SAN PETERSBURGO
Nos despertamos a las 7.30 en el Flecha Roja después de pasar toda la noche en uno de los trenes más emblemáticos de la época de los zares. Compartimos camarote con dos rusos. Uno de ellos muy simpático con el que hablamos hasta las dos de la mañana sobre como es Rusia y los rusos. A las 8.00 que llegamos a la estación de San Petersburgo el hombre quería guiarnos al hotel pero decidimos ir andando por toda la avenida Nevsky Prospect, la cual nos parecía a simple vista pequeña. Craso error.
Casi nos hizo falta una hora para llegar al hotel, primero porque la avenida era larguísima, y segundo, porque la puertecilla del hotel estaba escondida. Nevsky Inn, que así se llamaba nos resultó de lo más singular. Un segundo piso de un edificio en reformas, pero al llegar entrar ya nos esperaba Olga, la dueña del hotel, que para nuestra suerte sabía inglés o por lo menos, se defendía. Después de asentarnos y darnos una duchita fresquita, que falta nos hacía, ya que en Rusia sí hace calor, salimos a conocer la mejor ciudad del mundo mundial. En un minuto nos pusimos en el Palacio de Invierno, pero nuestro objetivo no era visitarlo en primer lugar sino coger detrás del Palacio un barco con rumbo a otro palacio, el Palacio de Peterhof. El precio de la ida nos costó 900 rublos (los dos) y si conservábamos el billete la vuelta nos costaría menos. El tránsito hacia el Palacio nos llevó por diversos canales del río Neva, río que divide a la ciudad en varias islas unidas por sus puentes. Y de repente apareció, el Palacio de Peterhof. Atracamos en el muelle donde estaban las taquillas para comprar los billetes sólo a los jardines inferiores que nos costaron 200 rublos con carnet de estudiante a cada uno. Caminando por los bordes de un pequeño río llegamos al Palacio. El sol hacía que reluciese todo el pan de oro que bañaba fuentes, ventanas, puentes y cornisas. Escogimos un día espléndido para la visita. El lugar es inmenso y nos haría falta más de un día para verlo todo con calma, así que escogimos los sitios en el plano que nos interesaron más. Pasamos la mayor parte del tiempo en la fuente y fachada principal, que es sin duda lo más espectacular. No llegamos a entrar al Palacio, ya que había que pagar otra entrada a parte y Olga, la casera no nos lo recomendó. Pasamos un total de 6 horas visitando los jardines por lo que comimos también allí. Entre los jardines hay restaurantes algunos con la carta en inglés y otros no, aunque ninguno de ellos era muy asequible al bolsillo por lo que decidimos comer unos perritos calientes de los puestecillos y nos tumbamos en la hierba. Justo donde estábamos hubo tres sesiones a las horas en punto donde en uno de los caminos, de repente salían unos chorros del suelo que mojaban a todo el mundo. La gente salía empapada de arriba abajo y con el calor que hacía se agradecía mucho. La última sesión es a las 3.00, justo a la que asistimos y yo aproveché para meterme en una enorme fuente con forma de seta. De camino a la salida nos encontramos con un teatro donde se estaba interpretando una ópera y luego aparecimos en una pequeña playa al lado del muelle donde se cogían los barcos, así que para que no se diga me descalcé y mojé los pies en el Báltico, con cuidado porque los policías no dejaban a nadie meterse en el agua. La vuelta en barco nos costó 500 rublos a los dos, unos 10 euros que nos ahorramos con respeto a la ida. A las 5 de la tarde estábamos de vuelta en el hotel donde descansamos hasta las 7.00 que salimos a pasear por el Palacio de Invierno y sus inmediaciones. Entramos por el famoso arco de Alejandro con la desgracia de que parte de él estaba en obras. Puede que la Plaza Roja sea inmensa pero la Plaza que ahora teníamos ante nuestros ojos, con el gran Palacio no tiene comparación. Hasta el momento, lo más bonito de Rusia. Nos encontrábamos inmersos en la película de Anastasia sin duda alguna. Luego dimos un paseo por la Calle de los Millonarios, calle que une el Palacio de Invierno con el Palacio de Verano, y al finalizar paramos a cenar en un restaurante próximo a la Catedral del Cristo de la Sangre Derramada. Pedimos comida típica rusa; pollo a la Kiev y carne Stroganov aunque esta última no nos llegó a gustar. Al finalizar nos dimos un pequeño gusto en el Baskin & Robbins y nos tomamos un helado. Con el cansancio y unas gotas de lluvia llegamos al hotel y termina nuestro primer día en San Petesburgo.
