En esta etapa, sobran las fotos...
A primera vista puede parecer que el nivel de pobreza que se respira por aquí es el principal inconveniente para poder disfrutar de Granada. Creemos que el hecho de estar trabajando diariamente en un ambiente “pobre” puede afectar negativamente nuestro estado de ánimo y no es así. A pesar del bajo poder adquisitivo de la población, los niños ríen y juegan, la gente sonríe y comparte lo que tiene. La hospitalidad, el saludo, la amabilidad, la disponibilidad de tiempo para hablar un rato, la ausencia de “agobios urbanos”, están presentes en el día a día de Granada y todo ello le da un encanto muy especial que va más allá del encanto turístico. No, desde la visión de un voluntario, la pobreza en si no es el principal problema de esta ciudad pero sí que es una las “culpables” de la cara amarga de Granada.
Uno de los aspectos en el que más énfasis pone La Esperanza cuando llegan nuevos voluntarios es el de no dejarse influenciar emocionalmente por lo que vamos a ver durante nuestra estancia aquí. La tendencia general de todo voluntario es la de “emborracharse” de experiencias con los niños y trasladarse inconscientemente al mundo feliz de “Esta experiencia es imborrable, me va a cambiar la vida, habrá un antes y un después, que increíble es esto”. Esta sensación puede que sea cierta dependiendo de cada voluntario pero no deja de ser una burbuja peligrosa que en muchos casos, te hace olvidar la “otra” realidad y bajar la guardia.
Por aquí los llaman “Huelepegas” y están por todos los rincones de Granada. Son chavales que en su día fueron a la escuela, lo dejaron y ahora andan deambulando por las calles. Se pasan el día con bolsas de cola de carpintero en la nariz excepto cuando van tan chutados que se caen al suelo y se quedan tirados hasta que se les pasa el cebollazo para continuar con el siguiente chute. Durante mis paseos por Granada los pude ver durmiendo en todos los rincones, incluso en las zonas más turísticas de Granada. Son como una señal indicadora de que todavía queda mucho trabajo por hacer y si los ves en un día en el que te has levantado con el pie izquierdo, te entra una mala leche y una impotencia considerables. Gary me explicó que el “Tío Antonio” (un valenciano que lleva una ONG con niños discapacitados en Granada) un día se enteró de un zapatero que les vendía la cola. Fue a verle y le hizo una cara nueva. Con eso no evitó que los huelepegas desaparecieran pero imagino que viviendo aquí, hay momentos en los que es difícil mantener la calma viendo tanta desgracia y tanto hijoputa que se aprovecha de ella.
Durante el día es fácil reconocer a los huelepegas. O bien están durmiendo en cualquier rincón, o se dirigen a ti con los ojos inyectados en sangre y completamente idos. El tema es algo más peligroso durante la noche cuando te cruzas con algún grupillo de 16-18 años. Generalmente te saludan pronunciando frases incomprensibles pero siempre es mejor esquivarlos por si van con malas intenciones.
Esta mañana, Benoit (un voluntario francés que trabaja en la escuela de Salomón de la Selva, la más alejada de Granada) ha tenido un encuentro con tres huelepegas mayorcitos mientras volvía de la escuela a Granada (a la altura de la escuela José de la Cruz Mena) a las dos de la tarde. Los chavales iban armados con palos de madera y le han cosido a golpes robándole la bicicleta. Benoit está bien. Un poco magullado y sin bicicleta pero tan pronto como consiga otra, volverá a la escuela. Pauline lo miraba con cara maternal de preocupación y sentimiento de responsabilidad mientras Benoit decía con rabia contenida “No van a conseguir que deje a los chavales solos”. Un gran tipo.
El asunto de los robos por aquí es una lotería. Cada día, cincuenta voluntarios van y vuelven de las escuelas y de vez en cuando le toca a alguno. Hace unos días, Ignasi pasó a las ocho de la mañana por delante de mi casa, estuvimos hablando un rato y se dirigió a su escuela. A la media hora pasaba por delante de mi casa de nuevo. “¿Ignasi?, ¿Qué pasa?”. “Me han robado”. A Ignasi se le habían aparecido tres chavales a unas seis cuadras de mi casa a plena luz del día. Por suerte sólo llevaba $C 100 y una botella de agua. Siempre que hay algún robo generalmente es por bajar la guardia. Ignasi se metió por una calle desierta que nunca había cogido para ganar tiempo en vez de ir por la calle del mercado, mucho más transitada y donde es más difícil que te roben.
