La única salida de Jordania al mar se encuentra al sur del país, en Aqaba, ciudad y puerto franco, en el Mar Rojo. En el golfo de su nombre confluyen cuatro países: Egipto, Israel, Jordania y Arabia Saudí en apenas unos cuantos kilómetros. Cuando llegamos hacía un calor asfixiante, además algunas nubes y un poco de calima incrementaban la sensación de bochorno. Era jueves por la tarde (como un sábado en España y puente, además) y la ciudad estaba abarrotada. La verdad, no me gustó mucho, como una localidad playera española en pleno boom de agosto pero en peor: en la playa realmente no cabía un alfiler.


Por una vez, me alegré del cambio de alojamiento, que nos llevó del centro de Aqaba a la playa de Tala Bay. El hotel, el Marina Plaza, de cuatro estrellas, una especie de pequeño resort con varias piscinas, sin salida directa a la playa (a unos 5 minutos caminando entre calles), ocupado masivamente por árabes, que no jordanos. Resultaba curioso ver a las señoras vestidas de pies a cabeza con los niños en la piscina (sólo se bañaban los niños, por cierto), mientras que sus maridos y parientes masculinos se paseaban por el hotel vestidos al estilo más “occidental playero”, marcando musculitos con camisetas de tirantes ajustadísimas y pantalones muy cortos, llamativo contraste, la verdad. El hotel estaba a tope y se notaba en el comedor, donde había mucha y variada comida pero presentada y servida en medio de un caos absoluto, un auténtico buffet de lugar vacacional playero, con sus ventajas e inconvenientes. Jordania está intentando convertir la zona de Aqaba en un reclamo turístico de lujo, pero les queda mucho camino por recorrer, sobre todo en hoteles de semi-lujo, supongo que en lujo completo cuidarán los detalles algo más. Falta les hace porque el precio tampoco es barato: una habitación doble en este hotel sale por 130 euros en internet. Nuestra habitación daba a la piscina, lo que al final fue una ventaja porque a unos compañeros de viaje que les dieron una habitación con vistas a la playa casi se mueren de calor porque les daba el sol de lleno y no funcionaba bien el aire acondicionado; al final, tras mucho insistir, se lo arreglaron.
El hotel tenía un servicio de autobús gratuito para ir a Aqaba, pero no lo utilizamos. Después de lo que habíamos visto al pasar por allí, lo último que nos apetecía era meternos en una ciudad de vacaciones, a tope de gente y con un calor espantoso, rondando los 40 grados. Así que dimos una vuelta por la playa y paseamos por el típico puerto deportivo con pequeños yates de lujo, motos de agua y demás, como una especie de Puerto Banús en ciernes, jeje, bueno, no tanto. La playa no vale gran cosa, es de tierra y con piedras; los indicadores anuncian que nadie se meta en el agua sin llevar calzado adecuado, chanclas o escarpines. Hay coral a tres metros de la orilla, multitud de erizos con afiladísimas puas y peces que pueden resultar peligrosos yendo con los pies descalzos.
El hotel tenía un servicio de autobús gratuito para ir a Aqaba, pero no lo utilizamos. Después de lo que habíamos visto al pasar por allí, lo último que nos apetecía era meternos en una ciudad de vacaciones, a tope de gente y con un calor espantoso, rondando los 40 grados. Así que dimos una vuelta por la playa y paseamos por el típico puerto deportivo con pequeños yates de lujo, motos de agua y demás, como una especie de Puerto Banús en ciernes, jeje, bueno, no tanto. La playa no vale gran cosa, es de tierra y con piedras; los indicadores anuncian que nadie se meta en el agua sin llevar calzado adecuado, chanclas o escarpines. Hay coral a tres metros de la orilla, multitud de erizos con afiladísimas puas y peces que pueden resultar peligrosos yendo con los pies descalzos.



Vimos una bonita puesta de sol y el contraste de señoras en bikini con otras vestidas de pies a cabeza con sus burkakini, metidas, o más bien sentadas en sillas, dentro del agua.



Nuestra intención era coger un barco de los que van al Parque Natural Marino para hacer snorkel. Hay posibilidad de reservar a través de los hoteles o contratarlo directamente en tiendas junto al puerto o en centros de buceo que están por todas partes (20 dinares por persona es la tarifa habitual). Sin embargo, cuando ya lo teníamos todo arreglado, por un problema personal que no viene al caso, tuvimos que desistir y contentarnos con ver un poquito del precioso arrecife de coral en la playa de Tala Bay. El día había amanecido caluroso pero algo nublado y el agua se notaba fresquita al meterte, pero pasada la primera impresión se estaba fenomenal. El fondo muy bonito realmente pese a que había bastante coral muerto, con multitud peces de todos los colores, formas y tamaños, aunque no sé por qué se me escapan todos cuando me pongo a hacerles fotos; bueno, alguno pillé,