Madrugamos levantándonos a las 8.30 para desayunar y aprovechar bien el día. No dormimos muy bien a causa de los mosquitos, el calor, el ruido (ya que en frente del hotel están construyendo una parada de metro y trabajan las 24 horas del día) y que en San Petersburgo es difícil en esta época del año encontrar oscuridad. Aún así descansamos mejor que en el tren.
Hoy nuestro día ha sido de lo más aventurero. Pretendíamos llegar a Tsarkoie Selò y llegamos. Primero cogimos el metro (25 rublos) en Nevsky Prospeckt. Un trasbordo y nos metimos en Pushkinskaya, allí estaba la estación de tren Vitebsky y para comprar el billete… en ninguna taquilla nos sabían indicar porque nadie hablaba inglés. Al final encontramos la taquilla especial en el andén número 3 de la estación. Nos costó 75 rublos ida y vuelta es decir, un chollo. Con el ticket en mano pasamos por una ruleta estilo la del metro a unos nuevos andenes que no tenían el destino señalado. Por la hora que era faltaba un minuto para la salida de nuestro tren no sabíamos cual de los tres trenes disponibles era en nuestro. Preguntamos a un policía cual llevaba a Pushkin, nombre del pueblo donde está nuestro Palacio, y el policía con cara de pocos amigos y de no entendernos mucho nos señaló el número 1. Sin pensarlo nos subimos. El tren cerró las puertas a nuestro paso y emprendió camino. Allí nos encontramos con una imagen no muy reconfortante; el tren estaba lleno de campesinos y no había ni un turista y por si fuera poco el tren era tercermundista!! Preguntamos a varias personas por Pushkin pero claramente no nos entendían. Gracias a Dios dimos con una señora que por lo que le entendimos mediante señas nos indicaría la parada que necesitamos. Por desgracia no recuerdo el nombre de la parada pero dio con ella. Durante el trayecto, que duraría una media hora comenzó a llover con mucha intensidad y como fuimos precavidos de llevar chubasquero esa parte estaba más o menos solucionada. Nos bajamos en la parada y salimos de la estación. Llovía bastante y no sabíamos donde nos encontrábamos. Finalmente unos microbuses bastante viejos que llevaban unos carteles con el nombre de Palacio de Catalina o Tsarkoie Seló nos indicaban que íbamos por el buen camino. Lo malo, que costaban 300 rublos, algo que nos parecía excesivo. Así que, aunque llovía a cántaros optamos por ir andando. Y ahí se nos presentó otra duda, ¿¿donde quedaba en Palacio?? Los microbuses eran como una docena que iba y venía continuamente así que decidimos seguirlos y cuando perdíamos a alguno de vista simplemente preguntábamos a cualquiera que nos quisiera ayudar, y tras media hora caminando bajo la lluvia dimos con él. Tsarkoie Selò, el gran y hermoso palacio azul cubierto de pan de oro. Pagamos 50 rublos por entrar a los jardines y nada más entrar y viendo los horarios decidimos ponernos a la cola para entrar al Palacio. Eran las 12.00 y el horario de entrada era de 12.00 a 14.00 así que, aunque seguía lloviendo pero menos nos pusimos en la enoooorme hilera a esperar. Cada 15 minutos entraba un pequeño grupo de gente y nos imaginábamos que tardaríamos en entrar. Y acertamos. Mientras esperábamos vimos como un par de chicos aprovechaban para vender a la gente que estaba en la cola chubasqueros y paraguas, al cabo de una hora dejó de llover y comenzó a salir el sol y volvieron vendiendo abanicos!! Después de permanecer una hora y media a la cola pasamos al interior. Dentro están las taquillas donde compramos las