Empieza nuestro último día en Kyoto ya que mañana salimos para Tokyo a primera hora, y para no ser menos, madrugamos ya que cierto incauto autor de este diario ha visto en Internet que el Kiyomizu-dera abre a las siete de la mañana y piensa llegar prontito para evitar las hordas. Tras el desayuno vemos que hoy va a ser un día más bien húmedo, cielo cubierto y paraguas a cuestas. Lo de los paraguas en Japón ya se ha contado pero no me resisto a ello: el despiporre. Se venden en cualquier parte y los hay de todos tipos y tamaños. Recomiendo los de todo-a-cien y si eres grandote gástate un poquito más pero no mucho. Se suelen dejar en soportes a la entrada de los templos y como todo el mundo lleva más o menos lo mismo, lo normal es que el que sale trinca el primero que ve y punto, así que si te compras uno que te mole mucho lo mismo al salir no está. A nosotros nos pasó en el primer templo que visitamos (Sanjusangendo) con unos paraguas que nos habian prestado en el ryokan y desde entonces, ojo al parche.
Bueno, pues bus hasta Gojozaka y paseo (cuesta arriba) hasta la entrada de Kiyomizu, el templo del agua sagrada. Recordad que hoy recorremos Higashiyama, una zona montañosa y que contiene algunos de los puntos más conocidos turísticamente de Kyoto, además de estar mucho más integrada en el casco urbano de Kyoto que su barrio hermano del oeste, Arashiyama. Y primera sorpresa del día, efectivamente son algo más de las ocho y el templo está abierto, pagamos nuestra entrada, pero con zonas cerradas (Kannon, por ejemplo) y con obras... que impiden el acceso a la famosa fuente de los tres caños, rehabilitación de la zona. Nos dedicamos a recorrer este gran templo que pertenece a todas las sectas del budismo y que es uno de los más queridos de todo Japón. No faltan los altares de Jizo, imágenes graciosas (como la que veis que parece decir ¿qué he hecho yo para merecer esto?)





Entre unas cosas y otras se ha hecho la hora (las diez) y ya han abierto la sala de Kannon, sobrecogedora, y por supuesto no se pueden sacar fotos. A la entrada se acumulan los estudiantes aunque parece que la cosa no se pone todavía agobiante y vemos algo que se nos había pasado por alto: hay una especie de soporte de armas en la entrada con varias lanzas de las que dos se pueden mover. El truco es que la primera, aunque pesada, es perfectamente móvil pero la más grande.... no hay "pebrots".
Con mi ego masculino herido pero no muerto nos dirigimos a lo que se va a constituir en el muestrario más claro de supermercado de la fe en todo el viaje, Jishu jinja, dedicado a un espíritu que procura la suerte en el amor y que se representa por un conejo... sin comentarios. En esta zona están las famosas piedras entre las que hay que caminar con los ojos cerrados para conseguir el amor verdadero, y una miriada de puestos de amuletos que hacen la delicia de nuestros estudiantes adolescentes. También encontramos el momento inquietante en la figura de un árbol donde las mujeres de Kyoto venían de madrugada a clavar muñecas de papel en su corteza para procurarle la desgracia a sus adversarias o enemigas. Mola mucho ver la cantidad de agujeros que todavía hoy se aprecian en la corteza.
Con estas salimos del templo, que nos ha encantado y bajamos hacia las calles Sannenzaka y Ninenzaka. Recordad no tropezar, ya que cada una de ellas procura tres y dos años de mala suerte si se hace, y ya os digo que con el suelo húmedo es complicado, casi todo el tiempo cuesta abajo. De camino oimos unas voces potentes y vemos subir a todo trapo a unos clérigos (clavaditos a Raiden, de Mortal Kombat) con sus letanías de camino al templo.


Volviendo a lo nuestro, estas calles se han hecho famosas por su restauración que recrea el Kyoto antiguo. Hay bonitas tiendas pero eso sí, con mercancias a bonitos precios, incluyendo este Totoro tamaño king-size:

El barrio ha quedado muy logrado y no desmerece para nada a otros como Naramachi pero a mí me sigue gustando más Arashiyama, qué le vamos a hacer. En primavera y otoño se hacen iluminaciones especiales de la zona, estad atentos.
Seguimos hacia el parque Maruyama y antes entramos al Kodaiji. Este templo fue hecho construir por la mujer del todopoderoso Toyotomi Hideyoshi y cabría destacar el delicioso trabajo de jardinería que engloba con unas casas de té recónditas y maravillosamente diseñadas. De todas formas, el aspecto más famoso de este templo está curiosamente fuera de él: una enorme imagen de Kannon de piedra al aire libre que parece ir a ponerse en pie de un momento a otro. Inciso: en Japón también hay leyendas respecto a Budas y otras imágenes que se dejaron al aire libre después de que un desastre natural destrozara el templo que las contenía, interpretando que estar al aire era la voluntad del Ser Superior. Esto también aparece en el budismo tailandés, en Sukothai para ser exactos.

