 que fue sustituido por un edificio años 60 y que rompe la relativa uniformidad de las fachadas. Digo “relativa” puesto que, aunque todas respetan más o menos la misma altura y disponen del preceptivo jardín delantero (en algunos casos el césped ya dio paso al cemento pudiendo servir así de aparcamiento) todas las fachadas, como ocurre siempre en Bruselas, son diferentes. Por ejemplo, los números 68/70 están ocupados por un edificio aparentemente menos importante, pero más original.




Se trata de un edificio de azulejo blanco y líneas rectas, decorado con grecas verticales hechas de diminutos mosaicos que representan la rosa Tudor. La misma decoración se reproduce en las vidrieras que decoran las ventanas y en las vidrieras de la puerta de entrada a la que se añadieron motivos florales y un forjado de forma rectilínea que parece corresponder a la estética Art Déco.

Continuando hacia la Place Montgomery se suceden los “hôtels particuliers”, la mayoría de estilo clasicista, más o menos elegantes, algo más modestos a medida que nos acercamos a la plaza. El nº 102 lleva la fecha de construcción en la fachada: 1912. De la acera de enfrente, en los números impares, me gusta el tramo de l’ avenue Tervuren que bordea la plaza Jean de Mérode. Son los edificios que van de los números 15 al 37, pero los edificios originales de los números 21, 23 y 25 desgraciadamente ya no existen. Desde aquí hasta el nº 37 - cuya entrada de carruajes deja adivinar el jardín posterior- forman un conjunto de elegantes “maisons de maître” de estilo clasicista francés, de piedra blanca tallada, tejado de pizarra y balcones con hierro forjado que me sitúan en un país muy diferente al mío.




Más edificios de esta acera fueron sustituidos también por edificios modernos como el nº 73 y alguno más, pero afortunadamente son la minoría. El nº 93, un edificio de ladrillo rojo y decorado sobre puerta y ventanas con azulejos que reproducen motivos Art Nouveau, parece relativamente modesto. Sin embargo, tuve oportunidad de ver el interior, destinado ahora a oficinas, y quedé sorprendida con la elegancia del “bel étage”, con sus tres piezas en “enfilade”, altísimos techos decorados con molduras, sus tres chimeneas, su jardín posterior -de pequeñas dimensiones y al que se accede únicamente desde la antigua cocina- y su mirador delantero (o su loggia según la terminología italianizante que utilizan los belgas) con una vista espectacular sobre toda l’avenue Tervuren y el arco del Cinquanteaire. Al parecer -según me dijeron los actuales inquilinos-, la casa volverá a tener nuevamente un único ocupante: acababa de ser adquirida por un abogado que piensa instalar en el “bel étage” su despacho y destinar a vivienda el resto del edificio.




En el nº 135, cerca ya de Montgomery, está el restaurante “Le jardin de Nicolas” formando parte de un conjunto de edificios de ladrillo rojo -bastante menos pretenciosos-, algunos de ellos de estilo flamenco, otros más eclécticos, con diferentes adornos en la fachada, según el gusto de su primer propietario, supongo.

Después de Montgomery son mayoría los edificios modernos, aunque la majestuosidad del paseo central con sus árboles ya centenarios se mantiene.







En el camino hacia Tervuren, por la avenida del mismo nombre, antes de llegar al parque de Woluwé, sorprende ver a mano derecha una de las joyas de la arquitectura de la ciudad, el primer edificio Art Déco de Bruselas: la maison Stoclet, o más bien habría que decir el palacio. Construido entre 1905 y 1911 por Josef Hoffmann y otros artistas de la Secesión vienesa, como Klimt, quien diseñó los frisos -realizados con mosaicos, piedras semipreciosas y oro- para el comedor, decorado todo él con costosos mármoles, mobiliario de maderas exóticas y los famosísimos frisos. El encargo fue hecho por M. Stoclet, hijo de banqueros belgas acaudalados e ingeniero civil de formación, que hizo venir al grupo vienés hasta Bruselas para construir aquí su residencia. Se dice que Victor Horta, el más conocido de los grandes arquitectos Art Nouveau belgas, al ver la obra exclamó admirado “L’Art Nouveau est fini” .







Pasado Montgomery, el paseo hasta el parque de Woluwé y los estanques Mellaerts merece la pena, creo que es uno de los parques más bonitos de Bruselas. Porque otra de las características de Bruselas son sus parques y sus zonas verdes: enormes, cuidados y frondosos. Este tramo de la avenida de Tervuren y el entorno del parque de Woluwé es una exclusiva zona residencial con muchos edificios destinados a embajadas de diferentes países.









Desde la plaza que se encuentra en el vértice del parque del Cinquantenaire (se llama Porte de Tervuren) sale un tranvía hacia el pueblo de Tervuren. En el verano, los domingos, ese tranvía vuelve a ser el tranvía de madera que unía -hace ya más de un siglo- este punto con el Palacio, ahora convertido en el Museo de Africa y el parque de Tervuren, de amplios espacios, estanques, paseos y arbolado que se llena de colores rojizos, amarillos y ocres cuando llega el otoño. Merece la pena el viaje en el tranvía de época y pasear después por el parque, siempre lleno de gente los fines de semana. Si el tiempo lo permite se pueden hacer montones de paseos por el parque y si no siempre se puede visitar el Museo de África en el magnífico palacio que el rey Leopoldo II mandó construir después de la exposición universal de 1897, palacio que acabó siendo el Museo real de África central y que alberga una de las colecciones más importantes de arte y cultura africanos. Los archivos del explorador Stanley se conservan ahí.









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Etapa: Paseando por mi barrio: sus casas y sus gentes  -  Localización:  Belgica Belgica
Fecha creación: 03/11/2010 15:10  
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Paseando por mi barrio: sus casas y sus gentes


La avenida de Tervuren, ancha y majestuosa, es el eje central de este barrio del Cinquantenaire. Desgraciadamente, en el primer tramo, sus centenarios y frondosos castaños de indias -afectados parece ser por alguna enfermedad incurable- acaban de ser sustituidos por unos escuálidos tilos.





De esta avenida salen calles más estrechas que convergen en calles paralelas a Tervuren y que conforman el entramado del barrio. Una de ellas es la comercial rue des Tongres, siempre animada, con todos sus bajos comerciales más sus dos galerías cubiertas (la Galérie du Cinquantenaire, más popular que la selecta Galérie de Linthout) ocupados por todo tipo de comercios y servicios. Es mi calle comercial. Aquí puedo encontrar todo cuanto necesito. Subiendo a mano derecha, justo al lado del Pain Quotidien (cadena de restauración rápida con mucho éxito en Bruselas) está Lanssens, una carnicería-charcutería, siempre llena de gente, especialmente los fines de semana en que los clientes hacen cola en la calle para comprar, entre otras cosas, sus famosas salchichas para barbacoa, de infinitas variedades. Las salchichas son efectivamente muy ricas, y también los demás productos, con precios en consonancia con su calidad.




Girando a mano derecha, en la calle Batonnier Braffort, se suceden tres buenos establecimientos: una crèmerie, con todo tipo de quesos artesanales, una épicerie fine con buenos productos y una pescadería con pescado excelente, pero con unos precios a su altura, es decir, prohibitivos. Debe de ser una de las mejores y más caras pescaderías de Bruselas.

Bruselas no se ofrece abiertamente al visitante. Bruselas hay que descubrirla. Por eso me gusta mi barrio. Cada día encuentro un detalle en el que aún no había reparado: la forma de una puerta, una manilla, una vidriera, unos azulejos, un esgrafiado, la forma redondeada de una ventana, una pequeña decoración en una fachada, un balcón, un forjado…









Me gusta su armonía y su diversidad, todas las casas parecidas y diferentes. Porque el belga es individualista, le gusta tener “su” casa, diferente de la de los demás, con su personalidad y su fantasía, en la que caben todos los estilos. Y efectivamente, paseando por mi barrio encuentro fachadas de todos los estilos: clasicistas, estilo neo-renacimiento flamenco, Art Nouveau, Art Déco, aunque la mayoría son eclécticas con mezcla de elementos diversos, desde balcones de estilo clásico hasta otros mucho más exóticos, como japonizantes o árabes.




