Ante todo pronóstico, ¡hemos dormido la mar de bien en el futón!
A las seis de la mañana estamos invitados a la ceremonia religiosa del templo. No podemos perdérnoslo, así que madrugamos.
A las seis y media se servirá el desayuno en la sala comunitaria y a partir de las 8 se pueden usar las duchas (antes están cerradas).
Llegamos al salón de ceremonias.
Está la zona del “altar” a la que no podemos acceder los turistas, y enfrente, un montón de taburetes para que los cuarenta o cincuenta huéspedes nos sentemos.
Entran dos monjes, uno se dirige a nosotros brevemente en japonés
La ceremonia consiste en literalmente treinta minutos de unos cánticos repetitivos y penetrantes para los cuales nuestro adormilado cerebro, que está en ayunas desde hace 12 horas, no está preparado para asimilar.
Por suerte, nos distraemos contemplando los mil detalles de la decoración rococó del salón. Hay de todo: lámparas, jarrones, cadenitas que cuelgan del techo, otros elementos decorativos de tela que cuelgan de las columnas.
Posteriormente a la eterna repetición de mantras, el monje se pone de cara a nosotros y nos vuelve a hablar en japonés.
No nos sentimos espiritualmente conectados con nada, pero aún así, ha sido toda una experiencia presenciar la ceremonia, por lo desconcertante y novedoso de la situación. ¿Repetiría? ¡sin duda, no!
Vamos a lo interesante: ¡el desayuno!
Tras una duchita, regresaremos al Cementerio Okunoin para verlo de día.
Cambia mucho el ambiente. Ahora se ve más allá de las filas de lámparas y nos adentramos un poquito en el bosque. Los árboles ofrecen una preciada sombra.
Y con esto hemos completado nuestra visita a Koyasan.
Ha sido el día y medio más apacible y relajado de todo el viaje. Los próximos tres días los pasaremos en Kyoto.
Deshacemos el trayecto que hicimos ayer hacia Osaka,
allí previo paso por las taquillas a recoger las mochilas y tras un cambio de estación (nos desplazamos en metro) tomamos un tren de la línea Tokaido-Sanyo que nos dejará en Kyoto en una media horita.
Hemos comido unos bocadillos y unas pastas en una cafetería de la estación de Osaka. Tras tanto sabor exótico vegano, nos apetecía un poco de pollo frito.
Llegamos a Kyoto y vamos a hacer el check-in.
Las próximas cuatro noches estaremos alojados en un aparthotel situado a una parada de metro de la estación central. Cuesta unos 60€ la noche.
Si por algo es famoso Kyoto es por sus templos y santuarios.
Además, en Kyoto los templos están muy esparcidos por la ciudad. Las distancias pueden ser enormes entre uno y otro.
Se añade a la dificultad de planificar un itinerario óptimo el hecho de que sólo hay dos líneas de metro, y no pasan cerca de los templos.
La alternativa es usar la completa red de autobuses públicos, que cubren cada esquina. Pero:
- El billete es caro (comparado con Tokyo)
- La frecuencia en fines de semana es escasa (en algunas líneas, ¡pasa un autobús cada hora!)
El primer templo que visitamos lo elegimos simplemente por su ubicación.
Es el Higashi Honganji. Está muy cercano a nuestro hotel y nos va muy bien para aprovechar la tarde sin hacer grandes desplazamientos.
No es uno de los que nos causan una gran impresión, pero sus dimensiones son considerables y está muy cuidado. Nos gusta sobre todo su puerta principal de dos pisos, con los tejados curvados al estilo japonés.
La siguiente visita es el mercado de Nishiki.
Es una pintoresca calle cubierta con puestos de comida que se alinean una tras otra. Está lleno de occidentales.
De hecho, en Kyoto es donde más turistas occidentales vemos de todo el viaje, con diferencia.
Con un paseíto nos acercamos al río, donde los restaurantes de la calle de Pontocho tienen las terrazas elevadas, y nos planteamos si cruzarlo para adentrarnos al barrio de Gion o no.
Decidimos que estamos demasiado cansados.
Cenamos por ahí y al hotel a dormir.
Otras fotos del día: