Miércoles, ya no queda ni resto del jet lag y lo de madrugar es algo cotidiano en España que hemos hecho nuestro en Japón. Diciéndolo de manera egoísta, no deja de ser oscuramente placentero ver las caras japonesas cuando eres casi el único sino el único demonio gaijin en un tren antes de las ocho de la mañana. Y hoy nos va a rentar el madrugón porque se va a cascar un día de sol y humedad (como en la Terreta, qué guapo) de los que hacen época. Repito: penita me dan los que se paseen por aquí en Julio-Agosto.
El tren local de JR a Nara hace mil y una paradas, mi recomendación sería esperar a alguno de los expresos que hacen el camino saltándose unas cuantas como hicimos a la vuelta. El caso es que por la mañana nos metemos en un vagón atestado de estudiantes de secundaria aunque por una vez no van de visita al mismo lugar que nosotros, debe haber un par de institutos por el camino porque al llegar a la antigua capital del país el tren va casi vacío.
Debe ser por la infinidad de imágenes majestuosas de Nara que uno ve en las guías lo que hace que la llegada sea un poco decepcionante... vaya, pero si es una ciudad normal y corriente... cemento y cristal y gente... ¿dónde está lo imperial? Anda, la estación en obras, qué cosas...
Bueno, que no cunda el pánico, todo es tan simple como cruzar la avenida que tienes delante al salir de la estación, girar a la izquierda y llegar a una gran avenida que se abre a tu derecha unos doscientos metros más allá: ya estás en la típica calle comercial japonesa, con megafonía y música suave, a veces infantil, que ya se nos ha hecho familiar. Andando por esta avenida, además de llegar a varias galerías comerciales con tesoros como un Daiso (un todo a cien donde luego haremos nuestras primeras compras), se llega a las atracciones principales del lugar, empezando por el Kofukuji, un templo trasladado desde Kyoto y que en tiempos tuvo 175 edificios, aunque ahora sólo queda un puñado. Nada más entrar vemos unas señoras haciendo ofrendas y orando ante una pequeña figura de Jizo, le echan agua con un cazo por la cabeza y repiten una letanía. Pero lo que de verdad impresiona es la pagoda de cinco plantas que se vislumbra y que es la segunda del país apenas unos centímetros por detrás de la de Toji... ¿creéis que tenían complejo de algo? Y mira, obras!!! qué bien, yo que creía que nos íbamos de Japón sin ver un paleta!! Bromas aparte, es un bonito aperitivo para "lo gordo" que como bien es sabido se encuentra en el Parque de Nara o Nara-koen. También hemos podido ver una comitiva de peregrinos rezando con un típico sacerdote budista. El tono de voz que ponen estos sacerdotes para sus oraciones/sermones es bastante cómico, gutural y exageradamente ceremonial, al igual que los monjes shinto, pero no dejo de imaginarme lo que deben pensar ellos de los trajecitos que lleva la curia occidental...




Bueno, pues ya estamos en el parque camino del Todai-ji y desde hace un rato el número de ciervos y escolares no deja de incrementarse. Los ciervos siguen una rutina marcada: turista-debe llevar galletas-dame galletas-dame galletas-ya no te quedan/no tienes-adiós. Son tan tranquilos como los de Itsukushima pero algo más carroñeros. Con todo y con eso, picamos y les damos de comer.
Los escolares siguen una pauta más anárquica (maldito libre albedrío) pero también van en grupos muy bien organizaditos, entre los que destacan la clase de las rosas y la de los girasoles.


Es difícil no buscar a Shin-chan en medio de todo esto, pero nadie enseña el culo así que... para compensar, cuando el grupo se marcha del templo van cogiditos de a dos de la manita y se ponen a cantar con la maestra... qué tiernoooo...
En cuanto al Todai-ji, realmente poco nuevo se puede añadir: la puerta de acceso es espectacular, las tallas de los guardianes... uffff... y el edificio en sí ya colma las expectativas de cualquier carpintero psicópata. Detalle curioso: los remates dorados del techo son peces, amuletos contra los incendios ya que son animales acuáticos. Tontería si se quiere, pero el lugar no se ha incendiado y teniendo en cuenta el historial de los templos japoneses, ya impresiona, ya. De todas maneras a mí lo que más me va a impresionar es la maqueta que hay dentro del Daibutsu-den o sala del Gran Buda: una maqueta que muestra el esplendor de Nara cuando las construcciones de templos, pagodas, etc. estaba al completo y que se hace difícil de imaginar. El Gran Buda es enorme, pero no es el más bonito que veremos en el viaje: el de Kamakura gana por goleada. A sus lados hay varias figuras de Iluminados, carteles explicativos de los detalles de las figuras (no os perdáis el cartel de los pétalos de loto... yo lo fotografié y todavía no me entero de la mitad de las cosas que cuenta) y unos guardianes con una pinta realmente fiera. No hice la prueba de pasar por el orificio de la famosa columna de madera: primero, porque yo ya sé que tengo pocas luces, no voy a alcanzar la iluminación ni heredando Endesa y segundo porque se necesitan tres agujeros de ese tamaño para que yo pase tan sólo el cabezón.