Pero dentro de esa diversidad todas ellas responden a una tipología semejante: son viviendas unifamiliares, de tres plantas, con pocos metros de fachada (entre 5 y 7 metros de ancho, porque los impuestos se pagaban en función de la fachada), que se prolongan hacia el jardín posterior presentando todas ellas una disposición de tres habitaciones “en enfilade”, es decir, tres habitaciones sucesivas que reciben la luz, una de la calle, otra del jardín, mientras que la del medio es ciega, y recibe la luz únicamente a través de las otras.

Todas ellas tenían en la fachada, a un lado de la puerta, un hierro curvo, situado a unos centímetros del suelo, para limpiar los pies antes de entrar en la casa y, al otro lado, un grifo, supongo que para limpiar los zapatos de barro y nieve, o para regar la planta en solían tener delante de cada casa. Aún hoy se conservan esos elementos, aunque es difícil encontrar todavía los tres -hierro, grifo y planta- en la misma casa.




Son las típicas “maisons de maître”, destinadas a una clase media de profesionales, sin duda holgada, pero sin los medios económicos de las familias de la Avenue Louise o la Avenue de Tervuren. Aún así, para nuestros criterios actuales, se trata de viviendas enormes para una sola familia. De hecho, la mayor parte están ahora dividas en apartamentos. Y sólo algunos privilegiados pueden disfrutar de toda la casa, más el jardín, para una sola familia.




Algunos de estos privilegiados son precisamente personas que trabajan en las instituciones europeas. Porque Bruselas, aunque evidentemente se beneficia de la capitalidad europea, sufre de una economía de dos velocidades: aquellos pagados por la Unión Europea, con sueldos generosos y por tanto con alto poder adquisitivo, y los demás, es decir, quienes sí reciben sueldos más altos que en España, aunque no el doble que en España, pero que también soportan unos precios más altos que en España, encarecidos en parte por esa población que disfruta de una excelente situación económica. Por eso sospecho que los bruselenses no deben de ver con mucha simpatía a los que trabajan para “las comunidades” -como dicen algunos- o para “el mercado común”, como todavía dicen otros. Y digo que sospecho porque, a pesar de llevar viviendo aquí casi cuatro años, no tuve muchas ocasiones de hacer amistad con belgas. Mis únicos contactos se reducen prácticamente al gimnasio, la academia de inglés, los comercios y los restaurantes. Sólo tengo un amigo belga, al que ya conocía antes de venir, y que resume bien la complejidad de este país: nacido en Louvain (Lovaina la Vieja), flamenco pues, pero de educación francófona, tal y como hacía la burguesía flamenca belga por aquellos años, es por tanto bilingüe. Está casado con una española, vive en Nivelles, zona valona, y tiene dos hijos nacidos en Valonia y que son pues valones. Sin embargo, en el conflicto entre flamencos y valones, él dice que se siente flamenco y que su corazón está sin duda con ellos.

Lo que puedo decir de los belgas son, pues, mis impresiones de contactos más bien formales. Son gentes amables y educadas, siempre con “merci”, “pardon” y deseando “buen” lo que sea: día, tarde, gimnasia, continuación de algo… Por la calle me parecen agradables. En el barrio hay personas que me sonríen, o me dicen “bonjour” sin conocerme. A veces en la cola del súper -que esperan pacientemente sin poner cara de impaciencia ante una lentitud que a mí se me hace insoportable- alguien hace un comentario, como si les apeteciese hablar. Sin embargo, en los comercios o en los restaurantes, en ocasiones la gente me resulta un tanto distante, seca y cortante. Esto no quita para que el mismo camarero que parecía impertinente haga una broma, que a veces no entiendes, porque tienen los belgas un sentido del humor bastante peculiar. Los bruselenses tienen además una pronunciación un tanto particular, como si distorsionasen las vocales, supongo que por influjo del neerlandés: la “e” cerrada la hacen “i”, la “o” cerrada la hacen “u”, mientras que la “e” abierta suena como “a”. Aunque lo más sorprendente es la confusión entre los verbos “savoir” y “pouvoir”: cualquiera te dice con toda naturalidad “no sé venir a esa hora” en lugar de “no puedo venir a esa hora”, lo cual resulta cómico. Al principio, cuando alguien me decía “eso no sé hacerlo”, yo preguntaba ingenuamente “¿no sabe o no puede?” Ahora ya estoy habituada, pero creo que sería incapaz de hacerlo yo misma por muchos años que viviera aquí.

