Otro día
Me desperté a las 4:30 de la madrugada...mi reloj biológico va a su aire. El dolor de cabeza me recordó la norma número 1: no mezclar bebidas alcohólicas, pero parece que, de repente en el paraíso, esa norma se te olvida. A partir de hoy me propongo beber sólo Vitamina R.
El plan de hoy es parecido al de ayer: no hacer planes. Aunque eso sí, esta vez iremos a ‘reservar’ nuestras hamacas cerca de la barra húmeda. A las 7:30am nos dirigimos hacia la piscina y buscamos el sitio perfecto para dejar las toallas, pero la mitad de ellas ya están reservadas. Una señora bostezando en pijama, zapatillas y legañas se pasea por la piscina para reservar su sitio. ¡Foto que lo prueba!


Me parece un poco exagerado todo el tema de la reserva de hamacas cuando además está explícitamente prohibido hacerlo.
Desayunamos en el Gourmet unos huevos florentina y unos a la benedictina.

Están deliciosos. En la terracita del restaurante suena a todo trapo música española. Sigo el ritmo de ‘Nunca te olvidaré’ de Enrique Iglesias, ‘No te aferres’ de la Pantoja y del ‘Yo soy aquel’ de Perales (lo que pasa en Punta Cana…se queda en Punta Cana).
Tras un largo paseo por la playa para quemar las calorías extras que hemos metido al cuerpo (y las que meteremos) nos vamos a descansar (siii, vaya día duro de trabajo…).
Tras un par de Coco-Locos nos animamos a ir al Cortecito a ver que podemos comprar de recuerdo. Una chica X se ofrece a hacerme una trencitas. Le digo que no, y no insiste (se lo agradezco). Entonces seguimos hablando de otras cosas. Me siento con ella y nos pasamos un montón de tiempo charlando.
Vienen compañeros suyos del puesto y nos unimos todos en conversaciones triviales (y otras no tanto). Nos invitan a unas cervecitas. La alegría de vivir que desbordan es contagiosa. De repente, quiero las trencitas (he vuelto a mezclar el alcohol…).

El jefe del puesto número 5 nos ofrece una excursión. Nos apetece hacerla, así que entre trencitas nos explica en qué consiste mientras nos bebemos un vino dominicano. Nos vamos a comer y a la tarde, tras una mini siesta, nos vamos de excursión con el guia.
Nos lo pasamos genial. Salimos justo del puesto del Cortecito donde tiene sus barcas y yo conduzco nuestra lanchita. Cada pareja va con su propia barquita. Nos paramos a hacer un poco de snorkel, es impresionante lo que hay por ahí abajo: peces de colores, coral negro,... pero yo me cago porque me da miedo que venga un tiburón (soy así de mona…).
Los demás siguen buceando mientras yo me bebo un agua fresquita tomando el sol desde mi barca en medio del mar Caribe. La felicidad es inmensa. Seguimos la excursión hasta llegar hasta una piscina natural que me hace preguntarme si estoy en el cielo (no me llevé la cámara para no mojarla, pero es que además es indescriptible la belleza del paraje, hay que vivirlo).
Al cabo de dos horas regresamos a la arena con la sensación de que realmente este viaje ha valido la pena aunque sólo haya sido por estas dos horas. Con el pánico que le tengo a volar, ¡volvería a subir al avión cien mil veces aunque sólo fuera para disfrutar de esta excursión!
Al regresar al hotel, tenemos una nota que nos comunica que ya tenemos una habitación swim-up, ¿Puede el día ir mejor?

Pasamos lo que queda de tarde leyendo, tumbados en la hamaca -dentro de la piscina-. Tras un rato vamos a cenar algo ligerito y a dormir que el día ha sido larguísimo (pero excepcional).
Día siguiente
Me despierto a las 4:30h, como siempre. Me pongo a leer esperando a que amanezca. El amanecer desde la swim-up es maravilloso. La espera no se me hace larga, porque, después de muchísimo tiempo, me siento completamente relajada y soy capaz de disfrutar de cada segundo.
Desayunamos en el Gourmet y nos tomamos el día con calma. Paseamos un rato por la playa y nos volvemos a nuestra terraza a ‘descansar’.
Cuando nos entra el hambre, vamos a comer y luego a dormir una siesta (vaya vida más dura…).
Al despertar, nos vestimos ‘de noche’ (o sea, igual pero sin el bañador) y nos vamos a pasear por los lobbys. Hay música en directo en el Lobby Punta Cana y nos tomamos una copita antes de ir a cenar al Chanterelle y comer un enorme ‘chateaubriand’. Increíble.

Otra copita en el bar de la piscina y a descansar, que ha sido un día durísimo de trabajo jejejeje.