Nos despertamos temprano para no perder el catamarán que nos llevaría a Cayo Iguana. El viaje en barco fue una experiencia agradable, disfrutamos del sol y de las vistas del mar mientras navegábamos hacia nuestro destino.

Al llegar a la isla, quedamos sorprendidos al ver a las iguanas y las jutias moviéndose libremente por el lugar. Eran animales enormes y rápidos que parecían estar acostumbrados a la presencia humana y a recibir alimentos de los visitantes. Aunque imponían cierto respeto, resultaba fascinante observarlas.

Cayo Iguana resultó ser un lugar paradisíaco y solitario, con playas de aguas cálidas y poco profundas y una arena fina y blanca. Disfrutamos de un día relajante y refrescante, sumergiéndonos en las aguas cristalinas y descansando bajo la sombra de las palmeras. Pasamos horas maravillosas en este lugar deshabitado y hermoso.


Alrededor de las 4 de la tarde, regresamos a Trinidad para cambiar de ropa y cenar.
Decidimos repetir en el "Restaurante Cubita", donde disfrutamos de una exquisita cena. Después, fuimos nuevamente a la "Casa de la Música" para tomar unos deliciosos daiquiris y disfrutar de la música cubana. Sabíamos que esta era nuestra última noche en Trinidad, ya que al día siguiente partiríamos hacia Morón, así que disfrutamos al máximo de nuestra estancia en la ciudad.
