Aprovechando la Semana Santa decidimos hacer una escapada de cuatro días. El lugar escogido fue Gales. Y afinando un poco más, el norte de Gales. Motivos para visitar Gales hay muchos. Sus restos prehistóricos o romanos. Sus preciosos parajes naturales. Sus pueblos con encanto. Sus imponentes castillos. Y alguna que otra cosilla más que ahora mismo no me viene a la cabeza. Vamos, todas esas cosas que nos gusta decir cuando nos vamos de viaje. La verdad es que queda muy bien decirlas y hasta parece que sabemos de lo que hablamos. ¡Cuánto nos gusta hacernos los interesantes!.
Pero hoy, en un arrebato de sinceridad, os voy a decir la verdad. Todo eso me importaba un rábano cuando elegimos destino. De hecho ni sabía si había imponentes castillos, preciosos paisajes, encantadores pueblecitos, prácticas centrales eléctricas, polígonos industriales con sus inevitables after hours, o un inmenso secarral. Cualquier cosa me hubiera servido. Vamos a ver como os lo explico. Todos tenemos amigos que no saben mantener la boca cerrada y con tal de decir algo, acaban preguntando por cosas por las que no sienten el más mínimo interés. Y aunque luego se arrepientan siempre acaban soltando, ¿Qué hay en Gales?. Antes de terminar la pregunta ya son conscientes del grave error que han cometido. Por algo son nuestros amigos y nos conocen. Saben que ya no hay vuelta atrás y que con toda la vehemencia que somos capaces de desarrollar, les vamos a empezar a enumerar un montón de sitios con nombres impronunciables de los que no han oído hablar nunca (ni falta que les hace). Y pobre del inconsciente que ha osado preguntar si su amigo es un viajero curtido en mil viajes. No solo le recitará de memoria la Lonely Planet del lugar en cuestión, sino que aderezará su exposición con numerosas anécdotas de sus viajes pasados. Si veis que vuestros amigos os rehuyen y rechazan vuestras invitaciones a cenar, es que ya habéis alcanzado ese nivel. Vuestra vida social está a punto de pasar a ser historia.
Pues bien, una vez decidido que nos íbamos a Gales, tanto me hubiera dado lo que hubiera allí. Una central eléctrica. Me vale. Siempre podría alegar que es la más grande del mudo, con tres chimeneas expulsando tres toneladas de humo por minuto. ¿Contamina?, Si, pero con estilo. Lo nunca visto, algo que no hay que perderse.
Un polígono industrial. También me vale. Eso son polígonos y no los que hay por aquí. Calles rectas de verdad, no como las que se hacen aquí. Y con un aprovechamiento del suelo perfecto, nada de zonas verdes ni chorradas de ese tipo. Solo naves, naves y más naves, todo un paraíso industrial.
Aunque tan solo hubiera un desierto más seco que los Monegros, me hubiera dado igual. Lo hubiera defendido como la mayor atracción a la que puede uno aspirar al salir de viaje. Si, si, y vosotros también, no lo neguéis, que en el fondo todos somos igualitos.
Sé que ahora os preguntaréis, ¿por qué Gales?. La explicación es muy sencilla. Una tarde me puse a buscar un vuelo lo más barato posible. Y ese vuelo fue a Liverpool. Fue lo más barato que encontré cumpliendo los dos requisitos exigidos en esta ocasión. Que fuese un vuelo directo (desde Palma no hay muchas opciones), y que los horarios de los vuelos nos permitiese aprovechar al máximo los cuatro días de que disponíamos.
Sin pensarlo dos veces, compré los billetes. Muy bien, nos vamos a Liverpool. ¿Y allí que hay?. Pues no sé. ¡Bien empezamos!. Mira, Gales está al lado. ¿Y que hay allí?. No sé, pero suena bien. Pues nada, a Gales se ha dicho.
Los puristas se estarán mesando los cabellos. Arrancándoselos a puñados (de uno en uno sería una tortura insufrible). Siento haber sido tan cruel. Pero esa es la cruda realidad. Acabamos en Gales por pura casualidad.
Y ahora sí, vamos a lo que vamos. Empecemos con el vuelo. Vuelo barato igual a Ryanair. Los billetes de ida y vuelta nos costaron 71 euros por persona. Está claro que no es un chollazo. Pero tampoco está mal, teniendo en cuenta que los compré con menos de un mes de antelación, y que coincidían exactamente con las fiestas de Semana Santa.
