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El nombre del parque nacional del Masai Mara viene del río Mara que lo cruza y de los propios masai que lo habitan. No es necesaria mucha traducción. Aunque ya habíamos visto algún masai, no les habíamos visto en su zona, en la tierra que lleva su nombre. Aunque tenemos una idea de los masai como una tribu, vistiendo de una manera típica y viviendo en poblados; los masai tanto en Kenia como en Tanzania, están extendidos por todo el país, viviendo, vistiendo y trabajando como cualquiera no-masai. Sólo los que se quedan en los poblados mantienen algo más las tradiciones ancestrales y ya ni mucho menos como antes, cuando tenían que pastorear sus vacas durante todo el día para poder subsistir. El turismo ha hecho que con sólo una visita de un grupo de mzungus a un poblado, se saque más dinero que antes en todo el día, sobrando el resto del día para no hacer nada. Por desgracia, este exceso de tiempo libre y dinero ha hecho que suban como la espuma los niveles de alcoholismo y drogadicción entre los hombres masai. El precio del progreso. A pesar de eso, a lo largo del viaje, nos encontramos con numerosos masai "asimilados" que se mantenían orgullosos de sus raíces. Para el resto de sus compatriotas, los masai son tomados por paletos. Al venir del campo, se les considera algo más lentos que los de ciudad e incluso, los chistes locales (Como en España los de Lepe) son sobre los masai, aunque para nosotros, sus chistes no tienen ningún sentido. En otro momento del viaje pedimos a la guía que nos contara uno de esos chistes, que efectivamente, no entendimos. Fue algo así:
- Se sube un masai a un autobús y paga al chófer. Se sienta en un asiento y cuando el conductor frena, el masai se baja.
Ante nuestra sorpresa, lo volvió a contar a uno de nuestros chicos en swahili y casi se muere de la risa.
Después de ponernos al día de la actualidad masai, nos preparamos con la ropa multicapa, que a lo largo del día pasa de ropa de abrigo a camiseta, a manga larga, a nuevamente ropa de abrigo. Éste era ya un consejo que todos seguíamos fervientemente debido a los enormes cambios de temperatura.
Ya en el camión la guía nos avisó de que, especialmente los que llevábamos cámara tuviéramos cuidado al irnos acercando al parque ya que pronto empezaríamos a ver masai. Éstos no suelen aceptar de buen grado que les hagan fotos, como la mayoría de la gente, pero el problema es que los masai tienen una fuerza y una puntería endiabladas con las piedras y no sería la primera vez que aciertan. El que avisa...
Pronto empezamos a ver las alargadas figuras de los Masai que, en el caso de los hombres consistía en una pequeña cabeza oscura, el característico manto masai ondeando al viento y por debajo, dos finas piernas del mismo color oscuro que la cabeza. Viéndolos así vestidos en las enormes planicies africanas, te das cuenta de que los mantos masai tienen una razón de ser aparte del cubrirse; el poder ser vistos a mucha distancia. Las mujeres también eran fáciles de ver aunque en su caso, vestían con vestidos de muchos y llamativos colores.
Llegamos todavía temprano a las puertas del P.N. Masai Mara. Allí nos esperaban unas treinta mujeres masai ofreciendo a gritos sus pulseras, collares y mantas masai en bolsas de plástico. Preparándonos para la guerra, bajamos del camión y nos introdujimos en un mar de brazos, estatuas de animales de madera, abalorios y gritos de "Five dollars Sir!". En mi caso y viendo que todas ofrecían exactamente lo mismo, me decanté por una señora muy mayor cuyo pelo corto y blanco me recordó al de mi abuela. Cuando la pregunté por algo, me cogió de la mano y me llevó fuera de la marabunta. Sonriendo, se puso la mano en el pecho y dijo:
- My name is Mary, what is your name?
- Alfred
- Ok Albert
La un poco sorda Mary resultó ser una dura regateadora, pero que finalmente logró vendernos buena parte de los regalos que trajimos a España a un buen precio. Nos hicimos una foto de recuerdo en la que ella y su hija salen riendo a carcajadas, por lo que creo que en realidad, podía haber conseguido un precio bastante mejor.
Emocionado y con la cámara en ristre, subí al camión y entramos en el Masai Mara. Desde el principio, vimos que la densidad de animales era todavía mayor que la que habíamos visto hasta entonces, pero pronto empezamos a ver unas enormes filas y agrupaciones de ñus y cebras, que formaban parte de lo que es La Gran Migración. Es emocionante ver animales salvajes, especialmente si son raros o difíciles de ver, pero la sensación de ver tantos miles de animales juntos, es difícil de explicar. Ya fuera andando en larguísimas filas o simplemente formando grupos de miles y miles de animales, el espectáculo es sobrecogedor. Forman una masa viva, que se mueve y respira, y que en el respetuoso silencio que se formó en el camión, puedes escuchar cada ruido de pezuña sobre el suelo.
