Nuestra idea era pasar la mañana en Howth, un pueblo costero a apenas 30 minutos en autobús, pero nos tuvimos que conformar con las fotos de mi visita anterior porque el tiempo no acompañaba y nos refugiamos en Guinness Store House.
De camino, descubrimos un sitio estupendo para desayunar: The Bald Barista, situado en el 68 de Aungier St. Es un establecimiento con variadas opciones de comida y pasteles caseros con ingredientes naturales. Mi novio se comió un típico brunch y yo me decidí por un bagel de salmón… pero la estrella fue la bebida de ambos: dos enormes y deliciosos tés matcha latte de un verde muy irlandés. Recomendadísimo. La cuenta fueron 16,50€.


Paramos en Christ Church, la iglesia católica de Dublín, a verla por fuera. La entrada no es gratuita y yo por lo general no soy amiga de pagar para acceder a lugares religiosos… me parece que debían ser accesibles para todos sin pasar por caja.

Para entrar en la Fábrica Guinness tuvimos muchísima suerte. Mi amiga nos había prestado dos carnets de embajadores que algunos residentes tienen para que no les cueste la entrada cuando acompañen a sus visitas. No nos costó encontrar a un grupo de españoles que nos ayudara con el paripé. Nosotros entramos gratis con los carnets y ellos obtuvieron un 20% de descuento que no viene nada mal teniendo en cuenta el precio de la entrada, 20€, así que todos contentos.
La visita es obligada si se va a Dublín y aunque la entrada sea cara, te ofrece una completa y amena visión de lo que esta cerveza supone para el país. En sus 7 plantas, podemos conocer más de cerca el proceso de elaboración de la cerveza, la figura de su creador y todos los beneficios que la factoría supuso para la comunidad, las técnicas publicitarias utilizadas a lo largo de toda su historia y cómo aprender a apreciar su peculiar sabor, una parte que me pareció interesante a mí, que sin ser amante de este brebaje, aprendí a apreciar como se debe todos sus matices.
En la entrada ofrecen audioguías en español gratuitas, esenciales para aprovechar bien la visita, que dura como mínimo 2 horas.

Habíamos quedado para comer más tarde, pero no quisimos perder la oportunidad de probar a modo de aperitivo uno de los platos típicos irlandeses elaborados con esta cerveza que se ofrecen en uno de los restaurantes del museo. Nos decidimos por un estofado de carne con salsa Guinness y una botella de agua por 13€. No es barato, pero como buenos foodies que somos, no podíamos irnos sin probar algo típico.

No es un plato visualmente apetecible, pero tenemos que decir que el la textura de la carne y el sabor estaban bien.
La entrada incluye una pinta por persona que podéis degustar en el Sky Bar de la planta 7 con vistas a la ciudad o en un bar cerrado pero donde puedes tirar la cerveza tu mismo y obtener un diploma. La cola era importante, así que nos fuimos directos al Sky Bar para poder fotografiar la ciudad desde las alturas mientras disfrutábamos de nuestra Guinness, cuyo color nada más ser tirada es completamente distinto al que adquiere tras reposar.


Dejamos atrás la fábrica y fuimos andado hasta casa de mi amiga, que había tenido el detalle de invitarnos a comer Fish & Chips con unas magníficas vistas de Christ Church que disfrutamos mientras hicimos una sobremesa a la española.
Cuando quisimos salir, ya había anochecido y dedicamos el resto de la tarde a seguir paseando por Temple, las calles del centro e ir en busca de souvenirs y por supuesto, de la famosa taza.
Carroll’s es el paraíso para todos los que buscábamos recuerdos típicos. Tienen prácticamente de todo y los diseños son muy buenos. Nosotros teníamos claro el objetivo: LA TAZA. Nos recorrimos todas las sucursales de la cadena pero lamentablemente no encontramos la misma después de 3 años… sin embargo… encontramos una prima suya que nos encantó añadir a la colección. Mission Accomplished.

Los últimos coletazos de la tarde, decidimos pasarlos en The Bank, una cafetería del estilo a The Curch donde probamos el típico café irlandés.

No nos resistimos a la tentación de dar un último paseo nocturno por el Liffey y de disfrutar de las luces de Temple una vez más.

Terminamos cenando en un restaurante Tailandés llamado Thai Orchid, en el 7 de Westmoreland St respondiendo a un antojo de mi novio. Compartimos un pad thai, ternera en salsa, calamares en tempura y unas brochetas satay de langostinos. El total fueron 48,20€. La comida estaba buena pero hay que decir que las raciones no eran muy abundantes.

Volvimos al hotel alrededor de las 22.30 para descansar como es debido. La mañana siguiente queríamos aprovecharla bien para ver todo lo que nos quedaba.