Llegamos a Venecia a las 15 de la tarde, a la estación de trenes de Santa Lucía. De allí, nos fuimos andando a nuestro hotel, de nuevo el Bernardi Semenzato, eso sí, esta vez teníamos una habitación diferente, por un precio algo superior (78 euros), pero completamente nueva y en otro edificio, y con baño propio). La habitación, decorada al estilo veneciano, era una preciosidad. Tras hacer de nuevo el check-in, dejamos las maletas y nos fuimos a comer, que estábamos muertas de hambre. Como nos gustó tanto la pizza que comimos en nuestro primer día en Venecia, en pizzería D’Angelo, fuimos de nuevo, eso sí, no sin antes darnos un pedazo de vueltón por Venecia impresionanteeeeeeee...jejeje...y es que nos perdimos en toda regla y aparecimos en el barrio de Castello. No pasa nada, aprovechamos para ver la iglesia de San Giovanni e Paolo.
Después de comer y tomar el heladito de rigor para hacer la digestión en condiciones, nos fuimos a comprar los regalitos. Los mejores precios los encontré en la calle Strada Nuova. Es una calle ancha que va a parar a la estación de trenes de Santa Lucía. Compramos juegos de pendientes y colgantes de cristal de Burano para las féminas, y camisetas de Italia para los caballeros. En esta calle, aproveché para echar una de mis últimas fotos en Venecia:

En Venecia, cada edificio, cada canal, es un monumento en sí:



Coincidió nuestra estancia con el festival de jazz. Cruzando el puente de Rialto, donde están todos los mercadillos, hay una plaza que me ha parecido la más vieja de toda Venecia. Antes de entrar en ella, nos tomamos una poquita de fruta..mmm...qué rica:

Nos adentramos en ella tras escuchar música. Había varios baretos con cantidad de venecianos tomando el famoso Sprintz (no puedo beber por mi estado de buena esperanza, pero probé un poquito del de mi madre y a mí eso, sinceramente, ni fu ni fa. Nos preguntaron si amargo o dulce, y mi madre se cogió el amargo, pero como he dicho, a mí no me dijo absolutamente nada. A veces es más el bombo que se le da que otra cosa). Nos sentamos a la orilla del Gran Canal, escuchando al grupo que estaba ofreciendo un concierto de jazz....qué maravilla...el color rosado del cielo, sentada en el apeadero del Gran Canal y escuchando jazz...¿se podía ser más feliz en ese momento?. El sol se fue, escuchando jazz, y con él, nuestra estancia en Venecia, y en Italia.
Ciao!