El vuelo (FR9395) salió a las 10:15, con quince minutos de retraso. Nada que no pueda recuperar un piloto que tenga prisa por volver a casa. Así que a las 23:30, hora prevista de llegada, estábamos en el aeropuerto de Liverpool.
Con el coche no me compliqué mucho la vida. Unas pocas páginas para comprobar precios, y al final como casi siempre últimamente, acabamos reservando a través de Economycarentals. Un coche pequeño por 65 euros los cuatro días. La empresa asignada fue Green Motion. La pega fue que no tenían oficina en el aeropuerto. Nos citaron en el parking, junto al no sé que amarillo. Venga pues, a buscar algo amarillo.
¡Liverpool!. ¡Amarillo!. ¿Os suena?...... Premio; un submarino amarillo. El famoso Yellow Submarine de los Beetles. No había duda, ese era el no sé que amarillo junto al que teníamos que esperar. Nos dieron un Vauxhall Insignia nuevecito. Totalmente automático, las luces, los limpiaparabrisas, hasta el freno de mano, que no era más que un botón, y bastaba pisar el acelerador para quitarlo. Bueno, todo automático menos el cambio de marchas, lo único que realmente importaba. Un cochazo muy por encima de la categoría que habíamos reservado. Lo que más rabia me dio fue el pedazo de maletero que tenía. Para una vez que viajamos sin maletas, solo con equipaje de mano; van y nos dan un maletero que parecía un campo de fútbol. Todo sea por la maleta de mano, que por una vez en su vida supo lo que es viajar en primera, sin estrecheces y sin veintisiete maletas por encima suya espachurrándola. Espero poder disfrutar algún día de esa misma sensación. ¡Que triste, siento celos de una maleta!.
Y sin más dilaciones salimos disparados hacia Wrexham, donde teníamos reservado el hotel. Unos 65 kilómetros que tardamos 40 minutos en recorrer. Gracias a Dios todo fueron autovías de doble carril, y a esas horas de la noche el tráfico era casi inexistente.
Por cierto, le estoy cogiendo el gustillo a eso de conducir por la izquierda. Ya no me sentí tan extraño al sentarme al volante. Hasta cambiar de marchas me resultó sencillo. Ni una sola vez intenté cambiar la marcha con el elevalunas. Tras varias experiencias con coches con volantes a la derecha, por fin me he convencido de que los elevalunas no sirven para cambiar las marchas. Y no es cuestión de acertar con el botón, ni de descubrir una secuencia secreta de pulsaciones que conecta el elevalunas con la caja de cambios. No funciona de ninguna de las maneras. Os lo digo por experiencia. Yo lo he probado todo y nunca he conseguido cambiar ni una sola marcha utilizando el elevalunas. Ni tan siquiera he conseguido algo tan sencillo como es poner el punto muerto. Así que esta vez no quise ni intentarlo, me limité a cambiar las marchas con la mano izquierda como hacen ellos. Porque después de todo, si lo piensas bien, si ellos lo hacen por algo debe ser. Que los ingleses utilicen la palanca del cambio para cambiar de marcha, no significa que eso mismo no pueda hacerse con los elevalunas. Pero si todos se han puesto de acuerdo en usar la palanca de cambios será por algo. Tras mucho madurarlo he llegado a la conclusión de que debe ser por comodidad. Seguro que es más fácil usar la palanca de cambios que el elevalunas. De todas formas, que yo haya tirado la toalla, no debe desanimaros. Seguid intentándolo. Algún día alguien lo conseguirá. Alguien echará su mano derecha sobre los elevalunas y notará como el coche cambia de marcha. Eso si que será un avance para la humanidad y no el descubrimiento del fuego.