entradas por 160 rublos cada uno. Nos enfundamos en unos calcetines de plástico para cubrirnos los zapatos y entramos. Casi todas las visitas eran en grupos guiados pero ninguna en español. Las salas tiene un recorrido guiado. Subimos unas enormes escaleras blancas que nos llevaron al comedor y de ahí al gran salón. Éste es inmenso y está lleno de luz gracias a sus amplios ventanales que dan tanto a la fachada principal como a la de atrás. Tengo que mencionar que la entrada al palacio es por la trasera, dato que nos resultó desconcertante porque ambas fachadas son impresionantes. Después de visitar el magnífico salón bañado en pan de oro nos dirigimos a distintas salas y en medio de ellas nos encontramos con el salón de ámbar, considerada la octava maravilla del mundo. Una sala repleta de ámbar por todas partes. Es sin duda algo muy impactante y el único lugar de Palacio donde está prohibido sacar fotografías. Al acabar la visita, puesto que ya eran las 2.00 y hasta las 4.00 no entraban más grupos decidimos hacer otra segunda visita al palacio y pudimos presenciar el gran salón vacío. Un privilegio que muy pocas personas han tenido puesto que siempre está repleto de turistas. La visita al interior del palacio termina con una exposición de fotografías de cómo quedó destruido el palacio tras la llegada de los alemanes. Hoy en día siguen con la reconstrucción y sólo está visible al público mitad de este gran palacio, residencia de verano de los zares y última residencia de los Romanov antes de su huida a Siberia donde fueron asesinados. Al finalizar la visita al interior de Palacio dimos un rápido recorrido por los inmensos jardines. Vimos la fuente de la lechera, la única fuente de todo el palacio natural, la isla de los niños, el puente de mármol, el pequeño pueblo chino y acabamos enfrente al palacio, una vista espectacular. Durante nuestra visita nos encontramos un sinfín de parejas recién casadas haciéndose fotos en los jardines, y la verdad es que el lugar era espectacular, maravilloso, y además lució el sol.
Tenemos la teoría de que en Rusia, a lo largo del día tiene que llover, y que es una lotería la hora a la que toca porque todos los día que hemos estado en Rusia lució en sol, salvo en un pequeño momento del día en el que tuvo que llover, a veces toca a las 10 de la mañana, otras a las 12, otras a la 7, etcétera.
Sobre las 4.30/5.00 salimos de los jardines dirección a la estación de tren y paramos a comer por el camino. Encontramos una especie de MacDonals ruso y allí comimos. A las 5.30 nos fuimos a la estación y a las 6.20 salió nuestro viejo tren repleto de gente. Esta vez sabíamos donde pararnos, en la última parada que era la estación Vitebsky. Vuelta a coger el metro y al hotel. Eran las 7.30 cuando ambos, a causa del cansancio, caímos rendidos en la cama del hotel. Nos despertamos pasadas las 10 de la noche y fue cerca de las 11 cuando salimos a investigar a que hora y donde podíamos ver los puentes abiertos. A las 11.55 acabamos cogiendo un barco detrás del Hermitage porque su propaganda ofrecía una foto con uno de los puentes abiertos. Nos costó 700 rublos a cada uno, algo caro la verdad, pero mereció la pena. Dos horas y media de paseo por el río Neva y con música en directo. Vimos abrirese tres de los puentes, precioso la verdad. A las 2.30 atracamos y nos fuimos al hotel pasando por la plaza de Hermitage pasa verlo por la noche. Fue muy curioso ver como a las 12 de la noche precisamente no era de noche.
