La vuelta de Ometepe está siendo un poco complicada. Vuelvo con la cabeza llena de grandes momentos y a la vez, encuentro a faltar a Nayeli. Por desgracia el balance global es negativo y me jode. Me jode porque sé que es absurdo aunque la sensación sea real. Los días en Ometepe han sido increíbles (aunque me traigo un “recuerdo” molesto, mi rodilla derecha se empieza a quejar después de tantos kilómetros inolvidables sobre la “Jieling”…y eso duele). Pero el recuerdo de Nayeli, de aquellas conversaciones tan viscerales, de aquellos momentos tan intensos, de aquel tira y afloja tan atractivo y doloroso, de aquella manera de ver y disfrutar del sexo tan natural, me tiene completamente jodido y sin capacidad de recordar la preciosa historia de Ometepe y de Nayeli, y eso me jode. Incapaz de poder disfrutar del recuerdo de los momentos pasados andaba por La Calzada sin rumbo fijo, preguntándome como cojones podia salir de este estado de enajenación mental. “Nayeli se había ido, punto. No lo pillas?, Espabila o estás jodido, es lo que hay”, Mi cabeza parecía seguir otras directrices que no tenían nada que ver con estas ideas tan simples y eso me fastidiaba sobremanera.
A Pauline, la directora de La Esperanza de Granada, le gusta el Sauvignon Blanc (chileno. Si buscas vino blanco, por aquí es lo único que hay además del Chardonnay, chileno también). Todas las tardes, tras cerrar la oficina, Pauline aparece por O’Sheas (una especie de pub irlandés en La Calzada que no tiene nada que ver con lo que entendemos por aquí como pub irlandés). Pasé por O’Sheas como tantas otras veces pero esta vez me paré. “Hi, may I join you?”. Pauline me miraba con su sonrisa habitual mientras movía una silla para que me sentara. “Yes!”.
Pauline no gozaba de la simpatía de muchos voluntarios. Su pose distante y fría en la oficina no era muy agradable y lo cierto es que a primera vista, yo tuve la misma sensación. Con Pauline, lo único que había que hacer para comprobar que eso no era más que una actitud fruto de las circunstancias, era pararse junto a su mesa y sentarse frente a ella. Sólo entonces se rompía esa falsa y aparente barrera de frialdad.
El trabajo necesario para poder plasmar la sonrisa de un niño en una foto que todos los voluntarios deseamos es verdaderamente complejo. La labor de los voluntarios, donando su tiempo sin remuneración alguna, puede llegar a dar una falsa imagen de cuento de hadas al proyecto de La Esperanza, pero como en todas partes, sin dinero se consigue bien poco. Pauline sabía mucho de eso y tenía los ovarios pelaos de pelear en la “cara oculta” de La Esperanza. La cara ingrata de la puta pasta, la cara que nadie ve cuando se hace su foto al lado de la sonrisa de un niño. Cara ingrata, necesaria y suficiente para que todo siga su curso.
La Esperanza depende por completo de las donaciones de particulares. Una parte viene de los propios voluntarios que además de su tiempo personal, aportan pequeñas cantidades. El grueso de las donaciones viene en muchas ocasiones de familiares de voluntarios. En algunos casos personas adineradas que a cambio de significativas cantidades de dinero reciben un tour guiado por las escuelas acompañado por unas cuantas fotos (imprescindible que haya niños), mientras se alojan en los pocos hoteles de lujo que hay en Granada, para luego volver a sus países con la necesidad de enseñar las fotos a sus amigos/conocidos y poder colgarse la medalla de solidarios (aunque no lo expresen de forma significativa porque “no queda bien”, las fotos ya lo dicen “todo”). Detrás de mi copa de Sauvignon escuchaba a Pauline y pude ver lo que esos tours significaban para ella. Algo tan inevitable como necesario.
