Llegamos a Nairobi a las 06:00 de la mañana (yo sin pegar ojo en toda la noche, por cierto). Nuestro conductor (que también es nuestro guía) nos espera a la salida del aeropuerto y conocemos a nuestros compañeros de viaje, otras dos parejas que están de luna de miel también, de nuestra edad más o menos y además muy majos. Para nosotros fue una de las sorpresas agradables de éste viaje, y aunque en ese momento no lo sabemos, forjaremos en los próximos días una amistad que nos llevamos a casa para siempre. El coche es un 4x4 Toyota Land Cruiser, de 8 plazas. Quedamos de acuerdo los seis en ir cambiando de asiento cada día, así repartimos un poco las comodidades e incomodidades de cada parte del coche. Y también acordamos dar la propina al chófer la última jornada de acuerdo al servicio que nos preste durante los próximos días.
Salimos del aeropuerto dirección al Parque Nacional del Monte Kenia. En concreto nos alojaremos en el hotel Serena Mountain Lodge. Debemos ir dirección Nairobi y pasar de largo para coger la carretera hacia nuestro destino. Pues bien, pillamos el padre de todos los atascos. Es increíble ver la cantidad de vehículos que se amontonan en una vía de (supuestamente) tres carriles, en la que llegamos a ver hasta 6 vehículos alineados a la vez en la carretera. Gente cruzando por medio de la “autovía”, autobuses subiéndose a las aceras del arcén para adelantar… toda una aventura. ¡¡Y lo que más nos llama la atención es que nadie pita!! Con un follón de semejantes dimensiones, en cualquier ciudad de España más de uno funde el claxon, por no decir de los “piropos” que nos echaríamos entre los conductores. Es entonces cuando nos damos cuenta de que en Kenia se vive a otro ritmo: polepole, hakuna matata rafiki dice nuestro guía (que se traduce como poco a poco, sin preocupaciones amigo).
Nos explica también que al estar en un atasco yendo despacio es mejor no exponer cosas de valor si llevamos las ventanas abiertas (relojes, cámaras) porque hay muchos rateros, y nos recomienda no sacar fotos de los transeúntes y los conductores, porque hay algunos que se enfadan y pueden apedrearte el coche, e incluso algunos te persiguen y te exigen dinero por haberles sacado una foto, según dice él. Por precaución sigo las recomendaciones de nuestro guía y es por esto que no tengo ninguna foto de las afueras de Nairobi ni de ningún ciudadano keniata, excepto de algunos con los que entablamos cierta amistad, pidiendo permiso antes de sacar foto. También es conveniente explicar que en Kenia está PROHIBIDO sacar fotos de la bandera, del presidente y de la fuerzas de seguridad del estado.
A mitad de camino, paramos en nuestra primera curio shop (la primera de muchas). Me llama la atención la cantidad de figuras de ébano que tienen:

Ojo con el ébano, que os pueden dar gato por liebre. El ébano es más pesado, en la mayoría de figuras de ébano si te fijas bien puedes ver las típicas vetas propias de la madera y si lo rascas con una navaja el color no varía. La madera pintada, además de ser más ligera, tiene un tacto “gomoso” o “plástico” debido a la pintura, el color es completamente uniforme y si lo rascas la pintura salta y queda al descubierto el verdadero color de la madera. Además, se nota sólo con oír el sonido de la navaja al rascar. Pedid que os rasquen la parte inferior de la figura, que no se ve cuando está expuesta, y si no tienen nada que esconder os lo rascarán sin problemas y os aseguraréis de que estáis comprando ébano. A mí me colaron una figura de un elefante pequeño, pero sólo una. Luego me llevé otro elefante y una jirafa, previa rascada navajera por parte del dependiente para cerciorarme de que las figuras eran de ébano, y os aseguro que la diferencia se nota. De tanto mirar, llegué a adquirir cierta práctica distinguiendo los materiales de la figuras.