Los lunes se caracterizan en Rusia por tener todos los museos y palacios cerrados. Suerte que la Fortaleza cierra los martes así que nos dedicamos a recorrer las calles de San Petersburgo finalizando en la Fortaleza de Pedro y Pablo.
A las 11,30 luce un espléndido sol y salimos la aventura. Primera parada; el Almirantazgo, equivale a la Casa de Indias que había en Sevilla. Desde ahí se controlaba todo barco que entraba y salía en la ciudad. A su lado en la plaza nos encontramos al Jinete de Bronce, desde donde divisamos la Catedral de San Isaac, catedral reconocida por su interior construido con infinidad de mármoles y piedras preciosas, con un coste 7 veces mayor al Palacio de Invierno. La entrada a la Catedral nos costó 150 rublos. Otros 150 costaba subir al tejado pero no lo hicimos. Al salir seguimos el curso del río hasta llegar a la Iglesia de San Nicolás. Pasamos antes por el teatro donde asesinaron a Rasputín y por media docena de puentes, la mayoría llenos de candados que dejan los enamorados. La entrada a la Iglesia de San Nicolás en gratuita y como no, nos encontramos con una boda ortodoxa. Se nos hizo la hora de comer y caminando dimos con un mexicano muy divertido donde nos pusimos sus típicos sombreros mexicanos y bailamos el aserejé. Después localizamos una boca de metro y nos dirigimos a la Fortaleza de Pedro y Pablo. La entrada a la fortaleza en gratuita pero dentro de ella hay diversos edificios que requieren entrada. Puedes comprarlas por separado o combinarlas como quieras. Nosotros escogimos la Catedral y la prisión. Nos costó 150 rublos. La Catedral es una auténtica maravilla, dentro están todos los zares de Rusia enterrados, desde Pedro I el grande hasta la familia Romanov con sus criados ocupando una sala especial. Esta Catedral posee en el lado del campanario una enorme aguja y en la ciudad no se puede construir edificio que la supere, algo que sin duda tiene gran valor puesto que ahí descansan los restos de la realeza rusa. Después de las visitas accedimos a subir al tejado de a fortaleza por 100 rublos para contemplar la vista. No merece mucho la pena puesto que desde su playa de ve lo mismo. El paisaje viendo la otra orilla con el palacio de invierno y la catedral de San Isaac es espectacular. Antes de dar concluido el día y justo antes de que empezara a llover puesto que ya tocaba, nos acercamos al Aurora sin llegar a entrar (no merece la pena) y de ahí otra vez al metro a nuestra para Nevsky Prospeckt. Al caminar hacia el hotel paramos en el puente que se encuentra al lado mismo de la Catedral de Kazán, uno de los puentes más fotografiados de la ciudad, famoso por sus 4 petroglifos y con una hermosa vista a la catedral del Cristo de la Sangre Derramada.
4º día (martes)
Madrugón para pasar 1 hora de cola en el Hermitage. Es inmensísimo y según dicen, si le dedicas un minuto a cada objeto tardarías 11 años en verlo todo. Aún así pasamos por todas las salas en 4 horas. Con carnet de estudiante es gratuito!! Me quedo con sus interiores palaciegos y con su majestuosa escalera y sus infinitos salones. La decoración, los techos, el pan de oro… nada tiene que envidiar a las miles de obras de arte que se exponen allí. Después de comer en una hamburguesería al lado de la catedral de Kazán proseguimos aventura para visitar la Catedral del Cristo Salvador de la Sangre Derramada. Nos costó 150 rublos y sin duda ha sido el mejor punto y final para despedirnos de esta ciudad. Esta Catedral es un icono en lo que al arte del mosaico se refiere. Luego nos tomamos un batido en el Baskin & Robins y nos fuimos a echar una siesta al Campo de Marte. Recogimos nuestras maletas en el hotel y camino a la estación de tren paramos a cenar pollo a la Kiev. Ha sido una pena despedirse de esta hermosa ciudad a la que esperamos regresar algún día...

para más info... sudestecuartaalsur.wordpress.com