Con la tontería llegamos al hotel pasadas las doce y media de la noche. Y como no querían ser menos que los del rent a car, nos dieron una habitación, grande y totalmente nueva. O totalmente reformada, que para el caso es lo mismo. Amplia y con una cama muy grande. Personalmente siempre he creído que lo del tamaño está sobrevalorado. El tamaño no es importante, o al menos no es lo más importante. Que nadie piense lo que no es, sigo hablando de las camas, del tamaño de las camas. Cualquier hombre casado sabe de lo que estoy hablando. Para el resto, ahí va mi explicación. Por muy grande que sea una cama, la presión que ejerce la mujer sobre el hombre en la cama, hace que éste siempre acabe durmiendo en el palo del gallinero. Aunque la cama tuviera al tamaño de una plaza de toros, el hombre siempre acabará durmiendo en el filo del colchón. Como si la cama tuviera pendiente. En una ocasión hasta utilicé un nivel de albañil para comprobar que el colchón no tenía pendiente. Y no la tenía. Pero inexplicablemente yo seguía durmiendo en el filo de la cama. Por eso estoy plenamente convencido de que el tamaño de la cama no es algo relevante, porque al final el espacio reservado para nosotros siempre será el mismo, siempre será el mínimo.
A la una y media nos íbamos a dormir. Y a las nueve y media estábamos de nuevo en pie. Nos dirigimos hacia el centro del pueblo buscando un lugar donde desayunar. El primer lugar que vimos fue un Costa Café en una especie de centro comercial, muy cerca del centro. Pedimos dos cortados, un chocolate, un trozo de tarta y un sándwich de queso. 11,20 GBP. No estuvo mal el desayuno. Incluso el café, que era café de verdad, y no ese aguachirri que suelen servir por esas latitudes. Bueno pero caro.
Por desgracia, la premura del viaje y las obligaciones laborales apenas me habían dejado tiempo para preparar debidamente la escapada. Por no tener no tenía ni una mísera guía de Gales a la que recurrir. Tan solo contaba con lo que había leído en el foro. Y en ese momento el primer lugar que me vino a la memoria fue Conwy. 84 kilómetros que tardamos una hora en recorrer. Benditas autovías.
¿Y que hay en Conwy?. Un castillo. Justo en la entrada del pueblo.
Lo primero era aparcar el coche. No es que me haya documentado, pero creo que antiguamente entraban en el castillo montados a caballo. Al menos los que lo tenían. O sea, entraban montados en su vehículo. Y como hoy en día hemos sustituido los caballos por coches, ¿Por qué no entrar en el castillo montado en un coche?. Sería muy cómodo. Y lo que nos ahorraríamos en parkings. Por desgracia esa bonita tradición se ha perdido, y uno ya no puede entrar con su vehículo en el castillo. Tanto es así, que no es que no te dejen entrar en coche, es que ya no te dejan entrar ni montado a caballo. Ante tamaña injusticia no nos quedó más remedió que buscar un parking donde dejar nuestro flamante coche. En esta ocasión no tuvimos que preocuparnos del caballo ya que en este viaje lo habíamos dejado en casa. Ocupaba demasiado sitio y pesaba demasiado como para cargar con él en la maleta de mano. Por eso optamos por el coche como medio de transporte.
El parking, como casi todos en Gales, era de pago. El precio varía de un sitio a otro. Y las diferencias pueden ser considerables. En este caso pagamos 2 GBP por dos horas de aparcamiento.
De camino al castillo nos topamos con las antiguas murallas de la ciudad. No son más que eso, unas murallas, pero como subir era gratis no dejamos pasar la ocasión. Pocas cosas son gratis en Gales, así que hay que aprovecharlas. Caminamos un rato por las murallas hasta llegar a la entrada del castillo. Un paseo agradable disfrutando de unas bonitas vistas. Poco más se puede esperar de un paseo por una muralla
Y por fin el castillo. La primera sensación, fue muy positiva. La imagen que ofrece a la entrada del pueblo, con sus altas torres, y sobre todo con el puente de acceso es de película medieval.
La entrada cuesta 6,75 GBP por persona. El horario de apertura es de 09:30 a 17:00 desde marzo a octubre y de 10:00 a 16:00 el resto del año.
El cuanto a la visita al castillo consiste en darse una vuelta por las ruinas. Eso sí, unas ruinas preciosas. Nada de pedruscos por todas partes y paredes medio derruidas. Que va, todo muy ordenado y en su sitio, como si siempre hubiera sido así. Una cosa que me encantó de todos estos castillos es la alfombra verde que tapiza todo su interior. Una alfombra natural que se puede pisar sin miedo a estropearla.
Empezamos subiendo por una de las torres hasta la parte superior de la muralla. Por una escalera de caracol de piedra, con peldaños irregulares y desgastados por el uso. Muy a juego con el lugar.
