Hoy haremos una excursión al monte Koya. Es una zona de alto significado religioso y hay varios templos en un encantador entorno de montaña.
Koyasan es donde el monje budista Kukai (o Kobo-Daishi, le cambiaron el nombre al morir
Venden un pase de transporte “todo incluido” para el visitante, el Koyasan World Heritage Ticket.
Por 20€ incluye:
Además también ofrece algún descuento en las entradas a los templos.
El ticket consiste en un código QR que tienes en la web y lo muestras a través del móvil. Es imprescindible tener conexión a internet para usarlo.
Es habitual de los viajeros a Japón usar el servicio de envío de equipaje, pero como nosotros viajamos ligeros, no lo necesitamos.
Como solo estaremos en Koyasan algo más de 24 horas, nos llevamos una mochilita más pequeña y dejamos el equipaje grande en una taquilla de la estación de Osaka donde tomaremos el tren.
Nos cuesta 700¥ por día, y en nuestro caso cuenta dos días y pagamos 1.400¥ por una taquilla donde caben las dos mochilas.
Aviso: nosotros estamos viajando cada uno con una pieza de tamaño “equipaje de mano” y nada más.
Suerte que ayer dimos un vistazo a las dimensiones de la estación de Namba, porque es gigantesca. Y ahora vamos directos al andén de nuestro tren sin estrés.
A las 9 de la mañana estamos tomando el tren y, tras el transbordo de tren a funicular y el posterior cambio a autobús, a las 11 ya estamos haciendo el check in en el hotel-templo.
Esta estancia incluye la cena, el desayuno del día siguiente y la oportunidad de presenciar una ceremonia religiosa.
La noche con media pensión de nuestro templo nos ha costado 215€ la habitación doble. Sin duda es el alojamiento más caro en el que hemos estado, ¡pero es toda una experiencia!
Nos hacen dejar el calzado al exterior del edificio, en unas baldas de madera.
Si esto no fuera Japón, no estaría tranquila dejando las zapatillas al alcance de cualquiera, pero esto es Japón.
Nos ponemos unas pantuflas que servirán para andar por las instalaciones del templo, pero para entrar en la habitación, como el suelo es de tatami, nos hacen descalzarnos del todo.
Nuestra habitación ya está lista. Nos acompañan. Está en un primer piso sin ascensor. (Es el único alojamiento que encontramos sin ascensor).
La habitación está equipada con una mesita auxiliar baja, dos cojines cuadrados, una tele, y nada más.
Nos cuenta la recepcionista con un inglés regulero que se nos servirá la cena en la habitación. Hay que elegir el turno: o las 5:00, o las 5:30.
También nos explica: que después de cenar se nos prepararán las camas, (son dos futones), que estamos invitados a la ceremonia de mañana a las 6 de la mañana, algo relativo al hervidor (que no entendemos) y el horario de los baños comunes.
Por suerte, en la habitación hay un manual con las instrucciones de cómo usar el mando del aire acondicionado, la explicación del rezo matutino, y la etiqueta correcta para los baños comunes.
Estamos algo aturdidos con tanta información y tanto protocolo.
- El cementerio Okunoin
- El templo Kongobuji
- El complejo Danjo Garan
- La puerta Daimon
- El mausoleo Tokugawa, al que no llegamos a ir
- Y varios senderos de peregrinaje que tampoco llegamos a recorrer.
Nosotros empezamos yendo a comer.
Justo enfrente del shukubo (templo-hotel) tenemos el Danjo Garan, que lo cruzamos para salir por el otro extremo, a la calle principal.
La verdad es que hay turistas pero no está masificado como Nikko. Y por tanto, tampoco abundan las tiendas o restaurantes.
Justo enfrente de la puerta principal de acceso hay un par de cafeterías y un Family Mart.
Comemos en una de estas cafeterías, regentadas por aldeanos, que no hablan ni papa de inglés.
Como yo no hablo ni papa de japonés, lo que hago es tomar una foto de la foto del menú que ellos tienen puesta en una pizarrita en la puerta.
Entramos, “Konnichiwa” (hasta aquí, sí llego), les enseño la foto en mi móvil y les hago el número 2 con los dedos de la mano.
No tenemos ni idea de lo que hemos pedido.
La dueña, una señora de mediana edad, nos acomoda en una mesa y a los pocos minutos nos trae una bandeja con 6 boles de distinto tamaño y contenido variopinto.
Para explicarnos qué es cada cosa, nos muestra un “mapa” de la bandeja.
Cada plato es un circulito que corresponde a su situación dentro de la bandeja, y el texto en inglés describe los ingredientes.
¡Brillante idea!Por cierto, suerte que hemos llegado poco antes de las 12:00
Luego nos acercamos al templo Kongobuji, un monasterio del siglo XVI. La entrada tiene un coste de 1.000¥.
Mucho más austero a simple vista que cualquiera de los de Nikko, pero porque este no está pintado. Eso sí, la madera está trabajadísima con todo tipo de decoraciones.
Pero no os preocupéis que siempre hay una cantidad ingente de señales recordándolo, también en inglés. Imposible pasarlo por alto.
Del interior se pueden visitar varias salas con las paredes elegantemente pintadas. Bueno, no son paredes, son fusuma, los paneles de papel y madera que separan las estancias en las casas tradicionales japonesas.
También recorriendo los pasillos de madera de los laterales de las salas, podemos ver un jardín zen de rocas. No nos deja en trance.
En este templo estamos algo más de una hora.
Aprovechamos el billete de autobús ya pagado (incluido en el World Heritage Pass) y vamos a la puerta de acceso al pueblo, la Daimon.
Hay varias líneas municipales de bus, pero hay que mirar bien los horarios porque tienen muy poca frecuencia.