Pues nada, cuesta abajo que se nos va pasando la mañana y llegamos al Parque Maruyama, pero llueve y vamos estando algo cansados, así que decidimos ir directamente hasta Chion-in y.... ¡vaya pedazo de puerta! La más grande vista hasta ahora y que da idea del poderío de los propietarios del lugar (la secta Jodo, estos japos son unos cachondos, budismo Jodo, budismo Shingón... mamá quiero ser budista) y VAYA ESCALERAS. Si las subís corriendo y de un tirón no creo que ganeis el cielo pero sí mi admiración. Tela. Una vez arriba llama mucho la atención el carácter majestuoso del templo, es realmente un palacio. Y como no podía ser menos, donde hay poder hay sangre, así que nos encontramos con algo tan curioso como suelos de ruiseñor en un lugar de oración y recogimiento espiritual... toma paradoja.


Vamos buscando un lugar donde comer y en principio buscamos un restaurante en concreto en la zona de Gion pero como no lo encontramos, acabamos en un local de la avenida principal donde tenemos una buena comida pero sin mayor historia. Empezamos a tener una cierta sensación de "esto se acaba" aunque todavía queda todo Tokyo (más de medio viaje) y Kyoto nos ha enamorado. Ahora, desde casa, es más fácil alegrarte dándote cuenta de la cantidad de cosas que dejamos sin ver (Kurama, Kibune, Ohara, más tiempo en la zona de Inari, Koya-san...) y aunque tardaremos unos años, ya tenemos claro que queremos volver.
Tras la comida, bus y a por el Nanzenji, otra visita que quiero remarcar como muy recomendable. Parece un resumen de todo Kyoto: templo importante que comenzó como un palacio, agradables jardines (como el del Salto del Tigre... ¿os he dicho ya que quiero ser budista?), un jardín seco o de rocas que para mí en nada desmerece al de Ryoanji y, entre otras cosas, una enorme puerta de entrada con escaleras que dan a un gran mirador. Además está en un parque y algo retirado del resto de atracciones de la zona. Muy muy recomendable, amigos.

Para rematar el día nos llegamos a la zona del Ginkakuji pero no vamos a entrar, nos consta que está cubierto de andamios y hoy ya llevamos una buena ración de jardines. Nos quedamos paseando no sin cierta anticipación melancólica por el Paseo del Filósofo, viendo los frutos del cerezo asomar ya rojos y las enormes carpas que pueblan los riachuelos por estos pagos.


¡Pero arriba el ánimo, que vamos a cerrar el día a lo grande! Volvemos con el bus hacia el hotel buscando dónde cenar y encontramos un restaurante con una chica anunciando la mercancía vestida de yukata que nos llama la atención, así que paramos el bus y vamos a bajar, qué curiso, en Sanjo-Kawaramachi, donde los kaiten-sushi. Os doy la manera de llegar porque merece la pena: os poneis de espaldas a la entrada a las galerías y al restaurante de los Kappas y veréis una calle como esta:


Aquí vamos a cenar shabu-shabu, un plato conocido por los fans de Shin-Chan aunque él lo llama "chucu-chucu". Consiste en cocinar en tu propia mesa, como el sukiyaki. Te traen los ingredientes, básicamente carne y verdura y te ponen un hornilloeléctrico con una perola y tofu dentro. Te traen un bol de salsa y el tofu se saca y se pone en la salsa. Se meten los ingredientes y la carne, que viene cortada finísima, se moja tres veces en el agua y ya está. Se moja todo en la salsa y para adentro. Tienen unos precios fantásticos, muy baratos ya que el shabu-shabu puede valer más de 5000 yens por cabeza y aquí, con una buena ración de ternera sale por 1650 y con cerdo por 950, elegimos la ternera y nos lo pasamos genial, directo al número uno de nuestra lista de recomendaciones. Además la clientela es casi exclusivamente japonesa, otra garantía, y el sushi no envidia Tsukiji para nada. Ahh, se me olvidaba, también te traen unos fideos (udon o soba, depende) para rellenar, los tienes que echar en el caldo cuando ya te lo estés acabando todo, así cogen el gustito de los demás ingredientes.
Felices y con la tripita llena, vuelta al ryokan y a dormir, que mañana vamos a la capi. Estoy emocionado, deseo conocer Tokio con todas mis fuerzas y ya os digo que colmó mis sueños más desbocados. Buenas noches, criaturitas.