El lugar tiene un encanto especial. No es que sea un lugar único, de esos que te marcan, Ni mucho menos, pero tiene su encanto. Recorrimos toda la muralla tranquilamente, disfrutando de unas preciosas vistas sobre la bahía, sobre el pueblo, y sobre los prados que lo rodean. Ah claro, y sobre el interior del castillo, que curiosamente estaba allí dentro, rodeado por las murallas, todo recogidito. De los castillos que visitamos, éste es el que ofrece mejores vistas del entorno. Dimos la vuelta entera al castillo por las murallas, asomándonos en los huecos que forman las torres en su interior. Todos iguales, vacíos, con paredes de piedra con tonos verdosos. No había nada, pero nos asomamos en todos, como esperando que alguno fuera como un huevo Kinder. No porque fueran de chocolate, sino por si alguna contenía una sorpresa en su interior. Como era de esperar no hubo sorpresa. Ni chocolate. Personalmente lo que más me duele es esto último.


Una vez visto desde arriba, tocaba verlo desde abajo. Básicamente es lo mismo, pero desde una perspectiva diferente. La única diferencia es que desde las murallas hay que mirar hacia abajo, y desde el suelo hay que mirar hacia arriba. Esto que puede parecer baladí, no lo es en absoluto. Si lo hiciéramos al revés, la visita no resultaría tan interesante. Si en las murallas mirásemos hacia arriba solo veríamos el cielo gris. Por el contrario si estando en el suelo mirásemos hacia abajo, solo veríamos la hierba que lo cubre. Y no pondré en duda que puedan ser colores preciosos, y que incluso puedan ser los colores favoritos de alguien, pero creedme, la visita no sería lo mismo ya que os perderíais el castillo, y eso sería una lástima.
Una vez aclarado este punto, nos dedicamos a recorrer el interior del castillo. Con la cabeza bien alta. Y no solo porque quisiéramos ver bien el monumento en cuestión, sino porque no tenemos nada de lo que avergonzarnos. Y ya se sabe, cuando uno no tiene de que avergonzarse, puede ir con la cabeza bien alta por todo.
Si desde las murallas, lo más destacado son las vistas de los alrededores, desde el suelo, destacaría dos lugares. El primero es la iglesia, de la que todavía se conservan varios arcos. Y el segundo, el mirador sobre el antiguo puente de acceso al castillo. Un lugar muy bonito que ofrecía muy buenas vistas de la bahía.
Y aunque estábamos muy a gusto allí adentro, tuvimos que despedirnos del lugar y seguir con un recorrido que no teníamos definido. Antes de irnos aprovechamos para dar una vuelta por el pueblo. En general, todos los pueblos que visitamos nos parecieron muy agradables. Y aunque se veía a mucha gente paseando por la calle, nos parecieron muy tranquilos.
De vuelta al coche, volvieron las dudas. Y ahora a donde vamos. Echamos mano de un folleto que habíamos recogido en el castillo en el que había un dibujo con las principales atracciones de los alrededores. El nombre que más me sonaba era Betws Y Coed, zona de cascadas. Decidido a Betws Y Coed. En el mismo mapa, de camino aparecían señalados unos jardines, Bodnant Gardens. ¿Y si paramos en los jardines?. Recordaba haber leído algo sobre que se podían visitar algunos jardines muy bonitos. No sabía si éste era uno de ellos. Pero por probar tampoco perderíamos mucho.
Doce kilómetros después aparcábamos junto a la entrada de Bodnant Gardens. El precio de la entrada es de 9,50 GBP. El horario de apertura es de 10:00 a 17:00 de marzo a octubre y de 10:00 a 16:00 el resto del año (en estos meses el precio se reduce a 5 GBP).
El precio nos pareció un poco caro para no ser más que unos jardines. Tanto es así que estuvimos a punto de dar media vuelta. Pero al final pudo más la curiosidad y acabamos pagando. Y menos mal. Vaya gozada de lugar. Flores, flores, flores y más flores. Nunca había visto un jardín tan espectacular. Pequeños rincones recogidos con flores de todos los colores. Zonas abiertas con explanadas impecables de verde césped, salpicadas por puntos de color. Resultaba increíble pasear por un camino rodeado de flores, con el cielo cubierto por los árboles, sin ver más de allá de un par de metros; y de repente, girar en un recodo y salir a un espacio abierto de una belleza embriagadora. Todo estaba perfectamente cuidado, y estudiado. Ni una planta había nacido por azar. Todas estaban sembradas en el punto exacto, formando parte de un equilibrio perfecto. La cámara de fotos sacaba humo intentando captar tanto color.