Como normalmente no suelo ir a casas de belgas, cuando paseo por mi barrio y encuentro la puerta de una casa abierta puedo ver cuál es la disposición interior que, por otra parte, coincidía en prácticamente todas las viviendas hasta que los arquitectos Art Nouveau intentaron cambiar la tipología, conseguir más luz y acabar con la disposición en “enfilade”. Observo que todas ellas tienen encima de la puerta de la calle un panel acristalado -normalmente una vidriera- para dar luz a la entrada y al comienzo de la escalera. En el semisótano se encontraba la cocina, la lavandería, la carbonera y “la cave” (aunque la traducción literal sería “bodega”, yo creo que más bien correspondía a una despensa-almacén-bodega). La cocina recibía la luz por una ventana prácticamente a ras del suelo. Hoy se pueden ver viviendas que han sido acondicionadas en ese espacio inferior, pero en muchos casos este espacio fue aprovechado para un garaje en el que un coche tiene que entrar por el portón que sustituyó a la antigua ventana, y la idea de que un coche pueda entrar por ese hueco tan reducido parece resistir a las leyes de la física. El primer piso era “le bel étage” para recibir y exhibir el estatus de cada cual. Allí estaba el salón (o los salones), el comedor y el despacho. El segundo piso era destinado a los dormitorios de la familia y en el tercero dormía el servicio. En los palacetes de Tervuren o de Louise, además de la escalera principal, existía una escalera de servicio que permitía hacer una vida separada, prácticamente sin cruzarse, a las dos clases sociales que convivían en la casa.

En este barrio es posible imaginarse lo que fue la Bruselas de finales del XIX y principios del XX. Sólo hay que acercarse hasta la rue des Rogations, tercera calle a la derecha de la rue de Linhout. Se conserva perfectamente. No hay nada que choque, no hay edificios modernos, todas son “maisons de maître” que vale la pena ir observando una por una. No se trata de viviendas ostentosas, son viviendas relativamente “normales” para la época. Así y todo algunas fachadas son preciosas, pero incluso en las más normales hay siempre elementos decorativos afortunados, elementos Art Nouveau o Art Déco, esgrafiados, vidrieras, etc. Sólo sobran los coches. Es el único elemento anacrónico. De no ser por ellos podríamos cerrar los ojos, abrirlos después y pensar que habíamos retrocedido un siglo.




El barrio se presta, pues, a los paseos de descubrimiento: al final de la calle Batonnier Braffort hay un rincón que me encanta, con sus fachadas de ladrillo rojo y con los edificios del colegio del Sacré Coeur -de estilo flamenco- que le da un aire especial a esa zona. Y si tomamos hacia la izquierda la rue H. Dietrich, que nos lleva hasta el Bd. Whitlock, y que sólo tiene edificios en uno de los lados porque enfrente se encuentran los jardines del colegio, podemos admirar elementos Art Nouveau en algunas de las fachadas de la calle.




El nº 31, por ejemplo, tiene bajo las ventanas un conjunto de azulejos con motivos florales dentro del gusto Art Nouveau, y el nº 27 presenta una fachada espléndida con dos grupos de azulejos gemelos representando dos mujeres que recuerdan el estilo de Mucha, el famoso pintor checo de posters estilo Art Nouveau.







El Bd. Whitlock, dentro de Woluwe-Saint-Lambert, es uno de los grandes bulevares que parten de la plaza de Montgomery. Fue también zona elegante de palacetes, si bien la mayoría han desaparecido para ser sustituidos por impersonales y anodinos edificios de apartamentos de cinco o seis alturas, sin duda más rentables para sus antiguos propietarios.




