Jueves, 17 de Agosto:
Para este día teníamos planeada una excursión de día completo fuera de Tokyo que nos llevaría al punto más norteño que visitaríamos de Japón en este viaje. Un trayecto de unas dos horas de tren, con un trasbordo en la ciudad de Utusunomiya, nos llevó hasta Nikko. Esta ciudad está ubicada en la prefectura de Tochigi y su nombre significa "luz del sol", algo que es realmente irónico porque fue uno de los días que más llovió en todo el viaje, si no el que más.
Nikko es famosa por sus templos, ubicados todos en una colina y fácilmente accesibles. El conjunto de templos y santuarios está declarado Patrimonio de la Humanidad. Además, los alrededores de la ciudad, en plena montaña, también son muy reconocidos y hay parques nacionales, cascadas, balnearios, etc. Debido al mal que tiempo que nos hizo no aprovechamos demasiado bien el día, aunque sí que vimos lo que más nos interesaba. Nuestra intención era coger el bus a la salida de la estación de tren que lleva directamente a la zona de los templos, pero había una cola enorme y teníamos que esperar mucho tiempo, así que decidimos ir andando ya que todavía no estaba lloviendo y son sólo unos 20 o 30 minutos andando, depende del ritmo de cada cual. Menos mal que lo hicimos, porque en la calle principal que sube hacia los templos había mucho atasco y el tráfico apenas avanzaba, así que hubiéramos tardado más en bus.
Lo primero que visitamos fue el puente Shinkyo, considerado uno de los tres puentes más bonitos de Japón. El puente en sí no me pareció nada del otro mundo, pero su color rojo contrasta perfectamente con el verde de las montañas circundantes y el río que tiene por debajo añade más encanto aún. Para poder acceder al puente hay que pagar 300 yenes pero se ve perfectamente desde la carretera normal. El puentefue construido como acceso al mausoleo del primer Shogun Tokugawa, cruzando el río Daiya. Tiene una longitud de 28 metros de largo y hay constancia de su existencia desde al menos el siglo XVII. Una inundación destruyó el puente original en 1902; el actual es una reconstrucción de 1907.

Rinnoji
Tras hacernos algunas fotos con el puente subimos al primero de los templos que vimos en Nikko, el Rinnoji. Para entonces ya se había puesto a llover y al llegar al templo nos llevamos una decepción. Sabíamos que estaba en obras, aunque era visitable. El salón principal, el Sanbutsudo, está completamente cubierto por andamios y aunque han tratado de decorarlo para ver la imagen del templo por fuera no es lo mismo. Además, aunque se puede entrar, ell interior también está todo el obras y la visita se quedó muy deslucida.

Rinno-ji llegó a tener 109 edificios, pero para 1882 solamente quedaban quince de ellos. El Recinto de los Tres Budas, o Sanbutsu-do, es el mayor recinto de Nikkō. El edificio actual fue construido en 1646, aunque la tradición señala que fue antecedido por otras construcciones desde el año 848. En su interior se encuentran las efigies de Amida Buda, Senju Kannon, y Bato Kannon, cada una de ocho metros de altura. Los tres budas dorados del templo apenas se pueden ver tras una reja y está todo lleno de tablas, barandillas, etc.. En resumen, una visita que nos podíamos haber ahorrado ya que no nos pareció nada interesante.
Horario: Diario de 8.00h a 17:00.
Entrada al Sanbutsudo: 400 Yenes. Casa del tesoro y Jardín Shoyoen: 300 Yenes.
Tōshōgū:
Si tuviera que elegir un sólo templo para visitar en todo Japón, sería éste. Es magnífico, muy bonito y con varias estancias. Mezcla los estilos, sintoista y budista, y tiene un colorido distinto a otros templos que visitamos. Lo malo, además de la lluvia que caía, es que había muchísima gente, pero aún así lo disfrutamos mucho. Fue construido desde 1634 hasta 1636, en los primeros tiempos del período Edo, para Tokugawa Ieyasu después de su muerte. El templo tiene una parte alta, a la que se llega a través de una escalinata de piedra que sube la montaña. Actualmente está considerado como tesoro nacional de Japón.

En este templo se encuentra las esculturas de Los tres monos sabios. Los Tres Monos Sabios o Místicos, que se tapan con las manos respectivamente los ojos, oídos y boca, están representados en una escultura de madera en el santuario de Toshogu, en Nikko, Japón. También se pueden ver una escultura de un gato y de un elefante, ésta última hecha por un artesano que no había visto un elefante en su vida y que sólo los conocía de oídas, por eso salió lo que salió
Hay una estancia donde se puede contemplar un gran dragón pintado en el techo y donde un monje da una explicación sobre los fenómenos acústicos que allí tienen lugar, en inglés, bastante interesante de escuchar.