Junto a la entrada hay un caserón. Por desgracia estaba cerrado y no podía visitarse el interior. Una lástima, hubiera sido un buen complemento a la visita. Delante de la casa tres terrazas con unas vistas preciosas. Las dos terrazas inferiores con un estanque cada una. Y flores y más flores. No me importaría vivir en un sitio así. Solo pondría una condición, que alguien se ocupase del jardín. Me entran sudores fríos solo de pensar en el trabajo que debe llevar cuidar un jardín como ese.
Pasamos junto al nuevo molino, y desde allí iniciamos un descenso hasta el viejo molino. Esta zona es parecida a la anterior, pero con una vegetación más espesa y más árboles. Cuanto más caminábamos, más bonito nos parecía.
Nos sentamos en un banco junto al molino viejo y nos comimos dos jackjet potatos, una de atún y otra de queso. Nos cobraron 9 GBP por dos patatas al horno. Creo que con ese dinero se pueden comprar unos cuantos sacos de patatas. Pero era eso o nada. Por lo menos estuvieron buenas. Y lo que no tiene precio son las vistas de las que disfrutamos mientras comíamos. Una ladera del jardín con flores y altísimos árboles, y a nuestros pies un riachuelo. A veces lo importante no es lo que se come, sino donde se come.
Continuamos el paseo por la orilla del riachuelo, hasta llegar al límite del jardín marcado por una pequeña cascada. Esta zona resulta un poco más salvaje, ya que no hay tantas flores. Pero resulta igual de interesante.
Como antes habíamos bajado, ahora tocaba subir. Una vez arriba, nos encontramos con una amplia zona atravesada por caminos de hierba. Apenas había flores, pero el placer de caminar sobre la hierba recién cortada lo compensaba sobradamente. Lo que si había eran unos árboles muy bonitos con flores blancas. Y de ahí a la salida atravesando de nuevo las terrazas de delante de la vivienda y algunos rincones por los que ya habíamos pasado al principio.
Me encantó este lugar. No me esperaba encontrar un jardín tan florido y con tanto color. Una grata sorpresa que recomendaría a todo el mundo.
Próximo destino Betws Y Coed. Sabía que en esa zona se podían visitar varias cascadas. Pero no sabía donde estaban exactamente, ni mucho menos como llegar hasta ellas. Por eso cuando vi un letrero marrón que señalaba el camino a las Swallow Falls no me lo pensé dos veces. A por ellas. A unos dos kilómetros del pueblo nos encontramos el Swallow Falls Hotel. La cascada no podía estar muy lejos.
El hotel tiene una zona de aparcamiento de pago. Pero al otro lado de la carretera hay una pequeña zona en la que es posible aparcar gratis. Nosotros encontramos sitio, pero me imagino que en verano debe resultar casi imposible aparcar allí.
Efectivamente la cascada no estaba muy lejos, estaba justo enfrente del hotel. Para acceder hay que pagar 1,5 GBP en un torno. Nosotros solo éramos dos, y pudimos encontrar unas monedillas para pasar por el torno. Pero cuando nosotros llegamos había un grupo de ocho personas rascándose los bolsillos buscando monedas. No debe resultar nada fácil reunir tantas monedas. Me parece bien que el dueño de los terrenos en los que se ubica la cascada quiera sacar un provecho y haga pagar. Pero por favor, facilitarnos las cosas, no nos las pongáis difíciles. Más de uno habrá llegado a la puerta y se habrá tenido que ir sin ver la cascada por no llevar cambio.

En cuanto a la visita consiste en bajar por una escalera hasta un mirador frente a la caída de agua. Sacar las fotos de rigor, subir a otro mirador desde el que se puede ver la cascada desde una posición elevada, y para casa. Bonito y rápido. El esfuerzo es reducido y el precio también, así que ya que uno está en Betws Y Coed, por que no acercarse a verla.