Después de que todo el mundo quedara satisfecho de las fotos hechas, seguimos camino hasta llegar a un puente. El puente sobre el río Mara. La sorpresa fue el fuerte olor a podrido que había en la zona, que venia de las decenas de cadáveres de animales en descomposición que había junto al río. Cientos de animales, especialmente ñus, mueren al intentar cruzar el río, atacados y devorados por los cocodrilos. Del resto del cadáver dan buena cuenta los buitres. Otro gran espectáculo, aunque éste para estómagos un poco más duros. Yo personalmente, la gocé como un enano haciendo fotos y acercándome hasta donde nos dejaban los rangers.
Un pis y un rato después, y con hambre a pesar del olor, salimos hacia el lugar donde comeríamos; un lugar privilegiado: Un solitario árbol en el medio de la llanura, hogar habitual de un leopardo, pero que por suerte estaba deshabitado cuando llegamos. En la corteza había múltiples marcas de sus garras. También había, no muy lejos de donde comimos un no muy tranquilizados cadáver de ñu, del que ya casi solo quedaban los huesos. Sin pensar mucho en el leopardo, dimos cuenta de la comida y seguimos camino.
Por la tarde, lo más digno de mención fue aparte de nuestro primer león, en este caso leona verdaderamente cerca del camión (casi debajo), un amago de cruzar el río Mara por parte de un grupo de cientos de ñus. Estando cerca del río y observando el cadáver de un ñu en el agua junto a un enorme cocodrilo que esperaba paciente a comérselo, vimos que en la otra orilla se acercaba un enorme grupo de ñus, parte de la gran migración. Los ñus no se distinguen por su inteligencia ni por su poder de decisión, más bien destacarían por su cantidad. En nuestro caso y tras esperar más de media hora a que se decidiesen a cruzar, no hubo suerte y nos perdimos uno de los grandes espectáculos de la naturaleza africana.
La suerte nos compensó de camino al sitio del campamento de esa noche. Junto al camino vimos a dos leonas tumbadas junto a unos diez cachorros de león que nos miraban curiosos. Un montón de fotos después, seguimos camino al campamento y ya con el día "hecho" el camión aceleró la marcha. Aquí llegó uno de esos momentos especiales que ocurren en cada viaje y que sin ser nada muy especial, son de los primeros que recuerdas. Subidos en el chill out, sacando el cuerpo por el techo solar nos quedamos Silvia, la guía, un compañero de Barcelona con el que nos llevamos especialmente bien y yo. El camino por el que íbamos era una senda rodeada de vegetación donde abundaban gacelas, ñus, cebras, búfalos, elefantes, jirafas y numerosas aves; animales a cuya presencia ya estábamos acostumbrados. Lo especial del momento fue que, al ir en la parte de arriba y a una cierta velocidad, mirando hacia adelante daba la impresión de que volabas sobre un sitio idílico, impresión reforzada cuando alguna de las aves volaba a la vez que el camión, acompañandonos un trecho y luego alejándose. Los cuatro disfrutamos al máximo ese momento y al ir en la parte de arriba, fuimos los primeros en ver los nubarrones a los que nos estábamos acercando peligrosamente.
El sitio donde acampamos estaba junto a unos baños que constituían la única y olorosa construcción de los alrededores, pero que apreciamos igualmente. Una manada de búfalos nos vigilaba desde las cercanías con su mirada vacuna. Para hacerlo todo lo más rápido posible, ayudamos a montar el campamento, algo en lo que ya nos podíamos considerar expertos, mientras el resto de los chicos preparaba la cena. Aun así, apenas dio tiempo a terminar antes de que empezara a llover a mares y nos tuviéramos que refugiar en el camión. Chistes e historietas aparte, la guía nos comentó su preocupación sobre el estado de las carreteras ya que al día siguiente, llegaríamos a la frontera con Tanzania a través de una carretera que cuando llueve, se vuelve impracticable y que con otro grupo, también llovió y llegaron a destino a la noche del día siguiente. Todos echamos cuentas de que, teniendo en cuenta lo que llovía, la cosa prometía estar divertida. Un rato después, cenamos arroz bajo un improvisado sotechado que nos cubría solo en parte y nos fuimos cada pareja a su tienda. Yo me dormí pensando en que todo el mundo que conocía los dos países, comentaba que Tanzania era mucho más auténtico que Kenia y que les gustaba más. Teniendo en cuenta lo mucho que me estaba gustando Kenia, la cosa prometía.