En la confluencia con la calle Georges Henri, haciendo esquina, hay un acogedor restaurante-cafetería “Le Martin Pêcheur” a donde acudimos con frecuencia mi marido y yo los fines de semana a leer la prensa, mientras tomamos un aperitivo. Cuando el tiempo lo permite, sentarse en la terraza resulta muy agradable. Y, aunque teóricamente el tiempo no debería permitirlo a menudo, como en Bruselas todas las terrazas disponen de calefactores, los clientes pueden (y suelen) permanecer en el exterior a menos que las condiciones sean realmente extremas. Los mismos propietarios del “Martin Pêcheur” tienen otro restaurante en el barrio, no lejos de allí, éste en la misma avenida de Tervuren, antes de llegar a Montgomery -“Le Jardin de Nicolas”- cuya coqueta y bien acondicionada terraza está atestada de gente en primavera y verano, cenando o tomando alguno de los numerosos cócteles que preparan con cuidadosa presentación. La carta de platos, sin embargo, es más escueta que la del “Martin Pêcheur”, yo diría que resulta un poco escasa.







Esta zona de Woluwe-Saint-Lambert la recorría con Mieke, mi amiga holandesa, ahora ya de vuelta a La Haya. Paseábamos por las distintas calles, algunas feas como la comercial Georges Henri, otras con mucho encanto como el Square Vergote con coquetas y elegantes “maisons de maître” de ladrillo rojo.




O la plaza en la que se encuentra la iglesia de Saint-Henri, atravesada por la calle Prekelinden, una perpendicular a Georges Henri. Los edificios que bordean esta plaza en torno a la iglesia, son réplicas de edificios del siglo XVII, de estilo renacimiento flamenco, con sus fachadas de ladrillos rojos rematadas con piñones y sus ventanas de líneas rectas, muchas de ellas decoradas con vidrieras de colores.







Aunque lo que verdaderamente me llama la atención es que estos barrios, que son hoy comunas de Bruselas y que fueron en otra época poblaciones a las afueras de la capital, conservan aún la antigua plaza del pueblo, con su pequeña iglesia y sus construcciones de otra época y de otras dimensiones, de tal manera que, cuando uno las descubre, tiene la sensación de estar en un pueblo pequeño, y cuesta trabajo admitir que no salimos de Bruselas y que esa pequeña plaza y esos pequeños edificios son parte del gran Bruselas, que los conserva en su interior como parte de los elementos dispares que forman su peculiaridad. Como cuando se llega a Place de la Sainte Famille, antiguo corazón de Woluwe cuando aún no formaba parte de Bruselas, y que conserva todo su sabor rural, casi pueblerino.

Esta misma sensación la experimenté en Anderlecht, una de las comunas del oeste de Bruselas cuya Place de la Vaillance podría ser la plaza mayor de una pequeña población belga, con la misma disposición de edificios, iglesia y ayuntamiento. Al lado de esa plaza se encuentra “Le Chapeau Blanc” en la rue Wayez nº 200, un clásico restaurante donde se puede degustar un estupendo “jambonneau” preparado verdaderamente “à l’ancienne”. Y también al lado de ella, uno de los sitios más interesantes de Bruselas: la Maison d’Erasme y el pequeño “Béguinage” del antiguo pueblo de Anderlecht.

Son los “Béguinages” instituciones de los Países Bajos en donde, desde el siglo XIII, se recluían mujeres solteras o viudas -las “béguines”- que, sin pretender entrar en una institución religiosa, deseaban vivir piadosamente en comunidad dentro de recintos formados por casas, iglesias, dependencias y zonas verdes. Hay muchos en Bélgica. Yo destacaría el de Lovaina la Vieja que es como un pueblo medieval, tranquilo y recoleto, restaurado y destinado ahora a profesores y estudiantes de la Universidad. Tiene sin duda un encanto especial. Sin embargo, este pequeño “béguinage” de Anderlecht es además un museo que reproduce la vida de esas mujeres en aquellos tiempos. Tanto él como la Maison d’Erasme son visitas evocadoras que merecen la pena.