Volvimos al pueblo y aparcamos en uno de los muchos aparcamientos de pago que había por allí. De nuevo 2 GBP por dos horas de aparcamiento. Dimos un paseo por el pueblo, que la verdad sea dicha no es muy grande, por lo que acabamos rápido. Es un lugar agradable con casas de piedra gris.
Entramos en la oficina de información para que nos recomendaran algún paseo corto por los alrededores. Nos enviaron al Golf Course, una caminata circular que sale desde la estación de tren, y que recorre un camino encajonado entre el río y un campo de golf. Podría resultar un paseo agradable, pero lo de tener un campo de golf al lado le quita todo el encanto. Casi al final del paseo, pasamos junto a St. Michaels Churh una pequeña capilla con un cementerio a su alrededor. Un bonito rincón. Me atrevería a decir que lo mejor de la mini ruta. También vimos el Suspension Bridge. Un sencillo puente que atraviesa el río. Y acabamos de nuevo junto a la estación. En total unos 45 minutos.

El tiempo de aparcamiento todavía no se había agotado, restaba una media hora. Me da mucha rabia ese sistema de pago mediante parquímetros o tickets de zona azul. Siempre acabas pagando más de lo que realmente has estado. No podía permitir que esos galeses me robasen el equivalente a media hora de aparcamiento. Eso nunca, antes me quedo sentado en el coche esperando a que se agote el tiempo. ¡Qué rabia!.En esta ocasión no hizo falta adoptar medidas tan drásticas. Desde el aparcamiento salía un camino señalizado como ruta peatonal. Cortito pero muy agradable. Consiste en una pasarela de madera construida junto al río, a la sombra de unos árboles enormes adornados con enredaderas en los troncos. Un paseo sencillo, sin cuestas, y sobre todo muy bonito. Mucho más que el golf course que nos habían recomendado en la oficina de turismo. No llegamos al final del recorrido porque la media hora de que disponíamos no daba para más. Pero lo que vimos nos dejó bastante satisfechos.
De nuevo tiré de memoria, y surgió el nombre de Fairy Glen. Probamos suerte en el GPS, y sí, sabía donde estaba. O al menos eso se creía. No sería primera vez que confiados en la sabiduría y el excelente sentido de la orientación del aparatito acabábamos metidos en un berenjenal. Como cuando estuvimos a punto de bajar una escalera porque el aparato insistía en que aquello no era una escalera sino una carretera. O cuando nos metió en una zona peatonal en la que estaba totalmente prohibido el tráfico rodado. Nos costó horrores encontrar una salida, ya que todas estaban bloqueadas por pilones. Lo que nunca he entendido como narices acabamos allí dentro si no había manera humana de encontrar un hueco ni para entrar ni para salir. O cuando acabamos encajonados en una calle sin salida, de la anchura del coche. Tuvimos que sacar el coche marcha atrás con las paredes a menos de un palmo del coche. Pequeñas anécdotas que hacen más llevaderos los viajes. Pues a pesar de todo esto, y de alguna otra más que nos ha jugado, seguimos confiando a pies juntillas en nuestro GPS. Así que dejamos que nos guiara hasta Fairy Glen. Y en esta ocasión lo hizo, sin escaleras, ni callejones sin salida.

Unos metros antes de la entrada hay una zona en la que se puede aparcar el coche. No hay parquímetros ni nada parecido. Tan solo un letrero que dice que aparcar allí cuesta 1 GBP y que la entrada a Fairy Glen son 0,50 GBP por persona. “Por favor depositen el dinero en el buzón que hay en la entrada unos metros más adelante”. Efectivamente allí estaba el buzón. Un buzón de antes de la guerra, con más años que cascorro y un ranura para depositar las monedas. Pero allí no había nadie. Toda una invitación para colarse. Pero no lo hicimos, pagamos. Bueno, casi. Tendríamos que haber metido 2 GBP en el buzón, pero solo me quedaban 1,50 GBP sueltas. Y eso metí.