A Pauline se le iluminaban los ojos cuando hablaba de los voluntarios. Todavía recuerdo su cara cuando Benoit, tras apalearlo y robarle su bicicleta, proclamaba exultante que nadie iba a impedir que no fuera a la escuela de Salomón de la Selva. Minutos antes Pauline me había dicho que le pediría a Benoit que no volviera a esa escuela pero en ese momento callaba mientras lo miraba con cara de “Estoy jodida por lo que te ha pasado y por lo que te pueda pasar en el futuro pero no voy a frenar tu decisión”. A Pauline poco le importaba que algunos días los voluntarios fueran a las escuelas con una resaca de cojones fruto de la fiesta de la noche anterior, o que vistieran de cualquier manera o no se hubieran duchado esa mañana y pegaran un cante de cuidado. “Todos los voluntarios llegan aquí con ganas de solventar los problemas de los niños y eso es lo que importa. Lo que ocurre muchas veces es que traen consigo sus propios problemas pero eso es cosa suya, mi trabajo consiste en que eso no interfiera en el objetivo de todos, ayudar a los niños”. Pauline no es persona de apariencias, no. Imagino que cuando decides aceptar un reto personal como el que ella ha elegido, lo primero que has de hacer es enviar a las apariencias a tomar polculo porqué por aquí no hay apariencias sino realidades. Pauline tenía un lema que repetía constantemente como queriendo integrarlo de verdad, “Lo difícil se hace, lo imposible se intenta, todo lo demás no dejan de ser excusas”.
Recuerdo una tarde en la que me sentía un poco decepcionado por la falta de agradecimiento de los alumnos y profesores tras varios días especialmente duros en las escuelas. Pauline me miraba con esa sonrisa maternal que ponía siempre que alguien le explicaba algo que ya conocía. “No esperes agradecimiento del pueblo nica tal y como nosotros entendemos la forma de expresar el agradecimiento. Intenta disfrutar de lo que haces aquí, intenta sacar la fuerza de ello, y observa, no dejes de observar, verás que te lo agradecen. Si esperas agradecimiento tal y como nosotros lo esperamos no aguantaras mucho tiempo aquí. Disfruta con lo que haces y si ves agradecimiento, considéralo como una paga extra”. Una auténtica lección viniendo de un mundo donde muchas veces se hacen cosas esperando algo a cambio por parte de los demás, aunque cueste reconocerlo.
Iba a pedir la tercera copa de Sauvignon pero no me pareció buena idea. Entre la cabeza en modo centrifugado por la marcha de Nayeli, el Sauvignon fresquito y la conversación con Pauline, andaba algo descolocado y decidí tirarme a la piscina del Hotel Granada. “Gracias, Pauline. Hasta mañana”, “Gracias a ti por acompañarme”.
Ya era de noche y la piscina del Hotel Granada estaba desierta y con las luces encendidas, todo en calma. Me dejé caer suavemente y me pareció sentir una caricia de Nayeli mientras me sumergía. Buenas noches.
A Pauline, la directora de La Esperanza de Granada, le gusta el Sauvignon Blanc (chileno. Si buscas vino blanco, por aquí es lo único que hay además del Chardonnay, chileno también). Todas las tardes, tras cerrar la oficina, Pauline aparece por O’Sheas (una especie de pub irlandés en La Calzada que no tiene nada que ver con lo que entendemos por aquí como pub irlandés). Pasé por O’Sheas como tantas otras veces pero esta vez me paré. “Hi, may I join you?”. Pauline me miraba con su sonrisa habitual mientras movía una silla para que me sentara. “Yes!”.
Pauline no gozaba de la simpatía de muchos voluntarios. Su pose distante y fría en la oficina no era muy agradable y lo cierto es que a primera vista, yo tuve la misma sensación. Con Pauline, lo único que había que hacer para comprobar que eso no era más que una actitud fruto de las circunstancias, era pararse junto a su mesa y sentarse frente a ella. Sólo entonces se rompía esa falsa y aparente barrera de frialdad.
El trabajo necesario para poder plasmar la sonrisa de un niño en una foto que todos los voluntarios deseamos es verdaderamente complejo. La labor de los voluntarios, donando su tiempo sin remuneración alguna, puede llegar a dar una falsa imagen de cuento de hadas al proyecto de La Esperanza, pero como en todas partes, sin dinero se consigue bien poco. Pauline sabía mucho de eso y tenía los ovarios pelaos de pelear en la “cara oculta” de La Esperanza. La cara ingrata de la puta pasta, la cara que nadie ve cuando se hace su foto al lado de la sonrisa de un niño. Cara ingrata, necesaria y suficiente para que todo siga su curso.
