Como nos temíamos, la cena del día anterior no fue gran cosa, el desayuno menos (muy, muy básico) y el lunch box ya era para tirarse por los suelos. Pero daba igual, el día prometía ser una pasada, y lo fue. El cráter es una preciosidad, en él se aprecian muy distintos hábitats. Desde el hotel esto se veía muy bien, zonas de llanura, humedales, un lago, montañas…en cierta forma, todos los ecosistemas de África se aglutinan aquí, por lo que el espectáculo está asegurado. El día amaneció nublado, hasta el punto de que no se veía nada. No obstante, a medida que descendíamos, íbamos dejando la niebla atrás. Estas fueron nuestras primeras impresiones…
Como veis, aunque como siempre digo, las fotografías solo reflejan una pequeña parte de la realidad, el sitio es espectacular. Una de las zonas más bonitas es el lago central, como veis, repleto de flamencos rosas.
Y fue precisamente al otro extremo del lago donde almorzamos. Es una zona donde van casi todos los turistas. En Tanzania, a diferencia del Mara, hay “zonas de descanso” con aseos etc. Ya digo, todo mucho más organizado en ese sentido. En esta zona en concreto, dada la afluencia de turistas, y pese a los comunes carteles de no alimentar a los animales, los cuales, ante tal concentración de humanos ávidos de naturaleza, saben que tienen festín casi asegurado, a pesar de eso, digo, había alguno que otro que no daba tregua: los milanos.
Estos simpáticos pajaritos hacían unos picados de flipar, para tratar de quitarte el bocata o el muslo de pollo. Ríete tú de la peli de “Los Pájaros”. Total, que almorzamos dentro de los coches, jeje… Os cuento esta anécdota porque, la verdad, al estar los caminos tan marcados en estos parques, hay poco margen de aventura, y el diario va a quedar “cabezón” es decir, muy desarrollado al principio y poco al final…
Esta circunstancia, la de los caminos tan fijados, hace que, por ejemplo, en nuestro caso, viéramos el rino negro (vimos cuatro en total en Ngorongoro, dos madres y dos crías), pero a una cierta distancia. De cualquier manera, es un bicho impresionante, y, esta vez, si que pudimos, prismáticos mediante, disfrutarlo más.
Por lo demás, y la verdad, bastante contentos, pues teníamos ganas de ver el rino negro con más detenimiento y cercanía de lo que lo vimos en Kenya, el día se resume en recorrer el parque hasta después de comer, y ver muchos, muchos animales, entre ellos el “Pumba” del Rey León, algunos leones durmiendo a pierna suelta y manadas de hipopótamos.
También vimos más babuinos, jaja es que son mi debilidad, mirad las crías que cachondas…
Y, bueno, para terminar, dos fotos más del ecosistema del cráter. Cuando avanzó el día, quedó completamente despejado, pero en los bordes quedaron unas nubes, que recordaban un pastel cubierto de merengue…
Como veis, es un sitio precioso, muy, muy recomendable, y tiene bien merecido el ser considerado el Jardín del Edén. Sobre las 15.00h abandonamos el cráter, para viajar hasta Tarangire, último parque de nuestra ruta, donde llegamos sobre las 19h, si no recuerdo mal. El hotel estaba cerca del lago manyara, y parecía un resort de playa, con arena, palmeras, etc. Los cambios pues fueron brutales en esta parte del viaje, del cráter de un volcán a una playa cuasi caribeña!!! La verdad es que estaba bastante bien, tanto la habitación (quizás un poco básica) como la cocina. Y, sobre todo, la piscina, pues tenía unas vistas alucinantes sobre el lago, en una zona por la que paseaban tan tranquilos ñus y cebras. Quizás algunas cosas no estaban demasiado bien (por ejemplo, se suponía tenían que ponernos antimosquitos en la habitación durante la cena, y nada, o las habitaciones, tipo tienda, tenían agujeros en algunos puntos, por donde entraban unos mosquitazos de impresión…) pero este atardecer en la piscina hizo que se nos olvidaran esas cosillas, y que aguardáramos, con ganas, el que sería nuestro último día de safari.

