Pero vuelvo nuevamente a mi barrio para hablar otra vez de la avenida de Tervuren que hace un poco como de línea divisoria: al norte de Tervuren más elegante, al sur más popular, incluso los edificios del lado norte de la avenida me parecen más importantes que los del lado sur: los números pares de la calle son muchos de ellos lujosos palacetes -“des hôtels particuliers”- hoy destinados en su mayoría a organismos oficiales. Por ejemplo el nº 64, un edificio italianizante, en donde está situado el Instituto Cervantes. Sorprenden sus loggias rematadas con piedra blanca tallada y sus dos miradores semicirculares en cristal a ambos lados de la fachada. Su interior es de un auténtico palacio, con una espectacular escalera, enormes salones decorados con molduras, grandes chimeneas y bonitas vidrieras. Es además un lugar de encuentro para la colonia de españoles residentes aquí porque, además de los cursos de español, el Instituto Cervantes organiza interesantes actividades culturales: conferencias, exposiciones, proyecciones de películas, etc. y cuenta además con una estupenda biblioteca. Es una suerte tenerlo tan cerca de casa, así que acudo habitualmente tanto a las actividades como a la biblioteca.




Dejo la avenida de Tervuren para adentrarme en l’avenue des Celtes hacia l’avenue de la Chasse, ahora dentro de la comuna de Etterbeek, una de las más grandes de Bruselas y cuyo nombre, significando “río rápido” en neerlandés, aparece ya citado en un documento del siglo XII. Aunque l’avenue des Celtes es la prolongación de la rue des Tongres son calles muy distintas. L’avenue des Celtes sigue siendo de servicios, pero no comercial. Las cafeterías-restaurantes de las dos esquinas en la confluencia de Tervuren y Celtes -“La Terrasse” y “Carpe Diem”- suelen estar bastante concurridas, sobre todo “La Terrasse”. Yo encuentro este último demasiado sombrío como consecuencia de su mala orientación. No me resulta acogedor. Sin embargo tiene una abundante clientela, fundamentalmente de funcionarios europeos vecinos del barrio.




Ya en l'avenue de la Chasse el barrio cambia, aunque sigue manteniendo sus “maisons de maître” bruselenses de principios del siglo XX, muchas de ellas decoradas con bonitos balcones rematados con cierres en hierro forjado. El nombre de esta calle responde al antiguo pabellón de caza que se encontraba no lejos de allí. Porque otra de las características de Bruselas es la enorme cantidad de zonas verdes que tiene en sus alrededores. Todo el sudeste de la ciudad está ocupado por la Forêt de Soignes -pulmón verde de la ciudad-, que encontramos nada más salir del casco urbano. Es una mancha boscosa repleta de hayas en el 80% de su superficie, cuyos colores van cambiando a lo largo de las estaciones. Desde el marrón de las ramas desnudas del invierno hasta los colores rojizo-amarillentos del otoño, pasando por el verde transparente y elegante de las hayas en primavera. Hay incluso una época del año, en primavera, en que el bosque se vuelve azul. Mejor dicho, el suelo, porque se cubre de una especie de campánulas azules formando una llamativa alfombra azulada que se extiende por muchísimas zonas del bosque.







Pero, además, la Forêt de Soignes se adentra en una parte del sur de Bruselas, formando una especie de cuña verde que toma el nombre del Bois de la Cambre. Es el parque más extenso de Bruselas, la mayor parte boscoso, pero con una zona acondicionada, tipo jardín inglés, con estanque, césped y paseos. Y precisamente en esos alrededores del Bois de la Cambre se encuentran algunas de las zonas más elegantes de la ciudad con residencias para gentes adineradas y, al igual que ocurría con los alrededores del parque de Wolluwé, muchos edificios son sedes de distintas embajadas o incluso de algunas fundaciones privadas como la Fundación Boghossian en la antigua Villa Empain de l'avenue Franklin Roosevelt nº 67, un edificio de estilo Art Déco, construido en 1931 por el arquitecto suizo Michel Polak y en donde se puede hacer una estupenda visita guiada para conocer los entresijos de la familia Empain y la filosofía del Art Déco.
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  Últimos comentarios al diario  MI BRUSELAS
Total comentarios 27  Visualizar todos los comentarios

