Diez minutos tarda el ferry desde Praslin hasta La Digue, pequeña islita donde la reina es la bici, no hay apenas coches y las playas son magníficas. Nada más bajar del ferry nos recogía una furgo y yo, de pie en la parte de arriba, contemplaba de camino hacia nuestro alojamiento, lo verde de la isla y cómo la gente paseaba sin prisa, sin agobios, en bañador y con esa sonrisa permanente que se te pone cuando estás de vacaciones.

Ese día lo cerrábamos con una cena de cocina criolla compuesta de pescado y puré de lentejas.
Al día siguiente y tras un desayuno con fruta de la pasión, huevos y té, alquilamos un tándem (200 rupias por día) que nos permitiría recorrer sin prisa todos los rincones de la isla que uno desee conocer: Anse Severe, Anse La Reunion y su calmada playa con algas, la iglesia católica de Ntra. Sra. de la Asunción…
Al lado de donde para el ferry está el pueblito de La Passe donde tienes una oficina de correos para dejar las postales, tienditas, restaurantes, supermercados, take aways… Y en el interior de la isla hay una reserva para poder ver a la exótica y endémica ave papamoscas del paraíso, donde no logramos llegar.
Con la bici nos dirigimos también a L´Union State, donde se puede ver un cementerio histórico, unas pocas tortugas gigantes y seguir hasta Anse Source D´Argent, la playa más bella del mundo según National Geographic.
Allí dejas la bici y recorres un camino paralelo a la playa entre moles de granito, y ya vas eligiendo donde dejar la toalla en el único lugar de la Seychelles que vimos abarrotado, siendo difícil poner la toalla en una sombrita con tanto turista. Magnífica playa entre formaciones graníticas de lo más espectacular.
Ese día lo celebramos tomando una cerveza sentados frente al mar en el fantástico hotel Domaine de L´Orangerie viendo el atardecer sobre el Índico.
Un idílico cierre a nuestro viaje, pues al día siguiente cogíamos el ferry de vuelta a Mahe y con ello el fin de un viaje a uno de los paraísos más famosos del mundo.