Por suerte nuestro vuelo no era a primerísima hora. Después de unos cuantos años viajando a primera hora o de madrugada, estábamos muy contentos por no tener que madrugar demasiado.
Nos levantamos sobre las 7:15 y tras una ducha y con las maletas listas cogimos el coche y en 25 minutos (damos gracias al mes de agosto por vaciar las carreteras) estábamos en el aeropuerto de El Prat de Barcelona. Aparcamos con una de las ofertas de AENA que por 81 euros nos permitió aparcar durante todo el viaje (15 días) en el parking normal que está junto a la terminal 1 del aeropuerto. Con este precio preferimos aparcar directamente y evitar los parkings de larga estancia (que salen por poco menos), el taxi (que nos habría acabado saliendo al mismo precio) o molestar a un familiar que tenía que venir de lejos para llevarnos y recogernos.
Con una cola muy rápida en poco más de 15 minutos habíamos facturado ya nuestra maleta con la compañía Delta Airlines para el vuelo que iba a Atlanta, dónde haríamos escala. A las 9:45 se inició el embarque que fue muy rápido. No entiendo como a veces un vuelo mucho más pequeño tarda más en embarcarse que llenar un Airbus 330 que lleva mucha más gente. Como éramos tres y la configuración del avión era 2-4-2 decidí escoger los asientos en la parte final del avión dónde se estrecha el fuselaje y hay 4 o 5 filas de 3 personas en la parte central. Gran acierto, porque íbamos más anchos y podía sacar las piernas por el pasillo sin que me los amputara el carrito de las comidas.
Salimos más o menos puntuales y sobre las 14h hora local, antes de la hora prevista, aterrizamos en Atlanta. El servicio a bordo con Delta fue muy correcto: bebidas, una comida con más bebidas, un largo rato sin servicio y con luz tenue para los que querían descansar y una hora y media antes de aterrizar un pequeño tentempié con servicio de bebidas. La comida decente, de avión pero decente.
En Atlanta, al ser el punto de entrada al país, hay que pasar el control de inmigración en el que perdimos un buen rato. No fueron las dos horas que tengo de record en un viaje a NY, pero tampoco fue tan rápido como esperaba porque pese a no haber excesiva gente, había muy pocos agentes atendiendo. Tampoco teníamos prisa, porque la escala era larga y nuestro vuelo no salía hasta las 20:55h. Una vez confirmado que nuestra intención no era atentar en los EEUU y que no nos interesaba trabajar en el país, recogimos nuestra maleta facturada que no llega directamente al destino porque hay que hacer el trámite de pasar por la aduana al ser este aeropuerto tu punto de entrada al país. Pensamos que la abrirían o que nos harían alguna pregunta y nada, tras pasar tranquilamente con ella por delante de unos agentes de aduana, unos operarios nos invitaron a dejarla de nuevo en una cinta para que se volviera a embarcar en nuestro nuevo vuelo. Como mínimo sabíamos que la maleta había llegado a los EEUU.
Nos dirigimos con un tren a otra terminal y estuvimos haciendo tiempo visitando algunas de las tiendas del aeropuerto en nuestro nuevo contacto con el mundo norteamericano. Salimos bastante puntuales y aterrizamos poco antes de las 23h tras un vuelo largo de 4 horas y 20 minutos. Parece mentira que cuando llegas a Atlanta y ver que ya estás en el país, necesites un montón de horas para llegar a tu destino. Es en ese momento en el que te das cuenta de la inmensidad de ese país. Durante este vuelo, al igual que en el otro, mi mujer y un servidor intentamos echar una cabezadita pero no pasó de esa extraña sensación de modorra con la cabeza casi en posición de niña de el Exorcista que hace que te despiertes pensando cómo has conseguido llegar a tomar esa posición. En cambio nuestro hijo hizo temblar los servidores que dan las imágenes de las pantallitas que hay para entretenimiento de los pasajeros y acabó viendo varias películas, series, videojuegos y acabó jugando al póker y ganando sin tener muy claras las reglas del juego. Pensamos que cuando llegara el momento en el viaje de llegar a las Vegas quizás deberíamos vestirlo de adulto y meterlo en una mesa de juego pero acabamos pensando que quizás no era una buena idea.
Al llegar a Los Ángeles recogimos la maleta y llamamos al hotel, el Candlewood Suites LAX Hawthorne que estaba a unos 10-15 minutos del aeropuerto, para que el shuttle de cortesía nos recogiera. Nos temimos una espera larga pero tras la llamada en unos 15 minutos ya estábamos montados en un minibús hacia el hotel. Llegamos y tras asearnos un poco a dormir, que ya eran casi las 00:00 (por lo que con el cambio de horario llevábamos casi 27 horas de viaje y sin apenas pegar ojo). El hotel muy correcto: limpio, camas cómodas y con un microondas gigante que no habíamos visto en la vida, nevera y utensilios de cocina que obviamente no usamos porque tan sólo íbamos a estar esa noche y básicamente lo que necesitábamos era dormir. Según nos dijeron al dia siguiente, es un hotel en el que bastante gente hace estancias relativamente largas por visitas de trabajo.