Bueno, hoy toca una ligera relajación del ritmo de viaje tan duro que llevamos, el cuerpo lo pide y mañana vamos a visitar la zona de Higashiyama, que también tiene lo suyo. No sé si ya os lo he dicho antes, pero en Japón hay una gran cantidad de cuestas, y todas para arriba, y una barbaridad de escaleras, así que aquellos que estéis totalmente metidos en el sillón-ball como única actividad física les recomendaría darse un par de caminatas antes de venir para aquí. Además, tienen la curiosa costumbre de llenar de grava muchos caminos, y no sé a vosotros pero a mí me cuesta mucho más andar por este tipo de suelos, me hundo y rindo menos... serán manías...
Otro detalle respecto a los madrugones: recuerdo el primer día que nos levantamos pronto, el domingo, la cara de tontos que se nos quedó cuando vimos que la puerta de salida del ryokan estaba cerrada y que en el mostrador de recepción se indica que el horario de apertura es a partir de las 08:30... pasamos un mal rato esperando en la habitación porque muchos días teníamos planes para mucho antes, pero todo se solucionó pronto: al bajar a las 08:30 la dueña nos explicó el sencillo mecanismo de pestillos que lleva la puerta principal, no es problema.
Pues bueno, hoy toca volver a nuestro querido Toji (es como una tía viejita a la que coges mucho cariño) para ver el mercadillo que tiene lugar en los terrenos del templo cada día 21, conocido como Kobo-san en honor a Kobo-daishi, o Kukai. Lo de los mercadillos es claramente cuestión de gustos y a nosotros nos encantan y como ya he dicho antes, son el mejor sitio para comprar recuerdos y artesanía al mejor precio. El Kobo-san además goza del cariño del pueblo de Kyoto y los turistas somos afortunadamente minoría, olvidad Portobello Road inmediatamente porque como un huevo y una castaña (y eso que nosotros adoramos Londres por encima de todas las cosas). Pues bueno, probamos un par de cosillas raras de los puestos, mi señora se hizo con un obi nuevecito por 500 yens y una buena bolsa de maccha que también salió por cuatro perras. No dejaba de ser curioso cómo los fieles seguían con sus plegarias a las diferentes imágenes indiferentes a la algarabía mercadillera.
Después de esta recomendable experiencia pusimos rumbo al Castillo de Nijo. Poco puedo agregar a lo que ya se ha contado: fastuoso, maravilloso y un gran polo de atracción del turismo, así que hacer la prueba de si eres capaz de pasar sin hacer chirriar el suelo de ruiseñor (yo pude un buen cacho, toma tortuga ninja) puede hacerse complicado, pero es que hay que ser un poco capullete para preocuparse de esas cosas. De nuevo prohibido hacer fotos y de nuevo el típico estilo que ya habíamos visto en el Daikakuji y en el Daigoji para las estancias interiores del castillo. Si algún día me forro con los Euromillones prometo poner un ala de mi mansión con tatami en el suelo y decoración minimalista, estoy enamorado.




En cuanto al resto del castillo es una pena que no se hable más pues hay un importante y precioso jardín botánico en su exterior con la típica dedicación de los japoneses a lo que les gusta, es decir, una obsesión compulsiva. Los miradores sobre Kyoto en las murallas tampoco están nada mal.
Y de nuevo a rentabilizar el pase de bus de un día para llegar al Palacio Imperial. Por dentro está complicado de visitar aunque hay tours que se pueden reservar con antelación, nosotros pasamos y nos quedamos dando una vuelta por los jardines, atisbando por las murallas y charlando amigablemente con los cuervos tamaño águila imperial que pueblan Japón por los cuatro costados.

Ya va siendo hora de comer y como queremos ver Nishiki (sí, el plan era verlo pronto por la mañana pero hemos preferido el Kobo san, no me arrepiento para nada) nos vamos para el Musashi, ya toca sushi (yo me podría alimentar casi en exclusiva de sushi) y queremos hacer la comparación con el "Restaurante de los Kappas" y efectivamente, vamos a ver que nuestra amiga yanki tenía toda la razón del mundo: con todo y no ser malo, el otro gana por goleada, hacedme caso.
Pues tripita llena y volvemos a callejear por las galerías comerciales que nacen en Sanjo dori pero esta vez vamos directamente al mercado de Nishiki. Se gana el apelativo de "cocina de Kyoto" con todo el derecho, es una orgía para los sentidos de colores, olores, sabores, voces de tenderos que te atraen a sus negocios... maldices una y mil veces saber que no te va a aguantar nada que compres, así que pruebas cuatro cosas y sigues camino. Un detalle: en Kyoto se encurte todo, hasta las lechugas y es un típico souvenir que sí podéis comprar envasado, detalle original.


Y ya vamos buscando rematar el día, así que para descansar un ratito tomamos un bus y nos llegamos hasta el Kamigamo, un santuario situado en la zona norte de la ciudad. Hoy queremos visitarlo pero no hay suerte, la última visita guiada es en japonés y claro, no compensa. El entorno natural en el que se encuentra (con un cantarín riachuelo incluido) y que esté a las afueras, tan tranquilito, hace que la visita merezca la pena.

Bus y nos preparamos para la última visita del día, el Kitano Tenmangu. Éste es un santuario que siempre tiene estudiantes pidiendo suerte para los exámenes dando vueltas, ya que se venera la figura de un famoso escolástico, y tiene un porte bastante elegante, aunque algunas guías lo tachan desacertadamente de "prescindible". En este santuario también se da un mercadillo importante los días 25 de cada mes.


Y ya está, de nuevo camino a la estación de Kyoto para reservar el tren para Tokio (qué mal rolloooo...) y aquí encontramos un restaurante de los que habíamos leído en internet pero que todavía no habíamos experimentado: el restaurante a prueba de gaijines dummies. Los reconoceréis porque en la puerta tienen una especie de máquina expendedora que recuerda a las de tabaco y que da unos tickets, en cada botón de la máquina hay un plato dibujado, así que es tan simple como meter la pasta, sacar el tícket y dárselo a la persona que está en la puerta (asegúrate de que es un camarero y no un cliente esperando a sus colegas o quedas fatal). Te llevan a la mesa, y en unos minutos ya tienes tu comida. Adiós al miedo al choque idiomático. Tras sacar unas fotos (las del principio del blog se sacaron esa noche) volvemos al ryokan para hacer una colada. La lavadora y la secadora funcionan con monedas y poco hay que contar al respecto, salvo que la secadora apenas seca nada, luego tendremos la misma en el hotel de Tokio y es un poco desesperante.
Buenas noches, niños.