Horario: Diario de 8.00h a 17.00h.
Entrada: Ticket Normal : 1500 Yenes que incluye la entrada a todas las partes del templo.
Enlace a la web del templo : www.toshogu-koyoen.com/toshogu/
Futarasan:
Es un templo más típico, más parecido a todos los que ya habíamos visto, así que tampoco le dedicamos mucho tiempo porque encima seguía lloviendo mucho y no apetecía estar dando muchas vueltas por el reciento del templo.

En la zona también se puede visitar el mausoleo de Tokugawa Ietmisu, pero no nos dio tiempo ya que nos dio la hora de comer y queríamos hacer otra visita por la tarde.
Para comer nos alejamos de la zona de los templos y acabamos en un local bastante cutre, con unos baños diametralmente opuestos a la imagen moderna y futurista de los lavabos con botones y chorros de agua. Sin embargo, el restaurante estaba lleno, lo cual suele significar que la comida es buena, y decidimos probar. Allí nos encontramos con bastantes platos que contenían yuba, una capa que se forma al llevar a ebullición la leche de soja. Es típico de la zona de Nikko y con ella hacen desde ramen y udon hasta gyozas y hamburguesas. En mi caso pedí un ramen, el primero que probaba en el viaje y me encantó, ¡estaba buenísimo! Además como el día estaba frío y lluvioso y yo seguía regular de la garganta me vino de lujo un plato caliente. Estos platos se pueden encontrar en prácticamente cualquier restaurante de Nikko, así que no es difícil dar con ellos.

El Abismo de Kanmangafuchi:
Con el estómago lleno y aprovechando que la lluvia nos daba una tregua nos acercamos al abismo de Kanmangafuchi, una garganta que se formó por una erupción del cercano Monte Nantai. Tiene solo unos cientos de metros de largo y se puede disfrutar desde un agradable sendero junto al río pero es un lugar muy fotogénico. Para llegar hay que dar un corto paseo por una zona residencial y cruzar el río a pie por un puente para luego seguir un camino a la orilla del río Daiya. El abismo es también conocido por su fila de aproximadamente 70 estatuas de piedra de Jizo, un Bodhisattva que cuida de los difuntos.

La vuelta desde el abismo la hicimos siguiendo la ruta hasta volver a cruzar el río por otro puente diferente hasta que volvimos a la carretera principal. De camino volvimos a encontrar carteles avisando del peligro de animales salvajes peligrosos, en este caso monos.
Ya en la carretera principal empezó a llover otra vez, bastante fuerte, y estaba ya todo muy oscuro pese a ser las 5 de la tarde, así que en vez de volver hasta la estación de tren andando cogimos el bus. Las tiendas de la calle principal estaban cerradas o a punto de cerrar, y la verdad es que ya no se veía apenas gente. Yo paré en una de ellas al lado de la estación para mirar el regalo de mi amigo invisible y allí lo compré, ya que habíamos quedado en que la entrega se haría al día siguiente durante la cena.
Se nos quedaron algunas cosas por ver en Nikko como el mauseo de Tokugawa Ietmisu o las cascadas Kegon, pero no dio tiempo ni tampoco el día acompañó mucho. Antes de llegar a Tokyo aprovechamos el trasbordo en Utusonmiya para conocer algo de la capital de las gyozas en Japón. En la ciudad hay innumerables restaurantes dedicados a estas empanadillas traídas desde China después de la Segunda Guerra Mundial. Hasta hay una asociación dedicada a promocionar las gyozas de Utsunomiya y están tan orgollosos de ellas que a la salida este de la estación JR te puedes encontrar con la estatua de una gyoza con un parecido sospechoso a la diosa Venus.
Nosotros no nos complicamos mucho y entramos en el local que vimos justo enfrente de la estación, de la cadena Gyoza Kan, fácilmente reconocible por su mascota con la cabeza en forma de gyoza. Nos pedimos, para cada uno, un surtido variado de 12 gyozas de los más variados rellenos, desde gambas y ajo hasta unas picantes. La verdad es que nos gustaron mucho y no fueron nada caras, por lo que recomiendo esta parada al volver de Nikko, como hicimos nosotros, ya que me parece algo curioso y no te lleva mucho tiempo, además que entre Utsunomiya y Tokyo hay muchos trenes cada poco rato. Tras la cena, vuelta a la estación JR y de nuevo a Tokyo a descansar para el día siguiente.