Ahora llega la parte interesante del día, al salir del Daibutsu-den recomendaría encarecidamente invertir un poquito más de tiempo y no salir a escape, huir de la horda general y hacer un poquito de piernas subiendo cuesta arriba hasta llegar a la zona del Nigatsudo y Sangatsudo. Son varios templos en la cima de una colina, con un intenso olor a incienso, mucha menos gente y que me recuerdan inmediatamente al Daigoji. Tienen una gran riqueza arquitectónica y artística y ofrecen además zonas de descanso, a la sombra, frescos, que hace que merezca mucho la pena pasar por este rincón algo más dejado de la mano. Un rincón muy especial que vuelvo a recomendar.

Siguiendo la ruta, pasamos por delante de la entrada de una zona conocida como colina Wakakusayama y que se encuentra lleno de pequeños buses con grupos de jubilados que van a hacer trekking... a las once... y con la que está cayendo... se me fríen los sesos sólo de pensarlo, pero bueno. Seguimos adelante y llegamos al Kasuga Taisha, un bonito santuario donde llegamos a ver las postrimerías de una ceremonia nupcial. No pude sacar fotos a tiempo pero no me preocupa, ya llegará Meiji Jingu. El lugar es el típico santuario sintoista, de hecho se parece mucho al que vimos ayer, pero en medio de la montaña. Me encantó la profusión de pequeños santuarios dispersos y las lámparas de bronce en los pasillos.

Sigue el paseo por el bosque, un largo y provechoso paseo donde el ambiente es realmente encantador y aunque teníamos pensado ir al Shin Yakushiji, cuando salimos de nuevo a la civilización desde el parque va siendo hora de comer y el calor está en todo lo alto, así que nos dirigimos al estanque desde donde se sube al Kofukuji y buscamos el restaurante Asuka Tempura. Se encuentra muy fácilmente siguiendo el mapa de la Lonely Planet y merece muchísimo la pena. No solo sirven tempura y los menús que traen son completos, diría que menús kaiseki. La tempura en su punto justo, nada aceitosa y el sashimi muy rico. Están acostumbrados a los extranjeros y de hecho llegan dos grupos mientras comemos nosotros. Con todo, tienen la suficiente clase para mantener un ambiente íntimo y relajado en las mesas. Un diez en todo, y precios de mercado, o sea barato barato. Te da auténtica pena que esta gente no coja propinas porque se la ganan y bien.

Después de la comida, paseo por Naramachi para ver los comercios antiguos y ya que estamos, vamos a los comercios nuevos y gastemos, que para eso somos parte de una sociedad capitalista. Como ya dije en el blog, las fundas de plátano del Daiso tienen un tamaño sospechosamente enorme y que los orificios tengan forma de corazón siguen aún hoy haciéndome dudar de la auténtica razón de ser de estos artilugios. Recordad lo solitas que están las amas de casa japonesas, pobrecitas.
Pues ya estamos en la estación de vuelta y aquí tenemos otro episodio curioso y encantador: un abuelito que nos ve esperando el tren local nos enseña el truco del almendruco y nos insta a subir a un tren expreso, una vez dentro (él también lo coge) nos enseña las diferentes líneas que están dentro esquematizadas y nos explica (tiene un inglés decente, cosa que nos va a sorprender durante todo el viaje: los ancianos hablan inglés mejor que los jóvenes, al contrario que lo esperado) que estos trenes se saltan bastantes paradas, aunque sí que para en Inari, como queremos. Durante el viaje nos saca información sobre España ya que planea visitar esta zona de Europa con Francia e Italia en algún momento y el viaje se nos pasa rápido.
La visita de Inari es lo más simple del mundo ya que el santuario se encuentra conforme sales de la estación, sin pérdida.








Tiene poca historia que contar: es la cabeza de los más de treinta mil santuarios dedicados a la deidad-zorro que se relaciona con la cosecha del arroz, y por lo tanto, con el bienestar económico en general. Ello explica la cantidad de toriis, que son donaciones de las distintas empresas por el éxito en los negocios. La cámara echa humo, el lugar parece sacado de otro mundo y la sensación de que vas a ver a un espíritu (acentuada porque está cayendo el sol y la luz es muy especial) va en aumento. Me prometo firmemente volver para recorrer el lugar de cabo a rabo, algún día. Compramos un pequeño torii de recuerdo que ahora adorna el recibidor de casa y nos vamos al ryokan, que estamos molidos, pero nos quedan energías para cenar, de nuevo en la zona de la estación, una mina. Buenas noches, niños.