Fabianandres  fabianandres  05/12/2010 14:22   
Gracias por la invitación que me has enviado para leer las dos últimas etapas de tu diario. Dice bien tu hija, diario-homenaje a Bruselas. Casi me da pena que te marches de la ciudad porque dices que aún tenías más cosas de las que hablar sobre ella y seguro que acabarías descubriendo muchas más.
Creo que es uno de los dos ó tres mejores diarios que he leído.

Default https Avatar  pitruma  06/12/2010 21:52   
Tu siempre genial!

Elenare  elenare  06/12/2010 22:19   
Una etapa mas preciosa. Cuando me compre un mapa lo volveré a leer para ubicar todos los sitios que hay tantos y tan interesantes!

Malena88  malena88  24/11/2013 15:13
Comentario sobre la etapa: Paseando por Bruselas-centro
Extraordinario HOMENAJE a una ciudad que se ve que llevas en el corazón. Conocía Bruselas pero consigues describir aspectos que le dan una dimension completamente distinta , muy interesante. Me ha gustado mucho. Enhorabuena por el gran trabajo !!!

Default https Avatar  manolain  22/08/2014 17:24   
Acabo de volver de este viaje, en el que me he apoyado mucho en este diario, que me ha permitido descubrir sitios nuevos, que en mis anteriores viajes quedaron fuera por falta de tiempo y desconocimiento.

Sólo quería dar las gracias a la autora por permitirnos descubrir esos otros rincones que quedan fuera de los típicos circuitos turísticos!!

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Fecha: Lun May 20, 2019 09:36 pm    Título: Re: Viaje a Bélgica - Consejos

Yo si no conoces brujas haría Bruselas, Gante y Brujas, y si sobre la marcha ves que vais bien de tiempo podrías meter algún sitio más

Yo la verdad no dejaría de visitar Gante y Brujas, para mí las dos ciudades más bonitas con mucha diferencia de todo Flandes.
Amberes y Lovaina están bien para visitar, pero yo diría que muy por detrás.
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Fecha: Lun May 20, 2019 10:43 pm    Título: Re: Viaje a Bélgica - Consejos

Hola, yo el día 4 haría Brujas, y el 5 Amberes o Malinas y Lovaina
Saludos
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Fecha: Mar May 21, 2019 10:45 am    Título: Re: Viaje a Bélgica - Consejos

Por aclamación popular parece que debo meter Brujas...jajajaja. Pues no se hable más.

¿y entonces entre Amberes y Malinas/Lovaina u otra día por Bruselas?
Brigantina
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May 09, 2009
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Fecha: Mar May 21, 2019 11:49 am    Título: Re: Viaje a Bélgica - Consejos

Yo eso lo decidiría allí sobre la marcha, en función del cansancio, tiempo, etc.

Yo como te comentaba creo que un solo día para Bruselas se os va a quedar escaso, así que me quedaría en la capital.

Por lo que respecta a las demás ciudades por si finalmente optáis por visitar alguna de ellas, a mi personalmente me gustó más Amberes que Malinas o Lovaina. Pero si queréis una ciudad pequeña para dedicarle solo una mañana o una tarde, me quedaría con Lovaina.

Para mi gusto, Malinas es la que menos merece la pena.

Un saludo.
malik
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Dr. Livingstone
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Sep 15, 2009
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Fecha: Mar May 21, 2019 03:33 pm    Título: Re: Viaje a Bélgica - Consejos

madvic Escribio:
Por aclamación popular parece que debo meter Brujas...jajajaja. Pues no se hable más.

¿y entonces entre Amberes y Malinas/Lovaina u otra día por Bruselas?

Yo hice Amberes y Lovaina en un mismo día,y me gustaron tela.
Malinas no la conozco.
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