Hoy va a ser un día intenso, hemos alquilado una bicicleta en Berwick-upon-Tweed para ir al castillo de Lindisfarne.
No es el castillo más espectacular que hemos visto, pero tiene la peculiaridad de que se encuentra en una isla accesible por carretera solamente cuando baja la marea.
La empresa Berwick Cycles son encantadores.
El sistema de reserva no es lo más avanzado tecnológicamente, tuvimos que hacer una llamada por skype para dejar la paga y señal con tarjeta de crédito, pero el trato, el precio y la calidad de las bicis es excepcional. Incluso han dibujado a mano un mapa de la mejor ruta para llegar en bici al castillo.
En alguna web experta pone que el itinerario dura una hora y cuarto.
Bueno, esto será contando que estás muy en forma, que el clima acompaña y que no te pierdes… Porque nosotros hemos tardado ¡más de dos horas!
Salir del pueblo es fácil, luego hay que seguir lo más pegados al mar posible, esto es por unos caminitos al lado de unos acantilados. No aptos para personas con miedo a las alturas.
El terreno no está en óptimas condiciones, hay abundantes boquetes que nos obligan a ir a una velocidad frustrantemente limitada.
Hay una parte de la ruta en la que atravesamos un campo de hierba, luego un caminito de gravilla con cuatro casas, luego pasamos por el lateral de un campo de golf…
Tras un despiste me caigo de la bici y me sangran las manos,
Luego nos desorientamos y acabamos cruzando un campo de barro… Es decir, caminando y arrastrando la bici con nosotros… hasta que llegamos a la carretera que une la tierra firme con la isla Holy.
No hemos llegado todavía a nuestro destino final, pero la presencia de coches y asfalto nos parece toda una victoria tras la odisea superada.
Mientras pedaleamos por la carretera pensamos en lo curioso que es que dos veces al día, 5 kilómetros de asfalto desaparecen bajo el mar.
Cuando llegamos a tierra firme, lo primero que tiene esta pequeña isla es un parking para coches y autobuses. Es un sitio muy turístico. El pueblo son literalmente cuatro calles. Varias cafeterías, restaurantes, tiendas y alojamientos B&B.
En el extremo sur del pueblo se encuentran las ruinas de un monasterio medieval. Se puede observar bien desde el exterior, o bien pagar la entrada que da acceso al interior de la abadía y a un museo.
Desde el pueblo, a un kilómetro y medio, está el castillo de Lindisfarne.
Esta fortaleza defensiva erigida encima de una roca volcánica vio muy poca acción en sus siglos de funcionamiento. Después de ser abandonada se convirtió es la residencia privada de veraneo de un magnate millonario y actualmente es propiedad del gobierno y se puede visitar su interior.
Nosotros estamos bastante cansados del pedaleo y nos parece suficiente dar un paseo por los alrededores. Nos parece más destacable su emplazamiento que no su valor histórico o arquitectónico. La verdad es que las vistas son muy agradables.
Comemos un sándwich en la cafetería del pueblo y regresamos, que nos queda mucha rueda por delante ¡y además, esta noche dormiremos en Edimburgo!
Para regresar coincidimos con un desagradable viento en contra en el tramo de carretera que separa el mar.
Pero a partir de la tierra firme ya estamos algo más resguardados y esta vez vamos con mucho cuidado de encontrar el camino correcto.
No es más corto, simplemente el terreno es mejor (esquivamos el campo de barro del último cuarto del trayecto) y el resto ya es deshacer lo pedaleado. Nos cruzamos con algunas personas pero en general es un trayecto tranquilo.
Solo nos ha llovido cuatro gotas, así que nos consideramos afortunados.
Devolvemos las bicis, cogemos las mochilas y vamos a la estación a tomar un tren de camino a Edimburgo. Son tres cuartos de hora para descansar.
Al llegar a Edimburgo nos topamos con el torbellino de la muchedumbre y el tránsito frenético de una gran ciudad. Estamos tan acostumbrados al ambiente de pueblecito.
Edimburgo en agosto es una locura de actividad turística. Los alojamientos se agotan con mucha antelación.
Hemos reservado una habitación económica en un guesthouse en una zona del sur de la ciudad. Este barrio es residencial y tranquilo pero muy bien comunicado con el centro. Hay varias tiendas y restaurantes. Cenamos y a dormir que estamos reventados pero la aventura del día ha valido la pena.