Me alejé aquella mañana calurosa de julio del casco viejo de Tánger por el cementerio musulmán dejado su mantenimiento y limpieza en las manos de Alá, como el de Tetuán, quien debía estar por menesteres menos terrenales visto en el estado que se encontraba de abandono .Luego me dirigí a la iglesia de San Andrés que tenía sobre su altar un Padrenuestro en árabe y otras referencias al Corán siendo ésta una iglesia anglicana. Y es que nadie da algo a cambio de nada .Y el bueno del sultán Hassan ,que fue el benefactor del terreno, debió pensar que el altruismo no tiene un precio terrenal pero sí un coste divino sino no podríamos entender que hacía una hendidura detrás del altar señalando La Meca en un templo anglicano. No dejó de ser curiosa la visita. Y no pude dejar de comparar el caso de los carteles de Chefchauen bilingües con esta iglesia, respectivos surgidos de un acto generoso, y ver que hay cosas que no cambian con el tiempo.
Más adelante, en una gasolinera, paré a un taxista para que me llevara al cabo Espartel y la Cueva de Hércules a catorce kilómetros al oeste de la ciudad. No me costó mucho llegar a un acuerdo razonablemente bueno para ambas partes.
El recorrido lo hicimos por el espectacular barrio residencial de La Montagne donde las malas lenguas rumoreaban que el expresidente español Felipe González tenía una mansión al lado del rey marroquí, supongo, que aprovechando la coyuntura, poder así adoctrinar en el socialismo a su realeza. El taxista no supo responder a mi curiosidad, desconocía el dato. Eso sí, cerca del antiguo hospital español, me señaló un bloque de edificios de fachada rudas de estilo soviético, para decirme que uno de aquellos pisos pertenecía a la nieta de Franco. Pues poco fortuna heredó la mujer si eso es lo único que podía comprar en Tánger o que poco la querían la familia Franco.
Paramos en un divisadero de la carretera que cruzaba la frondosa pineda que era La Montagne para observar la panorámica del mediterráneo, podíamos ver las costas andaluzas borrosamente, como si estuviera en el oculista y viera con dificultades una linea de letras después de intentar enfocar con la vista.
La Montagne habían villas y palacios reales. Había uno de un príncipe saudí que murió que llevaba tiempo cerrado y que debían estar disfrutando de lo lindo las personas que lo mantenían. El tramo desde el palacio del rey marroquí hasta el Cabo Espartel estaba muy cuidado y limpio. Me explicó mi taxista que todos los trayectos que solían ser habituales de la corona los mantenían impolutos, como la autovía de Tánger a Tetuán.
Llegué a una explanada con un faro de tonalidades ocres situado al final, estábamos en el Cabo Espartel. Unos niños con un burrito ofrecían a los pocos turistas hacerse una foto con él a cambio de unos dirhams. Una pareja cuarentona andaluza se acercó al chico y el hombre engominado hasta las cejas y vestido para la comunión le dijo a la que parecía su señora que se acercara al animal que le echaba una foto. Luego, se acercó al chico dándose aires de suficiencia y lo trató con la condescendencia de quien trata con un ser inferior a él, dándole la propina mientras el individuo se pavoneaba delante de su mujer a costa del pobre chiquillo.
Ni los salude, más bien me avergoncé de compartir la misma península de piel de toro.
Me acerqué al edificio y me apoyé en la barandilla de madera que limitaba el promontorio de la escarpada orografía antes de llegar al agua, los vientos alisos refrescaban mi cuerpo, se agradecía aquel viento. Aquella masa azul marina pertenecía ya al océano Atlántico.

El faro estaba cerrado. Según algunas informaciones era el primer faro que se construyó en las costas africanas del Atlántico, era un guía necesario para acceder al Mar Mediterráneo, sobre todo, en la época que se construyó cuando la navegación era más rudimentaria. Dejamos aquel sitio que paisajísticamente era bonito pero que no tenía mucho de especial.