Malas noticias hoy en La Esperanza. Tres voluntarios han sufrido lo que por aquí se denomina un “secuestro express”. Cuando entras a trabajar en La Esperanza te explican las cosas que NUNCA debes hacer para minimizar el riesgo de hurtos o problemas mayores. Una de ellas es no llevar mucho dinero ni documentos encima (pasaporte y tarjeta de crédito NUNCA y dinero en metálico justo para el día). Otra es NUNCA agarrar un taxi cuando estás en la zona de las escuelas, esperar al autobús ya que es más seguro. Bárbara, Mike y Melinda se pasaron ambas normas por el culo y les costó pasar por una experiencia desagradable que nunca olvidarán. Saliendo de las escuelas un taxi paró a su lado y les ofreció un viaje barato hasta Granada. Hay mañanas en las que sales de las clases muy cansado y en lo único que piensas es en llegar a casa para darte una buena ducha y comer. El autobús tarda bastante en llegar y el taxi es una opción mucho más rápida…y arriesgada. Sin pensarlo, se metieron dentro. A pocos metros, el taxi paró y se metieron dos individuos con navajas. A partir de ahí todo fue una secuencia de hechos desagradables. Llegar a un descampado, vaciado de bolsillos y mochilas, tarjetas de crédito a la vista, visita a sucursales bancarias para vaciar las cuentas (a una de las chicas la obligaron a llamar a sus padres a USA para pedirles el PIN de la tarjeta), para finalizar con un asqueroso manoseo a las dos chicas del grupo que por suerte sólo quedó en manoseo infantil y no tuvo un final peor. La desagradable experiencia duró varias horas y nadie sufrió ningún daño físico.
Pauline citó a todos los voluntarios a una reunión urgente esa misma tarde. Con la sonrisa de siempre pero con un tono más duro que de costumbre nos exhortó a no bajar la guardia y a movernos por Granada con sentido común para evitar más situaciones de este tipo. A lo largo de los ocho años de vida de La Esperanza, éste era el tercer “secuestro express” que sufrían los voluntarios.
Esta es la “otra” Granada que a nadie le apetece encontrarse. Algunos voluntarios estaban un poco abatidos ante el panorama de robos y secuestros. “Joder, vienes aquí a ayudar a los niños sin cobrar un duro y mira lo que recibes a cambio”. Más adelante, a solas y frente a una copa de vino, Pauline me hizo una interesante reflexión en relación a este tema. “No esperes agradecimiento de nadie por aquí, el nica no es así. Simplemente intenta disfrutar de tu trabajo como voluntario y ya está. De hecho, La Esperanza trabaja para que llegue el día en el que ningún niño abandone la escuela. Será entonces cuando la figura del “huelepegas” quizás pase a la historia”. Buenas noches.
Uno de los aspectos en el que más énfasis pone La Esperanza cuando llegan nuevos voluntarios es el de no dejarse influenciar emocionalmente por lo que vamos a ver durante nuestra estancia aquí. La tendencia general de todo voluntario es la de “emborracharse” de experiencias con los niños y trasladarse inconscientemente al mundo feliz de “Esta experiencia es imborrable, me va a cambiar la vida, habrá un antes y un después, que increíble es esto”. Esta sensación puede que sea cierta dependiendo de cada voluntario pero no deja de ser una burbuja peligrosa que en muchos casos, te hace olvidar la “otra” realidad y bajar la guardia.
Por aquí los llaman “Huelepegas” y están por todos los rincones de Granada. Son chavales que en su día fueron a la escuela, lo dejaron y ahora andan deambulando por las calles. Se pasan el día con bolsas de cola de carpintero en la nariz excepto cuando van tan chutados que se caen al suelo y se quedan tirados hasta que se les pasa el cebollazo para continuar con el siguiente chute. Durante mis paseos por Granada los pude ver durmiendo en todos los rincones, incluso en las zonas más turísticas de Granada. Son como una señal indicadora de que todavía queda mucho trabajo por hacer y si los ves en un día en el que te has levantado con el pie izquierdo, te entra una mala leche y una impotencia considerables. Gary me explicó que el “Tío Antonio” (un valenciano que lleva una ONG con niños discapacitados en Granada) un día se enteró de un zapatero que les vendía la cola. Fue a verle y le hizo una cara nueva. Con eso no evitó que los huelepegas desaparecieran pero imagino que viviendo aquí, hay momentos en los que es difícil mantener la calma viendo tanta desgracia y tanto hijoputa que se aprovecha de ella.