No nos parece gran cosa visto desde fuera, pero por dentro está bastante bien. Nos recuerda a los típicos hoteles cercanos a las estaciones de esquí, todo de madera por dentro, con su fogata en el interior para calentarse. Nos reciben con una toalla húmeda para quitarnos el polvo del camino, y con un zumo. Nos instalamos y vamos a comer. En este hotel tuvimos problemas con el cambio y con las facturas de las bebidas. Con el cambio “barren para casa” de una manera muy descarada, de tal manera que nos dio la impresión de que nos querían engatusar para que consumiéramos, para pegarnos la clavada con el cambio. Quizá fue cosa nuestra, pero el servicio del restaurante de este hotel no nos dio buena impresión desde el primer momento. Como digo, quizá fue cosa nuestra y de nuestros recelos, pero tuvimos cierta sensación de ser un poco timados. A las tres parejas nos dio esa impresión. Deberíamos haber llevado moneda local cambiada en el aeropuerto, o haber parado a cambiar en algún banco de camino, pero no caímos en la cuenta y pagamos la novatada.
Después de comer, vamos a la habitación con la esperanza de ver los primeros animales y sacamos algunas fotos desde la pequeña terraza trasera de la habitación, que da a una charca donde los animales se acercan a beber:

El entorno me parece precioso, con bosques frondosos a ambos lados del hotel, y sendas por donde los animales caminan hacia la charca.
Tras esperar un rato en el balcón, y con el cansancio del viaje estrujando mis párpados, me quedo frito en la cama del hotel… durante unos pocos minutos, porque de repente mi mujer (qué raro me suena todavía eso de decir “mi mujer”) me avisa de que se acerca una manada de búfalos a beber:


Se quedan toda la tarde cerca de la charca, y no aparece ningún animal más. Llegamos a ver a lo lejos algún impala moverse por la espesura, desconfiada de acercarse a la charca, y nada más. Pasamos la tarde entre búfalos, y unos cuantos monos de sykes, que aparecieron de repente, y que van de balcón en balcón desvergonzadamente, a ver lo que pillan:

Con la llegada de los monos empezamos a oír gritos y alguna maldición en varios idiomas diferentes. Llegamos entonces a intuir dos cosas: una es que en el hotel se alojan huéspedes de nacionalidades muy variopintas, y otra es que los monos son lo suficientemente caraduras como para colarse en las habitaciones. Después de echarnos unas cuantas risas y escuchar un estridente “OH MY GOOOOD!!! GO AWAAAAAY!!! GO AWAAAAAAAAAAAAAY!!!” decidimos que la puerta de la terraza de la habitación está mejor cerrada.
Cuando cae la noche vamos a cenar, no sin antes equiparnos con nuestros forros polares y nuestros pañuelos para el cuello, porque en este Parque Nacional al anochecer la temperatura cae bastante; hay que tener en cuenta que estamos a unos 2200 metros de altitud. La lumbre en la zona común del hotel hace su trabajo por la noche.
En este hotel tienen un servicio para avisarte si se acerca algún animal a la charca durante la noche. En la cena, pasan con una lista en la que indicas el número de tu habitación, y los animales que te interesa ver. Si se acerca a la charca alguno de los animales que indicas, te tocan a la puerta. Dijimos a todos los animales “yes” excepto a los búfalos porque los tuvimos toda la tarde haciéndonos compañía.
Nos fuimos a dormir y en la habitación nos encontramos una sorpresita en forma de tarta en la que ponía congratulations. Detallito para los recién casados. No nos acabo de hacer mucha gracia que entraran en la habitación sin avisar mientras estábamos cenando porque teníamos algunas cosas de valor repartidas por las mesitas y por la cama, pero bueno… es lo que hay. No nos faltó nada. Y no será el último hotel en el que nos entren en la habitación sin avisar.
Tengo que decir que, si bien a nosotros no nos faltó nada, una pareja de las que iba con nosotros tuvo algún problema que otro. No voy a entrar en detalles porque no procede. La pena es que se dieron cuenta del "problema" el día siguiente y no pudieron hacer nada más que notificárselo al guía.
Esto junto con el tema de los cambios y las bebidas, no nos dejó buena impresión respecto al servicio de éste hotel, si bien las instalaciones y el entorno nos parecieron encantadores.