Desde el Cabo hasta las grutas circulábamos paralelos a unas hermosas e inmensas playas casi desérticas donde en algún punto había un marroquí con unos camellos como reclamo turístico. Enseguida llegamos a la entrada de las grutas de Hércules. Descendí un camino asfaltado que llevaba a una pequeña plaza con varias tiendas. Aquí ya había más turistas, la gruta tenía varias salas con techos cóncavos y una oquedad que daba al mar que dependiendo de la posición del observador su contorno representaba el continente africano, era lo único curioso de aquel lugar y el sitio, por cierto, más fotografiado. Y pensar que no hacía mucho fue un burdel clandestino donde las prostitutas desahogaban las pulsiones sexuales de algunos marroquís en condiciones poco salubres. Sin embargo, en otras condiciones, sí parecía un sitio suficientemente romántico con el ruido de fondo del golpear de las olas en la roca para que parejas de enamorados tuvieran relaciones sexuales en un escenario inigualable.

A la una estaba de vuelta en Tánger, como mis erre que erre, algunos viejos conocidos del día anterior que les había dado largas y ahora me lo recordaban con una memoria prodigiosa,quienes acaban enfados con mis respuestas negativas a sus ofrecimientos. ¡Qué se le va a hacer! No se puede contentar a todo el mundo.
Una de las aficiones más adictivas de mi visita fueron los tés de hierbabuenas endulzados, que eran baratos y sabrosísimos, aunque eran una bomba para la salud con tanta azúcar. Intentaron también, los erre que erre, venderme chocolate bueno y barato, y aunque alguna vez pegué una calada en tiempos lejanos nunca me aficioné a ellos, así que sus intentos no sirvieron para nada conmigo. Quienes sean fumadores deberían ir con cuidado a quién compran porque leí y escuché historias truculentas con finales poco felices para los consumidores extranjeros.
Entré, después de comer en uno de los restaurantes del Zoco grande que ni a mis enemigos recomendaría, al museo del legado americano en Tánger que tampoco lo encontré una visita demasiado interesante, exceptuando una ala dedicada a la vida de Pau Bowles, que el día anterior había terminado la primera obra que leía de él y que me sorprendió gratamente. Es lo que tiene viajar que a veces gracias a esos viajes descubre uno autores que si no fuera por esa inercia móvil pasarían desapercibidos por mi vida.
Las últimas horas de sol aproveché para pegarme unos baños en la playa y holgazanear en la arena para acabar cenando en mi sitio favorito, en los restaurantes de extramuros de la avenida España.
A la mañana siguiente me levanté más tarde de lo acostumbrado no sin antes almorzar en el restaurante con mi servicial camarera de sonrisa forzada. La panorámica era tan espectacular que merecía de sobras la estancia allí.
Fuí a conocer las calles donde habían vivido los españoles de clase media-baja, cerca de los cañones cercanos al Zoco Grande.Por supuesto, ya no quedaba rastro de su paso, a pesar de que los edificios de estilo europeo permanecía allí pero con un mantenimiento deficiente que le daba un aire lúgubre al lugar. También visité otros lugares que me faltaban por ver, como el museo de la Kasba o la Gran Mezquita.
Ya después de comer me fui a relajarme en los jardines de Mendubia que era un sitio agradable pero un poco sucio, por aquí, estaba claro, que no solía pasar su majestad.
Ya al atardecer cogí un taxista para que me llevara al aeropuerto no sin antes hacer una visita de una hora en el nuevo estadio de Ibn Battuta donde iban a jugar la primera supercopa dos equipos españoles fuera de su territorio por primera vez, el Barça y el Sevilla que ganaría el Barça 2 a 1 al mes siguiente ante 45,000 aficionados. No pude entrar dentro, pero el estadio tenía muy buena pinta, se veía moderno y funcional. Obviamente, comerciantes y erres que erres esperaban esos días como agua de mayo que iba a mover mucho dinero con la horda de seguidores de sendos clubs.
Al final, ya en el aeropuerto, le di una propina al taxista por su profesionalidad y honestidad. Y aquí se acababa mi primera visita al país vecino que curiosamente la primera guía que tuve en mi vida fue de Marruecos que me regaló una estimada amiga que no utilicé jamás en el terreno pese a leerla alguna vez. Y por fin, después de 20 años de viajes, visité el Magreb marroquí.