La gran puerta se alza solitaria en medio de una intersección donde los coches pasan a toda velocidad.
Se dice que las figuras que flanquean los laterales son las segundas más grandes de Japón, después de las de la puerta de Nara.
Aquí llegan varias rutas de peregrinaje y nos adentramos un poquito por un sendero adornado con toriis rojos que destacan entre el foliaje de alrededor.
Y ahora regresamos hacia el complejo Danjo Garan. Nos dará tiempo justo para visitarlo antes de que sea la hora de nuestra temprana cena.
El Danjo Garan es donde el monje Kobo-Daishi fundó el primer monasterio del budismo Shingon.
El edificio protagonista es la enorme pagoda, construida en el siglo IX, y previo pago, en el interior se puede contemplar unas formidables estatuas de buda, rodeadas por gruesos pilares con ilustraciones de más budas.
La escena es impactante, no es habitual poder entrar en pagodas.
Como en la mayoría de templos, santuarios y otros edificios religiosos, en el interior no se pueden tomar fotos.
En el recinto hay otro edificio importante, el Kondo Hall, donde se realizan las ceremonias, y otros elementos menores como una gran campana de cobre que escucharemos sonar esta noche.
o la puerta Chumon, recién reconstruida el pasado siglo XX, de colores vibrantes.
Y una docena más de construcciones, algunas se encuentran entre los pinos y da la impresión de estar en medio del bosque.
Es la hora de regresar a nuestro shukubo, pegarnos una duchita, porque vale que estamos en el monte y las temperaturas no son tan extremas como en las ciudades, pero no deja de hacer calorcito…
El baño en este templo-hotel es comunitario. Las habitaciones no tienen wc ni ducha.
Por un lado están unos servicios en los que hay unas pantuflas a disposición (por si se ha entrado descalzo) y por otro lado está la zona de higiene (ducha y bañera).
Cada uno de estos espacios tiene uno para mujeres y otro para hombres.
Pero ni la ducha es la típica ducha, ni la bañera es la típica bañera. Por suerte el manual que está en la habitación lo explica.
En la sala de baños hay cuatro puestos con: una especie de fregadero o lavamanos a dos palmos del suelo, en la pared, un espejo, y enfrente un taburete enano de plástico.
Cada uno de estos espacios tiene además un barreño y envases de jabón y champú.
El procedimiento consiste en ducharse bien sentadito/a delante del espejo, y una vez limpio/a, y siempre desnudo/a del todo, puedes entrar al “onsen” o balneario. En este caso la piscinilla es del tamaño de una cama doble.
Como no hay nadie más dentro de los baños, decido entrar.
El agua está calentísima. Estoy un ratito disfrutando del silencio y el descanso. Pero como pienso que mi marido estará esperándome tras su baño, no estoy mucho rato.
Pues resulta que él se ha regocijado incluso más que yo en su propio bañito
Nos hemos puesto los yukatas (batas tipo kimono pero más sencillitas) que estaban en la habitación y esperamos la cena.
Enseguida vienen dos monjes-camareros que traen cuatro bandejas gigantes (o quizás son mesitas pequeñas) llenas de platitos y boles con comida inidentificable.
En los templos budistas toda la comida que sirven es vegana. Hay muchos sabores desconocidos. Algunos nos gustan más, otros menos, pero en general quedamos satisfechos.
Cuando acabamos de cenar, hay que llamar a la recepción para que vengan a recoger las bandejas y tender los futones. ¡Es un pis-pás y ya tenemos la cama lista!
Pero no toca todavía acostarse. Ahora que está oscureciendo y ha dejado de llover, tenemos pendiente la visita al Cementerio Okunoin.
Existe la opción de unirse a la visita guiada, las hay incluso en español, pero nos parece caro (4.500¥) y además preferimos ir a nuestra bola.
Cuando nos cruzamos con estos grupos dentro del cementerio, nos alegramos de nuestra decisión porque nos parecen masificados.
El cementerio tiene dos entradas:
La principal está en el extremo del pueblo.
La entrada secundaria se encuentra más céntrica, pero está más lejana de la zona sagrada, donde está el mausoleo del monje Kobo Daishi.
Nuestro shukubo tiene toque de queda a las 21:00 y estamos bastante alejados del cementerio.
Decidimos ir en bus hasta la entrada más lejana y luego ya decidir si retroceder por el mismo sitio a tomar un bus de vuelta o completar el recorrido por el camino que da a la entrada secundaria.
Está anocheciendo pero todavía hay luz. Después de la lluvia ha quedado una misteriosa neblina en las montañas cercanas, las lamparitas de piedra emiten un cálido resplandor y la solitud y el silencio le dan al lugar un aire místico.
Es más un bosque con tumbas antiguas que un cementerio al uso. El musgo cubre los sepulcros centenarios.
Nos cruzamos con cuatro personas, algunas pasean el perro, otras se pasean a sí mismas.
En un cuarto de horita llegamos al recinto sagrado. El puente que cruza el arroyito es la frontera. A partir de aquí no se pueden tomar fotos.
El mausoleo de Kobo Daishi no es ostentoso, una sencilla tumba rodeada de ofrendas.
Lo espectacular del lugar es la sala de las lámparas, llamada Torodo.
10.000 lámparas doradas rodean e iluminan este edificio de techo a mitad de pared. Alineadas a la perfección para crear una visión armónica y fascinante.
El regreso lo hacemos por el camino largo, ahora ya en plena noche y llegamos al hotel de sobras antes de la hora del cierre.
De hecho, incluso nos da tiempo de dar una vueltecita por el Danjo Garan de noche. Está bien iluminado y solitario.
Este paseo ha sido una experiencia fantástica. Un paréntesis de las dos peores cosas de Japón: el calor y las muchedumbres.
¡Ahora a dormir en el futón!
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