Nos dio rabia no poder haber hecho lo del barco, si a 10 metros de la orilla, había un fondo tan bonito y con tantos peces, ¿cómo sería zambullirse en el Jardín Japonés? ¡Qué pena! En fin, no se puede conseguir todo, otra vez será. Comimos en un restaurante a la carta: con platos de carne y pescado con guarnición, cerveza y helados, nos costó 38 dinares.
Por la tarde regresamos a Amman por la carretera del Mar Muerto. Bonitos paisajes, que iban del desierto de dunas cerca de Aqaba, a los picos escarpados de colores diversos en la zona de Araba, para terminar bordeando las aguas del Mar Muerto y, de postre, la vista del tajo increíble del desfiladero de Uadi-al-Mawjib). Como sólo éramos seis personas, nos llevaron en una miniván. Nada más salir de Aqaba, vimos dos coches despanzurrados en la carretera, otro accidente más. Sin embargo, debe ser tan habitual que la escena no desanimó a nuestro conductor que nos llevó a toda pastilla, como si fuera una autopista, ya que utilizaba el carril del sentido contrario como propio y adelantaba hubiera línea continua o no a cualquier vehículo que se pusiera a tiro, ya fuesen caravanas de camiones, potentes todo-terreno, autobuses o patinetes, y todo ello amenizado con interminables conversaciones por su teléfono móvil. En resumidas cuentas, aquel caballero sí que nos hizo vivir una verdadera “experiencia jordana” en ruta, tal como promete el nombre de la receptora local. Afortunadamente, llegamos sanos y salvos a Amman.
Por la tarde regresamos a Amman por la carretera del Mar Muerto. Bonitos paisajes, que iban del desierto de dunas cerca de Aqaba, a los picos escarpados de colores diversos en la zona de Araba, para terminar bordeando las aguas del Mar Muerto y, de postre, la vista del tajo increíble del desfiladero de Uadi-al-Mawjib). Como sólo éramos seis personas, nos llevaron en una miniván. Nada más salir de Aqaba, vimos dos coches despanzurrados en la carretera, otro accidente más. Sin embargo, debe ser tan habitual que la escena no desanimó a nuestro conductor que nos llevó a toda pastilla, como si fuera una autopista, ya que utilizaba el carril del sentido contrario como propio y adelantaba hubiera línea continua o no a cualquier vehículo que se pusiera a tiro, ya fuesen caravanas de camiones, potentes todo-terreno, autobuses o patinetes, y todo ello amenizado con interminables conversaciones por su teléfono móvil. En resumidas cuentas, aquel caballero sí que nos hizo vivir una verdadera “experiencia jordana” en ruta, tal como promete el nombre de la receptora local. Afortunadamente, llegamos sanos y salvos a Amman.
Algunos paisajes de la carretera de Aqaba al Mar Muerto.
Desierto y zona de uadi-al-Arabah:

Desierto y zona de uadi-al-Arabah:


El Mar Muerto:


Puesta de sol al llegar a Amman:


Volvimos al hotel Sadeen. Esta vez nos dieron una habitación un poco más pequeña, pero seguía siendo muy amplia y con todas las comodidades anteriores (albornoces, zapatillas, todo tipo de útiles de aseo y hasta una báscula de baño (?). Qué manía tienen algunos hoteles de aguarte la fiesta, ¡estamos de vacaciones, dejemos los kilos aparte, please!
Cuando bajamos a cenar, nos encontramos con la sorpresa de que el mostrador del buffet estaba completamente vacío. No había otros comensales aparte de nosotros y dos señoras de nuestro grupo. El camarero nos dijo amablemente “no buffet”, pero nos señaló la mesa y nos invitó a sentarnos. Nos preguntó si queríamos carne, pollo o pescado. Le dijimos que pescado. Yo lo había comido ese mismo día en Aqaba, pero como no es lo normal en Jordania, decidí repetir. Reconozco que fue una cena estupenda la que nos presentaron, recién hecha y más auténtica que el buffet normal. Primero nos pusieron los típicos entrantes, el tradicional mazzah, compuesto por cinco platos, todo muy rico, y salvo el hummus diferente del buffet, además, muy abundante, nos sobró de todo. Después, una bandeja con un pescado que no sé qué era, pero su sabor me recordó al lenguado, muy bueno, en un lecho de arroz con piñones, pasas, especias y cebolla crujiente. Además, una salsa no sé de qué, pero buenísima, y una especie de pan crujiente (fattah, creo), en forma de flor con salsa de yogurt, ajo y limón dentro; tenía pinta de muy duro, pero estaba realmente delicioso. De postre, un surtido de tartas (de almendra, pistachos y nueces, con miel, demasiado contundentes en mi opinión), aunque lo que más nos gustó fueron los pastelitos baklawah, hojaldres rellenos de almendra y pistacho y empapados con almíbar. .En fin, que la cena fue una grata sorpresa.
Cuando bajamos a cenar, nos encontramos con la sorpresa de que el mostrador del buffet estaba completamente vacío. No había otros comensales aparte de nosotros y dos señoras de nuestro grupo. El camarero nos dijo amablemente “no buffet”, pero nos señaló la mesa y nos invitó a sentarnos. Nos preguntó si queríamos carne, pollo o pescado. Le dijimos que pescado. Yo lo había comido ese mismo día en Aqaba, pero como no es lo normal en Jordania, decidí repetir. Reconozco que fue una cena estupenda la que nos presentaron, recién hecha y más auténtica que el buffet normal. Primero nos pusieron los típicos entrantes, el tradicional mazzah, compuesto por cinco platos, todo muy rico, y salvo el hummus diferente del buffet, además, muy abundante, nos sobró de todo. Después, una bandeja con un pescado que no sé qué era, pero su sabor me recordó al lenguado, muy bueno, en un lecho de arroz con piñones, pasas, especias y cebolla crujiente. Además, una salsa no sé de qué, pero buenísima, y una especie de pan crujiente (fattah, creo), en forma de flor con salsa de yogurt, ajo y limón dentro; tenía pinta de muy duro, pero estaba realmente delicioso. De postre, un surtido de tartas (de almendra, pistachos y nueces, con miel, demasiado contundentes en mi opinión), aunque lo que más nos gustó fueron los pastelitos baklawah, hojaldres rellenos de almendra y pistacho y empapados con almíbar. .En fin, que la cena fue una grata sorpresa.