Cruzamos la puerta, y cuando todavía no habíamos recorrido ni 20 metros una voz que nos llamaba desde la entrada nos obligó a detenernos. Un hombre de avanzada señalaba hacia el buzón. ¿Pero quién es este tío, Usain Bolt?. No, no podía serlo, era más bajito. Pero más rápido. Había tenido tiempo de llegar al buzón desde su escondrijo, de abrirlo, contar las monedas, volverlo a cerrar, y todavía le había sobrado tiempo, porque cuando nos llamó ya estaba en medio del camino. “Ya hemos pagado”. Pero el insistía. “Que hemos pagado, de verdad”. Pero el no daba su brazo a torcer. Tras repetirle sin éxito cuatro veces que habíamos abonado el peaje, decidimos ir hasta donde estaba el hombrecillo. Al llegar junto a él entendimos lo que nos decía. Nos habíamos equivocado de camino. La entrada correcta estaba al lado del buzón, y no en medio del camino principal por donde nos habíamos metido nosotros. “Gracias, gracias, muchas gracias”.

En aquel momento me enterneció el gesto de aquel hombrecillo. Me lo imaginé corriendo campo a través a pesar de su avanzada edad, intentando evitarnos una caminata inútil. Arriesgándose a un infarto por dos desconocidos a los que probablemente no volvería a ver nunca más. ¡Qué gesto tan bonito!. Hasta que abrió la mano, y nos enseñó las dos monedas que habíamos depositado en el buzón.
Se me cayó un mito. El tipo no era filántropo. Lo único que le interesaba eran los cincuenta peniques que habíamos dejado de meter en el buzón. “Lo siento, no tenemos cambio”. Todavía no había terminado la frase cuando abrió la otra mano, donde guardaba varias monedas. Lo tiene todo previsto, allí no se cuela ni el tato. Como os podéis imaginar, acabamos pagando las dos libras.
Aviso para navegantes, si vas a Fairy Glen, ni se os ocurra colaros. No habréis pasado por la puerta y ya tendréis al tipo ese persiguiéndoos por el camino. Muy peligroso no parecía, pero la vergüenza de que os pillen colándoos no os la evitará nadie.
El paseo comienza atravesando un bonito prado. Al poco rato el camino se bifurca en dos. El de la izquierda conduce a Fairy Glen. Para ello primero hay que bajar por una escalera de piedra irregular, en la que tienes la sensación de que en cualquier momento te vas a escalabrar. Pero no, llegamos al fondo sin problemas. En ese punto, el río traza una curva, creando un rincón precioso. A la izquierda se ve el agua que corre sobre las rocas encajonada por dos altas paredes. A la derecha el valle es más amplio y el agua se va alejando hasta llegar al siguiente recodo donde desaparece de la vista. El conjunto es espectacular. uno de los lugares más bonitos de todos los que visitamos en Gales.
La seguridad brilla por su ausencia. Durante la bajada no hay barandillas ni nada en lo que apoyarse. Como mucho alguna roca o el tronco de algún árbol. Y abajo, junto al río, menos todavía. Hacia la izquierda apenas se puede avanzar, salvo que estéis dispuestos a materos en el agua. Lo máximo que puede hacerse es saltar sobre las rocas para situarse en medio del rió y ver el corte en la roca desde ese punto. Hacía la derecha si que es posible seguir el cauce del río. Pero nada de caminos, hay que ir saltando sobre las rocas. Muy cómodo no resulta y el peligro de acabar metiendo un pie en el agua es mayúsculo. Y si solo es el pie ya os irá bien, más de uno habrá acabado totalmente en remojo. Siempre se podrá salir del paso diciendo que se estaba pescando. O no habéis oído el famoso refrán “el que quiere comer peces que ponga el culo a remojar”. La verdad es que nunca he entendido esa manera de pescar.

La única salida posible de ese lugar es volver a subir por el mismo lugar por donde previamente se ha bajado para enlazar con el otro camino, el Riverside Walk. Es un camino más sencillo, que desciende suavemente hasta la orilla del río. Resulta una mini caminata muy agradable por un lugar de ensueño. Tras un rato pegado al río, el camino se desvía a la derecha para volver a la entrada.
No es exactamente una cascada, pero no por eso pierde espectacularidad. De hecho, a mi personalmente fue el lugar que más me gusto de todos los que visitamos en los alrededores de Betws Y Coed. No os lo perdáis por nada del mundo.
Tras esta visita decidimos iniciar el camino de regreso al hotel. Pero ese día la suerte estaba de nuestra parte. Unos pocos kilómetros más adelante apareció ante nosotros un letrero que señalaba el desvío a las Conwy Falls. “Nos da tiempo de parar, vamos a verlas”, le dije a mi mujer.
