El colofón del viaje antes de llegar a Bagdad no podía ser otro lugar que donde la tradición bíblica situó la Torre de Babel, donde Nabucodonosor II construyó esplendorosos edificios, donde falleció Alejandro Magno fascinado por esta ciudad magnífica que asombró al mundo antiguo. Hablo, por supuesto, de Babilonia.
Con la ilusión y los nervios de un adolescente me levante aquella mañana soleada, sin el sol brumoso ni las tormentas de arena que querían convertirse en compañero inseparable de mi viaje a Irak.
El taxista me cobró 4000 dinares hasta la estación de donde salía los minibuses a Hillah. Y el minibús me cobró 2000 dinares. Tal vez no fueran tan cómodos como un taxi compartido, pero eran más baratos e igual de efectivos, además me dio la sensación que en los controles de seguridad no ponían tanto interés en los pasajeros los miembros de las fuerzas y cuerpos del estado.
Nos dejó a las afueras de Hillah; desde allí, ya que el yacimiento arqueológico estaba aproximadamente a cinco kilómetros de distancia de la ciudad, cogí un taxi hasta la entrada de Babilonia. 7000 dinares. Después de varios controles, anotar el hotel donde me iba a alojar en Bagdad y unos diez minutos de espera me dejaron pasar. La misma persona me cobró 25000 dinares por la entrada. No me pusieron ningún impedimento para acceder con mi mochila de 40l., ni tan siquiera me la registraron, algo que me sorprendió con tanta seguridad.
Por fin, estaba justo enfrente de otra de las imágenes fotogénicas del Irak turístico, la réplica de la Puerta monumental de Ishtar. Una bonita estructura de color azul y ornamentos que poco tenía que ver en dimensiones y detalles a la que un día se erigió en el mismo terreno. Los restos de la puerta original fueron trasladados a Alemania, donde se reconstruyó la puerta en el Museo de Pérgamo de Berlín y, actualmente, se sigue exhibiendo.

Justo en ese momento llegó una chica checa con su conductor privado desde Bagdad. Y una de las personas que había allí se ofreció a hacernos a ambos de guía “gratis”. El acceso daba a la vía procesional de Babilonia, construida en la época de Nabucodonosor II, donde probablemente los orígenes de las procesiones cristianas hubieran evolucionado de la idea de los babilonios de sacar en procesión a su diosa de la fertilidad, la belleza y la guerra (Ishtar). Al final de la avenida, el mito de la Torre de Babel, cuya función no tuvo nada que ver con la mitología bíblica; en realidad, era un zigurat, cuya utilidad tenía paralelismo con las pirámides mayas. Sus restos eran tan solo sus cimientos, como todo lo original del yacimiento.

Las reconstrucciones que se realizaron en la época de Sadam Husein no seguían los minuciosos trabajos de los arqueólogos, solo su vanidad insaciable. Lo poco que quedaba eran las bases y lo que se comenzaba a desterrar en la actualidad con más mimo y profesionalidad. Una piedra tallada con una inscripción de la época de Nabucodonosor II la utilizaban los guías para que los pocos turistas nos hiciéramos una foto con ella en las manos, corriendo el riesgo que alguno se nos resbalara y se rompiera al caer al suelo. Una temeridad.

Nos enseñaron el lugar donde se creía murió Alejandro Magno, una estancia reconstruida que tampoco debía concordar con la histórica. Sadam sí que había prostituido a Babilonia para sus placeres . Incluso creó una colina artificial donde se construyó un palacete con vistas a las ruinas y que hoy se desmorona poco a poco, no sin antes echar a los habitantes que habían construidos sus casas allí.

Desde luego, no era el mejor yacimiento que había estado ni de lejos, el tiempo había acabado con sus restos y solo la satisfacción de estar pisando el terreno donde estuvo esta ciudad ya merecía la pena haber llegado aquí; para aquellos que busquen más se sentirán decepcionados.
El guía me narró, con algo de resentimiento, cómo los norteamericanos en la época de la ocupación lo encarcelaron durante unos meses por no abandonar Babilonia, su abuelo y su padre trabajaron toda su vida con los arqueólogos que trabajaron allí.
El final de la visita acabó en el pequeño museo de la entrada. En la primera sala había una recreación a escala de la ciudad con sus dos muros perimetrales. No había mucha cosa pero merecía la pena entrar solo para hacerse una idea de cómo fue Babilonia en su segunda época de esplendor. Allí le dimos una propina al guía.
Mientras acababa de mirar la otra sala el conductor de la checa y ella tuvieron una pequeña conversación con cierta discreción y se despidieron de mí al finalizarla. El conductor, con toda probabilidad, le preguntó a ella si me llevaban a Bagdad. La respuesta estaba clara. Cierto es también que no estuve demasiado comunicativo con ella para que emergiera su lado más altruista.
Salí andando hacia la primera verja de acceso, en diez minutos me encontré a varias personas sentadas. Pregunté, escéptico, si había taxis. Algo improbable en un lugar donde la mayoría de visitantes llegaban con vehículos privados. Y así fue, no habían; sin embargo, estaba en Irak y todo tenía solución. Uno de ellos me instó a sentarme y a esperar. En diez minutos apareció uno de ellos con una furgoneta que por 10000 dinares me llevó a la estación. Me ahorré unos cuatro kilómetros a pie, pero que casi con toda seguridad hubieran sido menos. Alguien en aquella carretera se hubiera ofrecido a llevarme gratis o por unos pocos dinares.
Subí en una furgoneta adaptada para viajeros de once plazas que costaba 6000 dinares desde Hillah a Bagdad. Acabé prefiriendo este transporte que los taxis compartidos. Me pareció más atractivo y auténtico y además donde me resultó más fácil pasar los controles. Casi nunca nos pidieron la documentación ni demoramos mucho al pasarlos. No sé si fue casualidad o que el triangulo que formaba las ciudades chiitas y Babilonia eran una zona mucho más segura.
Al llegar a Bagdad, al lado del Museo Nacional de Irak, me dejó el conductor. Allí cogí un taxi para de nuevo ir al mismo hotel que me había alojado anteriormente en la capital. Y me ocurrió algo imprevisible y que nunca me había sucedido en mi vida. El taxista, después de una animada charla en el interior del coche, no me dejó pagar la carrera cuando llegamos al destino después de insistirle varias veces que lo cogiera. Eres mi invitado, me dijo sonriendo.
Aquellas últimas horas las pasé en las cercanías de mi hotel. Cenando, disfrutando de los helados y paseando. El hotel quizás estuviera lejos del centro histórico, cuatro kilómetros, pero estaba rodeado de todos los servicios posibles y con una calle comercial muy concurrida cerca de mi alojamiento.

