📅 19 de julio de 2025
✈️ Vuelo Barcelona – Tallin, 6:00h
El día empezó de madrugada. Con los ojos aún medio cerrados pero la emoción a tope, llegamos al aeropuerto muy pronto, ya que el vuelo salía a las 6 de la mañana. Maletas, mochilas, desayuno improvisado, niñas con sueño… todo lo típico de un viaje en familia. Pero hubo una sorpresa que nos alegró especialmente: nos encontramos con nuestro amigo Michel, piloto de Ryanair.
Fue un momentazo. Las niñas lo miraban con admiración —“¡pilota aviones de verdad!”—, nos hicimos unas fotos para el recuerdo y, para rematar, Michel les regaló unas chucherías para el viaje, un gesto precioso que marcó el inicio del viaje con una sonrisa de oreja a oreja.
El vuelo fue tranquilo y al llegar a Tallin nos llevamos otra grata sorpresa: el aeropuerto. Pequeño, moderno, original, con una estética muy cuidada y detalles curiosos que jamás habíamos visto en un aeropuerto: un box de CrossFit, una mesa de ping-pong, zonas cómodas y espacios pensados para disfrutar mientras esperas. Una bienvenida diferente, que ya nos decía mucho del carácter de este país.
Recogimos el coche de alquiler sin problema, pero todavía no podíamos entrar al apartamento hasta las 4 de la tarde. Así que decidimos ir a conocer el barrio de Telliskivi, uno de los rincones más especiales de Tallin.

Y fue una maravilla. Telliskivi es un antiguo complejo industrial reconvertido en zona artística y alternativa. Un espacio lleno de graffitis, pegatinas con mensajes, intervenciones creativas, música callejera y una vibra cultural impresionante. Un lugar auténtico, con alma. Allí comimos en un restaurante muy recomendado por los locales, el F-Hoone, un sitio amplio, con cocina local moderna y muy buen ambiente. Justo enfrente había un parque ideal para las niñas, que pudieron jugar mientras descansábamos un poco.


A media tarde, tras el paseo y con el cansancio acumulado del madrugón y el viaje, fuimos al apartamento, situado a poca distancia del centro histórico. Dejamos las maletas, descansamos un poco, y aprovechamos para hacer una pequeña compra en el supermercado cercano y tener algo para cenar sin complicarnos demasiado.
Pero aún nos quedaba energía para una última excursión del día.
Al atardecer salimos a explorar el centro histórico de Tallin, y fue amor a primera vista. Entramos por la Puerta de Fat Margaret, que marcan la entrada a la ciudad medieval. De ahí caminamos por la calle Pikk, admirando las fachadas góticas y edificios con siglos de historia. Pasamos por la famosa Casa de las Tres Cabezas Negras, antiguo gremio de mercaderes solteros, y llegamos hasta la Embajada de Rusia, rodeada de carteles de protesta por la guerra en Ucrania. Un lugar que invita a reflexionar.

Uno de los momentos más especiales del día fue cuando visitamos el pasaje Borsi käik, un callejón histórico donde en el suelo están grabados algunos de los eventos más relevantes de la historia de Estonia. Una especie de línea del tiempo a cielo abierto, que nos hizo conectar con el pasado del país de una forma muy directa y con el futuro ya que indica la fecha en la que será el 500 aniversario de la República de Estonia (Año 2418)
Finalmente, llegamos a la Plaza del Ayuntamiento, uno de los rincones más bonitos de Tallin, con sus tejados coloridos, terrazas y ese aire encantador de ciudad pequeña con gran historia, bares, restaurantes, edificios medievales, arte, bullicio, impactante e inolvidable.
Acabamos el primer "tastet" llegando hasta las puertas de Viru y disfrutando del ambiente acogedor de la ciudad.
Con los últimos rayos del sol sobre las torres medievales, regresamos al apartamento para descansar. Había sido un día largo y lleno de emociones. El viaje no podía haber empezado mejor. Y al día siguiente, nos esperaba un día completo de turismo por Tallin.