De nuevo un restaurante y una zona de aparcamiento. Y otro torno. En este caso el precio era de una libra. Si al final tendré que estarle agradecido al hombrecillo de Fairy Glen. Al obligarme a pagarle los cincuenta peniques que faltaban me lleno el bolsillo de monedas. Monedas que ahora nos venían de perlas para poder pasar por el torno de entrada. Sé que a muchos os parecerá raro, pero pagamos sin ni siquiera plantearnos la posibilidad de colarnos. Sí, somos raros, lo sé. En el manual del buen turista, sobre todo si es español, hay una máxima que deja bien a las claras que cuando en un lugar no hay vigilancia es porque no hay que pagar. Si quisieran que la gente pagara pondrían a alguien que controlará la entrada. ¡Qué un letrero dice que hay que pagar!. Paparruchadas. A quién le importa un papel colgado en la pared. Como si alguien se fuera a preocupar de leerlo. Lo que os digo, si no hay nadie, es porque la entrada es gratis.¡Qué hay un torno!. Nada, lo único que hay que hacer es buscar ese punto muerto por el que queda un hueco lo suficientemente ancho como para deslizar el cuerpo por él. Seguro que todos lo habéis intentado en alguna ocasión. Pero se había hecho tarde y no teníamos tiempo para jueguecitos. Así que pagamos directamente en vez de seguir el procedimiento habitual, que consiste en hacer el ganso en el torno buscando la manera de colarse, antes de acabar pagando y cabreado con tu mujer por no dejar que sigas intentándolo ahora que ya casi lo tenías.

Una vez superado el torno, un mapa muestra los diferentes caminos que se pueden recorrer. Al final todos llevan al mismo lugar. Elegimos el primer camino que vimos y empezamos a caminar. El elegido resultó ser uno de los caminos laterales. Bordea el precipicio para ir descendiendo hasta el punto más bajo, en el que hay un mirador frente a la casada. Las vistas desde ese punto son espectaculares. Durante la bajada hay un par de miradores más con unas vistas muy bonitas sobre el cauce del río. Nos detuvimos unos minutos en todos para disfrutar tranquilamente de las vistas. Muy buenas de verdad. Sobre todo en le primer y en el último mirador. El camino continua a través del bosque para volver a la entrada. En el tramo de subida no había ningún mirador. Sin darnos cuenta habíamos realizado el recorrido circular, el más largo. Como nos gustó tanto, volvimos a bajar por el mismo camino. Quería volver a disfrutar de esas bonitas vistas. En esta ocasión para volver atajamos por uno de los caminos que iban directamente de la cascada a la entrada sin dar vueltas. También nos gustó mucho este lugar. Ceo que se merece una parada.

Y ahora sí, hacia el hotel. 65 kilómetros por carreteras secundarias, no muy anchas, pero bien asfaltadas y con poco tráfico. Eso nos permitió conducir relajadamente y disfrutar de unos maravillosos paisajes. Extensas praderas en las que pastaban tranquilamente numerosos rebaños de ovejas y alguna que otra vaca. Colinas redondeadas cubiertas de hierba. Zonas arboladas cubriendo las laderas de las montañas que enmarcan el conjunto. Solo por ver esos paisajes ya había merecido la pena desplazarse hasta Gales.
15 kilómetros antes de llegar al hotel decidimos parar a cenar. Cruzando un pueblecito en cuyo nombre no nos habíamos fijado (más adelante descubrimos que estábamos en Llangolan), vimos un sitio que nos hizo tilín, el Crown Hotel. Pedimos un trozo de brazo de cordero, un pastel de espinacas y champiñones, y unos aros de cebolla. La cena fue estupenda y muy abundante. Y por tan solo 21,30 GBP. Era el típico pub inglés, donde se reúne la gente del pueblo. Unos cenaban, otros bebían una cerveza. Un buen lugar para pasar un rato.
Por cierto si para beber se pide agua, te sirven una jarra de agua del grifo. Para hacerla más bebible le añaden unas rodajas de limón. Por lo menos no la cobran. Si se quiere agua embotellada hay que pedirla expresamente. Pero esa si que la cobran.
A las once llegábamos al hotel, tras un día en el que habíamos ido improvisando, pero que nos salió de perlas.