El vuelo salió de Madrid con escrupulosa puntualidad, a las 10:10 y llegó a Dublín 30 minutos antes de lo previsto, a las 12:05 hora local. Una maravilla de vuelo y de aterrizaje, la verdad.
Hay varias opciones para ir a la ciudad, ya que puedes coger un autobús de linea o uno lanzadera. Nosotros utilizamos ambas opciones, una a la ida y otra a la vuelta. De entrada, tomamos el autobús de linea 16, que cuesta la mitad (3,60€), pero que tarda el doble (alrededor de una hora). Es muy importante tener en cuenta que los conductores ni devuelven cambio ni aceptan billetes, por lo que, en la medida de lo posible es conveniente llevar el dinero justo o comprar los billetes en las máquinas de las paradas.
El trayecto se nos hizo algo pesado hasta que llegamos al centro, pero el autobús nos dejó en la “puerta” de nuestro hotel, que estaba en la calle principal pero algo escondido. La habitación era pequeña pero cómoda y limpia con un baño de proporciones generosas, por lo que del hotel no tenemos queja. Había un ambiente juvenil pero muy respetuoso, la opción de desayunar por 3€/persona y café, té y chocolate caliente gratis a disposición de los clientes todo el día.
Dejamos las cosas y nos reunimos con mi amiga residente en la ciudad. En ese momento el cielo, que nos había recibido gris y lluvioso, dejó paso al sol y fuimos paseando en busca de algún sitio para comer que finalmente, y ante las escasas opciones de gastronomía local, fue “Pit Bross BBQ”. Fue todo un acierto, pedimos un combo que incluía 3 piezas de carne y 2 raciones a elegir para compartir entre las dos chicas y medio pollo asado con sus dos raciones para mi novio. Cada comensal tenía además incluido un cono de helado. Con bebidas el total fue de 35,95€ y estaba todo riquísimo.

Aprovechando la última hora de luz, pues en esta época anochece sobre las 5 de la tarde, fuimos a visitar la estatua de Molly Malone, que por obras ha sido reubicada delante de Saint Andrew's church.

Después entramos en el Trinity Collegue, una de las más famosas y prestigiosas universidades del mundo. Llegamos demasiado tarde para aprovechar el descuento del 50% para acceder a la biblioteca y visitar el libro de Kells si lo haces con media hora antes del cierre, a partir de las 16:01. Eran ya las 16:20 y el tiempo era demasiado escaso así que preferimos volver otro día aunque no nos beneficiáramos del descuento, pero tened en cuenta que no hace falta más de media hora para ver la exposición y la biblioteca.


Seguimos paseando por la Grafton St. y sus alrededores disfrutando de los grupos callejeros que nos encontramos a lo largo y de las luces navideñas que ya empezaban a iluminar sus comercios.

Cruzamos el Liffey para dar una vuelta por la calle O’Connell, que estaba en obras, y ver the Spire y acabamos tomando unos tés y una sidra de limón en una iglesia reconvertida en cafetería, The Church, en Jervis St.

Un lugar bastante curioso, sin duda.
Cruzamos de nuevo el Liffey para pasear por la zona de Temple Bar, plagada de luces y pubs característicos de la ciudad.

Cerca de las 20:00hrs, decidimos volver al hotel para descansar un rato antes de beber un sorbo de la noche dublinesa.
Después de una cena rápida en Subways, nos dirigimos a The Porter’s House, en Temple Bar, un local de varias plantas, música en directo y con una inabarcable variedad de cervezas que ya visité en mi primera estancia en la ciudad.

Tuvimos la suerte de conseguir asiento justo en frente del escenario y disfrutamos de las muy buenas versiones del grupo que amenizaba la noche. Yo, que no soy ni mucho menos una amante de la cerveza, la sustituí por una enorme sidra de frambuesa, pero los demás fueron fieles a la tradición y se pidieron sus consiguientes pintas a 5€ cada una.

Al filo de las 2 de la madrugada volvimos andando al hotel con la sensación de haber aprovechado bien el día.