A la tarde siguiente el hermano de Nandu nos lleva en su cochecito hasta Winter Lata: una docena de casas en la carretera camino de la frontera con Tibet. De allí un hora y media de subida hasta Summer Lata, en rigor sus pobladores pasan la mayor parte del año en él. Casas de piedra con galerías de madera pintadas de azul. En un patio a cielo abierto encuadrado por varias de estas casas nos recibe el jefe del pueblo. Durante cuarenta años ha acompañado como guía o porteador a las expediciones por las montañas del macizo del Nanda Devi, pues este pueblo, a 2.370 metros de altitud, es la base de partida.

Le pregunto por Udai Singh, el porteador que me guió en mi trekking de 1978. Fue un magnífico compañero. “Se lo llevó la corriente del río, en 1998, cuando intentaba vadearlo”, me responde. Y me deja tan sorprendido como desilusionado. Me hubiera gustado mucho darle un abrazo. Lo siento, realmente. Le enseño ahora las fotos de una mujer joven y de un niño que tomé entonces; ella acarrea hierba; el niño, un fajo de leña sobre el hombro.
Las fotos pasan de mano en mano pues se nos han juntado algunas mujeres. “Ella murió hace cuatro años de una afección cardíaca”. “Era muy buena y muy guapa”, me dicen. También reconocen al niño. “Vive aquí cerca”. Nos vamos a verlo y recibe con incredulidad su foto de cuando tenía cinco años. Entonces era una monada; ahora no parece él.



Uno de los momentos más peligrosos del trek es bajar, escalones de medio metro, después de cenar y en plena oscuridad, a la caseta con tres catres, propiedad del jefe, donde voy a dormir.
A las 8,30 emprendemos la marcha después de una visita al templo local, como no, dedicado a la diosa Nanda. Nos acompañan tres jóvenes porteadores, un poco excesivo me parece, pero luego comprobaré que llevan mucha comida y de peso. Me quieren tratar bien y ellos tienen muy buen saque. Uno hace de cocinero. Sendero fácil a través del hermoso bosque de encinas, rododendros y coníferas para comenzar, pero luego se empina bastante; lo peor son los escalones hechos de piedras grandes para impedir la erosión del terreno con las lluvias monzónicas. Sin embargo, me reencuentro con mis siempre queridas montañas y gozo de la belleza, de la soledad y de ese sentido de misterio que los grandes bosques salvajes proporcionan, con los claroscuros de luces y sombras creadas por los rayos solares, su profundo silencio y sus inesperados e inescrutables sonidos.
Llegamos al lugar de acampada poco después de las 12 h., tras atravesar un ancho torrente por encima de las piedras puestas ad hoc. Podíamos haber llegado antes pero me he parado un buen rato con un par de belgas de unos 55 años, que viven en Laos, a cambiar impresiones. Me dicen que no han pasado de Lata Kharak –mi etapa de mañana- y que la última hora de subida se les había hecho muy dura. No se han atrevido a llegar hasta el Dharansi pass pues uno de ellos tiene la tensión alta.

Kamet 7.760 m. desde Auli

Un alto en el camino. Guía y porteadores
Mi equipo me ha colocado la tienda en un promontorio herboso que sobresale de la ladera y ofrece un hermoso panorama sobre el río, casi mil metros más abajo, el pueblo y un amplio semicírculo de montañas. Ellos se acomodan en una cabaña medio derruida de pastores. Me tomo la tensión: 16,7/10,6, al igual que ayer tarde. Estoy para ir al hospital. Me tomo un Tarka y hago 20’ de ejercicios respiratorios. Me baja a 13/8.

Me despierto a las seis de la mañana. La tensión me ha vuelto a subir. Tarka y ejercicios; pero no baja. No salgo del saco hasta las siete, hora en la cual me traen el desayuno. Unos huevos revueltos saladísimos que no puedo comer, cereales con leche, chapatis con mermelada y un par de plátanos. Tengo una tienda de cuatro plazas muy ligera, más propia para la playa que para la montaña.
Salimos cerca de las 9 a causa de mi voluntaria parsimonia para recoger todas las cosas desparramadas por la tienda. Ascensión penosa, muy pendiente aunque seguimos por el bosque. Al cabo de un rato he de detenerme cada 50 metros a tomar aire. La altitud empieza a notarse. Paramos una hora para almorzar, chapatis con jamón y un tetrabrik individual de zumo. Sigo con la tensión muy alta y empiezo a preocuparme. Poco después de las 2 de la tarde, tras los innumerables zigs-zags del camino llegamos a Lata Kharak, 3.800 m., novecientos de desnivel en cuatro horas. No está mal.
Nos alojamos en una estupenda cabaña de madera con cuatro habitaciones totalmente desnudas, propiedad del Servicio Forestal, situada bajo la cresta justo en el límite superior del nivel de los bosques. Hablo por el móvil con Bárbara y Cristina –¡increíble, cobertura en estas alturas!- y las tranquilizo. Me tumbo una hora; hago mis ejercicios y ¡oh sorpresa! La tensión me ha bajado a 12/7. Parece que me estoy aclimatando muy bien a la altitud.
Antes de cenar hablo con tres indios jóvenes de Bangalore, los otros habitantes junto con sus porteadores de la cabaña. Solo uno ha llegado con su guía hasta el Dharansi pass; los otros se han vuelto ante las gargantas de Satkhula. Les han parecido peligrosas y estaban cansados. Hace un frío de narices. Ceno una sopita estupenda de cubito con verduras. Duermo totalmente vestido, con anorak y todo, dentro del saco. Lo mismo haré las noches siguientes.
