Despertamos temprano. Los primeros dos segundos resultan desconcertantes para quien no está acostumbrado a dormir en un hotel cápsula. Una experiencia peculiar, del primer al último minuto.
Ahora toca probar el sento con el que cuenta el Apaiser. Un sento es un baño comunitario en el que hay una zona de ducha, por la que hay que pasar primero y en la que no te duchas de pie sino sentado en un taburete, y otra zona en la que hay varias bañeras (piscinas pequeñas) de distintos tipos y a distintas temperaturas, que varían según el tamaño y el estilo del sitio. En este caso hay cinco piscinas, con o sin burbujas, que van del caliente tengo-una-cuenta-a-medias-con-Bárcenas-en-Suiza al frío encuentro-nudista-navideño-en-Alaska.
Antes de entrar tengo varios problemas culturales. El primero es que no tengo claro el funcionamiento del asunto y me entran dudas sobre si el acceso a esa zona está incluido en lo que hemos pagado, porque la gente que veo entrar lleva una pulsera-llave (la llave de la taquilla va incorporada a la pulsera, cosa bastante práctica) de distinto color. Finalmente decido -y acierto- pensando que quienes llevan la pulsera de otro color han pagado por entrar al sento pero han dormido en el hotel. El siguiente problema ha perseguido a gaijin (forma poco abreviada y poco respetuosa de gaikokujin, que significa “persona de un país de fuera”) durante siglos: en Japón los tatuajes están muy mal vistos por su relación con el mundo del crimen, hasta el punto de que en piscinas, sentos o gimnasios prohíben la entrada a quienes los lleven. El tradicional rechazo ha ido menguando, y cuando se trata de extranjeros no está tan mal visto, pero sigue siendo un problemilla. Tengo un tatuaje en el omóplato. Debo esperar a que en la zona de acceso no haya demasiada gente para poder desnudarme discretamente, sin que el tatuaje se vea. Hecha la maniobra ninja entro con la pequeña toalla que se usa en los sento colgada por encima del hombro, tapando la tinta, y tengo cuidado de que no se vea en ningún momento. Es posible que no hubiera sucedido nada, pero no quería correr el riesgo de una muy amable -no hay que olvidar que estamos en Japón- expulsión. Disfruto de un rato es cada una de las piscinas, obviando la más fría, y lamento no poder quedarme un par de horas.
Salimos del Apaiser para toparnos con un día frío y lluvioso que no logra doblegar nuestro entusiasmo. Vamos a dedicar un par de horas a ver algunos de los greatest hits de Nagoya hasta coger el tren para Kioto, y empezamos por la zona de la Torre de Nagoya. Desayunamos casi debajo de la torre y, estudiando la situación, decidimos que subir a la torre -de 180 metros, inaugurada en 1954- no tiene mucho sentido en una mañana así de gris. Nos acercamos a Oasis 21 en un centro comercial con una curiosa estructura elevada por la que -de no ser porque está cerrada por la lluvia- debe de ser entretenido pasear. Nos queda curiosear un rato por las tiendas antes de encaminarnos al Castillo de Nagoya.




El trayecto shinkansen a Kioto es de solamente una hora, así que decidimos no comer en el tren. Error. No solo porque llegamos algo tarde para la hora de comer japonesa sino también porque teníamos una reserva para cenar bastante temprano (incluso para la hora de cenar japonesa). En general creo que siempre es mejor comer un bento en los trenes para ahorrar tiempo (OJO: comer en los trenes de largo recorrido es normal y educado, pero comer en el metro o en trenes de corta o media distancia NO). Comemos, pues, al llegar a Kioto, en la misma estación, y nos encaminamos a nuestro primer alojamiento en la ciudad. El Gion Minami House resulta ser un gran acierto a nivel calidad-precio, por su ubicación y por todo en general. Al llegar es cuando recordamos la hora de la cena, unos 4 minutos antes de la hora de la reserva, pero el muchacho de recepción entiende bastante inglés y es tan amable de llamar al restaurante para explicar que llegaremos un poco tarde.
La cena de esta noche es la segunda de las tres que hemos reservado con tiempo. Nos encanta la comida japonesa y nos gusta poder improvisar, pero hay un par de cosas que tenemos claras. Una de ellas es que queremos cenar una buena carne de Kobe. El sitio al que llegamos con retraso es el Itoh Dining. A todas luces una buena elección. Es un restaurante elegante, en el que se puede elegir entre sentarse en una barra con la plancha delante, en la que puedes ver trabajar al cocinero, o en una mesa. Por la noche sus menús están entre los 50 y los 140 euros por persona, y a la hora de comer van de los 22 a los 85 euros. Es común que haya una gran diferencia de precio entre la comida y la cena en restaurantes de cierto nivel.

Salimos felices y nos acercamos dando un paseo hasta el santuario Yasaka. Por la noche permanece abierto, al igual que el Fushimi Inari, y lo recorremos bajo una fina lluvia. Nos compramos una lata de cerveza -eligiendo de nuevo por su belleza, pues no sabemos distinguir unas de otras- para beber camino de casa.
Nos mojamos un poco. Mañana será un día largo. Todo bien.