Durante el día es fácil reconocer a los huelepegas. O bien están durmiendo en cualquier rincón, o se dirigen a ti con los ojos inyectados en sangre y completamente idos. El tema es algo más peligroso durante la noche cuando te cruzas con algún grupillo de 16-18 años. Generalmente te saludan pronunciando frases incomprensibles pero siempre es mejor esquivarlos por si van con malas intenciones.
Esta mañana, Benoit (un voluntario francés que trabaja en la escuela de Salomón de la Selva, la más alejada de Granada) ha tenido un encuentro con tres huelepegas mayorcitos mientras volvía de la escuela a Granada (a la altura de la escuela José de la Cruz Mena) a las dos de la tarde. Los chavales iban armados con palos de madera y le han cosido a golpes robándole la bicicleta. Benoit está bien. Un poco magullado y sin bicicleta pero tan pronto como consiga otra, volverá a la escuela. Pauline lo miraba con cara maternal de preocupación y sentimiento de responsabilidad mientras Benoit decía con rabia contenida “No van a conseguir que deje a los chavales solos”. Un gran tipo.
El asunto de los robos por aquí es una lotería. Cada día, cincuenta voluntarios van y vuelven de las escuelas y de vez en cuando le toca a alguno. Hace unos días, Ignasi pasó a las ocho de la mañana por delante de mi casa, estuvimos hablando un rato y se dirigió a su escuela. A la media hora pasaba por delante de mi casa de nuevo. “¿Ignasi?, ¿Qué pasa?”. “Me han robado”. A Ignasi se le habían aparecido tres chavales a unas seis cuadras de mi casa a plena luz del día. Por suerte sólo llevaba $C 100 y una botella de agua. Siempre que hay algún robo generalmente es por bajar la guardia. Ignasi se metió por una calle desierta que nunca había cogido para ganar tiempo en vez de ir por la calle del mercado, mucho más transitada y donde es más difícil que te roben.
Malas noticias hoy en La Esperanza. Tres voluntarios han sufrido lo que por aquí se denomina un “secuestro express”. Cuando entras a trabajar en La Esperanza te explican las cosas que NUNCA debes hacer para minimizar el riesgo de hurtos o problemas mayores. Una de ellas es no llevar mucho dinero ni documentos encima (pasaporte y tarjeta de crédito NUNCA y dinero en metálico justo para el día). Otra es NUNCA agarrar un taxi cuando estás en la zona de las escuelas, esperar al autobús ya que es más seguro. Bárbara, Mike y Melinda se pasaron ambas normas por el culo y les costó pasar por una experiencia desagradable que nunca olvidarán. Saliendo de las escuelas un taxi paró a su lado y les ofreció un viaje barato hasta Granada. Hay mañanas en las que sales de las clases muy cansado y en lo único que piensas es en llegar a casa para darte una buena ducha y comer. El autobús tarda bastante en llegar y el taxi es una opción mucho más rápida…y arriesgada. Sin pensarlo, se metieron dentro. A pocos metros, el taxi paró y se metieron dos individuos con navajas. A partir de ahí todo fue una secuencia de hechos desagradables. Llegar a un descampado, vaciado de bolsillos y mochilas, tarjetas de crédito a la vista, visita a sucursales bancarias para vaciar las cuentas (a una de las chicas la obligaron a llamar a sus padres a USA para pedirles el PIN de la tarjeta), para finalizar con un asqueroso manoseo a las dos chicas del grupo que por suerte sólo quedó en manoseo infantil y no tuvo un final peor. La desagradable experiencia duró varias horas y nadie sufrió ningún daño físico.
Pauline citó a todos los voluntarios a una reunión urgente esa misma tarde. Con la sonrisa de siempre pero con un tono más duro que de costumbre nos exhortó a no bajar la guardia y a movernos por Granada con sentido común para evitar más situaciones de este tipo. A lo largo de los ocho años de vida de La Esperanza, éste era el tercer “secuestro express” que sufrían los voluntarios.
Esta es la “otra” Granada que a nadie le apetece encontrarse. Algunos voluntarios estaban un poco abatidos ante el panorama de robos y secuestros. “Joder, vienes aquí a ayudar a los niños sin cobrar un duro y mira lo que recibes a cambio”. Más adelante, a solas y frente a una copa de vino, Pauline me hizo una interesante reflexión en relación a este tema. “No esperes agradecimiento de nadie por aquí, el nica no es así. Simplemente intenta disfrutar de tu trabajo como voluntario y ya está. De hecho, La Esperanza trabaja para que llegue el día en el que ningún niño abandone la escuela. Será entonces cuando la figura del “huelepegas” quizás pase a la historia”. Buenas noches.