Nuestro primer vuelo salía a las 06:15 de la mañana, por lo que el madrugón fue bastante importante. En el aeropuerto, se ocuparon de despertarnos con un buen jarro de agua fría: La tripulación había llegado tarde el día anterior y el vuelo saldría con 2 horas de retraso. Perdíamos el vuelo de conexión con Atenas y el próximo nos obligaba a llegar a nuestro destino a las 18:00hrs, 5 después de lo previsto y perdiendo prácticamente todo el día.
No nos quedaba más remedio que tomárnoslo con filosofía aunque pusimos la reclamación pertinente. Por suerte, habíamos sido cautelosos y hecho las reservas de los demás transportes con suficiente separación para que no nos echara el viaje por tierra este tipo de contratiempos.
Desayunamos en el aeropuerto con unos vales que nos dieron en el mostrador de facturación y partimos hacia Roma, donde a nuestra llegada nos volvieron a dar unos para la comida.
Pasamos las 4 horas en el aeropuerto de Fiumicino como pudimos, entretenidos con el wi-fi y visitando alguna tienda. Cuando parecía que la odisea se acababa, nos enteramos (porque no nos informaron) de que el vuelo a Atenas salía con dos horas de retraso. Un 0 para Alitalia, sin duda.
Finalmente llegamos a Atenas a las 8 de la tarde, justo cuando el sol se ponía. Afortunadamente mi novio conocía el camino y fuimos directamente al hotel en metro sin perder más tiempo en ubicarnos.
El precio del billete del aeropuerto a la ciudad es algo caro, pero existen varias opciones:
Billete Sencillo: 8€
Billete Ida/ Vuelta. 14€
Billete de Ida para 2 personas: 14€
Nos duchamos rápidamente en el hotel y nos acercamos al centro para cenar y echar un vistazo a la ciudad y lo cierto es que la primera impresión no pudo ser mejor.
Llegamos a Monastiraki, el centro neurálgico de Atenas, y ya desde el primer momento pude comprpobar que es una ciudad llena de vida, de gente joven que se reúne con sus amigos en las calles y en los parques hasta altas horas. Muy mediterráneo.
Justo delante y presidiendo la ciudad está la majestuosa Acrópolis iluminada. Me cautivó desde el primer momento como pocas cosas lo han hecho: monumentos con miles de años de antigüedad construidos sobre una enorme roca que emerge iluminada de entre los árboles. No podía apartar la mirada.

Paseamos por las calles colindantes, echando un primer vistazo al ágora romana y a la griega, tomando nota de los románticos restaurantes que se encuentran iluminados por velas a lo largo de ésta.
Sin embargo, mi chico tenía muy claro donde quería ir a cenar: Savvas, un restaurante de comida griega que le encantó en su visita anterior. Está situado al lado de Monastiraki y el truco está en que a la hora de pedir mesa le digáis que la queréis en la azotea ¿Por qué? Por esto.

Impresionante.
Como buena foodie que soy, estaba deseando probar la comida griega y no me decepcionó en absoluto. Nos decantamos por una ensalada griega, yogurtlu kebab (una especie de longanizas con tomate y salsa de yogur sobre pan de pita) y una empanada de queso cuyo nombre en griego no recuerdo, todo para compartir.


Los platos estaban deliciosos y la raciones eran enormes, más que suficientes para los dos. El precio, increíble: 26€ bebidas incluidas. Os recomiendo encarecidamente este lugar por sus vistas, calidad, precio y servicio.
Tomamos el postre en una magnífica heladería artesanal que hay en Monastiraki y dimos un último vistazo a la plaza antes de volver al hotel en metro para descansar. Había sudo un día muy largo y el siguiente teníamos que exprimirlo al máximo.