La Esperanza depende por completo de las donaciones de particulares. Una parte viene de los propios voluntarios que además de su tiempo personal, aportan pequeñas cantidades. El grueso de las donaciones viene en muchas ocasiones de familiares de voluntarios. En algunos casos personas adineradas que a cambio de significativas cantidades de dinero reciben un tour guiado por las escuelas acompañado por unas cuantas fotos (imprescindible que haya niños), mientras se alojan en los pocos hoteles de lujo que hay en Granada, para luego volver a sus países con la necesidad de enseñar las fotos a sus amigos/conocidos y poder colgarse la medalla de solidarios (aunque no lo expresen de forma significativa porque “no queda bien”, las fotos ya lo dicen “todo”). Detrás de mi copa de Sauvignon escuchaba a Pauline y pude ver lo que esos tours significaban para ella. Algo tan inevitable como necesario.
A Pauline se le iluminaban los ojos cuando hablaba de los voluntarios. Todavía recuerdo su cara cuando Benoit, tras apalearlo y robarle su bicicleta, proclamaba exultante que nadie iba a impedir que no fuera a la escuela de Salomón de la Selva. Minutos antes Pauline me había dicho que le pediría a Benoit que no volviera a esa escuela pero en ese momento callaba mientras lo miraba con cara de “Estoy jodida por lo que te ha pasado y por lo que te pueda pasar en el futuro pero no voy a frenar tu decisión”. A Pauline poco le importaba que algunos días los voluntarios fueran a las escuelas con una resaca de cojones fruto de la fiesta de la noche anterior, o que vistieran de cualquier manera o no se hubieran duchado esa mañana y pegaran un cante de cuidado. “Todos los voluntarios llegan aquí con ganas de solventar los problemas de los niños y eso es lo que importa. Lo que ocurre muchas veces es que traen consigo sus propios problemas pero eso es cosa suya, mi trabajo consiste en que eso no interfiera en el objetivo de todos, ayudar a los niños”. Pauline no es persona de apariencias, no. Imagino que cuando decides aceptar un reto personal como el que ella ha elegido, lo primero que has de hacer es enviar a las apariencias a tomar polculo porqué por aquí no hay apariencias sino realidades. Pauline tenía un lema que repetía constantemente como queriendo integrarlo de verdad, “Lo difícil se hace, lo imposible se intenta, todo lo demás no dejan de ser excusas”.
Recuerdo una tarde en la que me sentía un poco decepcionado por la falta de agradecimiento de los alumnos y profesores tras varios días especialmente duros en las escuelas. Pauline me miraba con esa sonrisa maternal que ponía siempre que alguien le explicaba algo que ya conocía. “No esperes agradecimiento del pueblo nica tal y como nosotros entendemos la forma de expresar el agradecimiento. Intenta disfrutar de lo que haces aquí, intenta sacar la fuerza de ello, y observa, no dejes de observar, verás que te lo agradecen. Si esperas agradecimiento tal y como nosotros lo esperamos no aguantaras mucho tiempo aquí. Disfruta con lo que haces y si ves agradecimiento, considéralo como una paga extra”. Una auténtica lección viniendo de un mundo donde muchas veces se hacen cosas esperando algo a cambio por parte de los demás, aunque cueste reconocerlo.
Iba a pedir la tercera copa de Sauvignon pero no me pareció buena idea. Entre la cabeza en modo centrifugado por la marcha de Nayeli, el Sauvignon fresquito y la conversación con Pauline, andaba algo descolocado y decidí tirarme a la piscina del Hotel Granada. “Gracias, Pauline. Hasta mañana”, “Gracias a ti por acompañarme”.
Ya era de noche y la piscina del Hotel Granada estaba desierta y con las luces encendidas, todo en calma. Me dejé caer suavemente y me pareció sentir una caricia de Nayeli mientras me sumergía. Buenas noches.