📅 20 de julio de 2025
El segundo día amaneció pronto (Antes de las 4 a.m. ya hay claridad) y con fuerza. Teníamos todo un día por delante para descubrir Tallin en profundidad, y empezamos bien temprano, aprovechando la tranquilidad de las primeras horas de la mañana.
San Olaf y la leyenda del constructor
Nuestra primera parada fue la imponente Iglesia de San Olaf, uno de los símbolos del skyline de Tallin. Nos fascinó no solo su arquitectura, sino la leyenda que la rodea que dice que los ciudadanos de Tallin querían construir la iglesia más alta del mundo, pero al haber una maldición que aseguraba la muerte de aquel que terminase su construcción nadie estaba dispuesto a realizar el trabajo. Apareció entonces un desconocido que pidió una elevada cantidad de dinero para hacerlo, al no poder la ciudad pagar esta suma el extranjero propuso el siguiente reto, si averiguaban su nombre este les perdonaría la deuda. Para esto los talineses enviaron a un espía a su casa que escuchó el nombre de Olev en una canción que cantaba su esposa. Esperaron a que el extranjero terminase la construcción y cuando este estaba poniendo la cruz sobre la torre le gritaron desde abajo, Olev la cruz está torcida, este se asustó y cayó al suelo saliendo de su boca un sapo y una culebra, lo que denotaba la posesión demoniaca de este hombre. Este hecho se encuentra reflejado en una pintura mural de un de los laterales de la iglesia. La torre, que en su época fue una de las más altas de Europa, sigue impresionando hoy en día.
Ciudad alta de Toompea y sus miradores
Luego subimos a la ciudad alta de Toompea, donde pudimos pasear tranquilamente por las calles empedradas. Vimos la Catedral de Santa María (iglesia luterana que tiene su origen en una iglesia de madera construida 1219), sobria y llena de escudos nobiliarios, y también la majestuosa Catedral ortodoxa de Alexander Nevsky, que contrasta con todo lo demás: cúpulas negras, iconos dorados, incienso y silencio. Un lugar que impone. Enfrente de la catedral se encuentra el castillo de Toompea, sede del Parlamento de Estonia. La fortaleza medieval de la Orden de los Hermanos de la Espada, con el espectacular muro occidental y la impresionante torre Pikk Hermann (Largo Hermann), sobre la que ondea la bandera nacional de Estonia

Desde allí nos dirigimos a los miradores de Patkuli y Kohtuotsa, dos de los puntos panorámicos más bellos de Tallin. Las vistas desde arriba del casco viejo, con sus torres rojas, tejados puntiagudos y el mar de fondo, son de postal. Aprovechamos para hacer fotos junto a los muros y torreones medievales que rodean la ciudad alta. Historia viva a cada paso.

Terror y memoria: las celdas de la KGB
Con la Tallinn Card en mano, fuimos a visitar las celdas de detención de la KGB, uno de los puntos más impactantes del viaje. El edificio, discreto por fuera, encierra un capítulo oscuro de la historia de Estonia. Las celdas, los interrogatorios, los paneles informativos… todo allí te pone la piel de gallina. Es un lugar que duele visitar, pero necesario para entender la lucha y el sufrimiento del pueblo estonio bajo regímenes autoritarios.

Recorriendo el casco antiguo
Tras esa intensa experiencia, retomamos el paseo por el centro histórico. Descubrimos el Pasaje de Santa Catalina, encantador y escondido, lleno de talleres de artesanía, de arcos y lápidas. Justo al lado, entramos en la farmacia más antigua del mundo aún en funcionamiento, abierta desde 1422. Frente a ella, una tienda de antigüedades con piezas históricas alucinantes: medallas, cascos, carteles, anillos, pulsera de la época comunista y nazi. Objetos cargados de historia, simbolismo y terror.

Seguimos callejeando y encontramos el edificio del Telégrafo Posttelefon, de 1918, testigo de la época moderna de la ciudad. Poco después pasamos por delante del famoso restaurante medieval Olde Hansa, un sitio perfectamente ambientado, con camareros de época y menú tradicional, que nos transportó directamente a la Edad Media.


Y ya que estábamos tan metidos en la historia, subimos a la torre del Ayuntamiento. 115 escalones más tarde, las vistas recompensaron el esfuerzo. Desde arriba se ve todo el casco antiguo: los campanarios, las cúpulas, los tejados irregulares... Todo parecía sacado de un cuento.
Pausa para comer
Paramos a comer en una hostería italiana, perfecta para descansar un poco y recuperar fuerzas después de una mañana tan completa. Las niñas aprovecharon para relajarse y nosotros para planear la tarde.
Museo Proto y tecnología para soñar
Por la tarde, visitamos uno de los espacios más divertidos y originales del viaje: el Museo PROTO, el museo de los inventos. Allí las niñas lo pasaron en grande con las experiencias de realidad virtual, los experimentos científicos, las manualidades y todos los rincones interactivos. Es un museo que mezcla fantasía y ciencia, ideal para familias.

Kalamaja, el barrio ferroviario reconvertido
Después del museo, nos dimos un paseo por el barrio de Kalamaja, la zona que rodea el museo y que antiguamente fue un barrio ferroviario y de pescadores. Hoy se ha transformado en una zona residencial moderna y muy cuidada, con arquitectura escandinava, espacios verdes, locales de diseño y una atmósfera muy relajada. Nos encantó.

Puerto, hotel iglús y museo naval
Para terminar el día, caminamos por la zona del puerto. Vimos los hoteles con forma de iglú —una pasada— y visitamos el Museo Marítimo. Dentro, recorrimos el gigantesco barco Suur Tõll, un rompehielos histórico de Estonia. Entramos en los camarotes, vimos las calderas, el puente de mando… Una visita fascinante que cerró el día de manera épica.

Con los pies destrozados pero el corazón lleno de recuerdos, volvimos al apartamento. Ha sido un día intenso, largo, impresionante. Historia, arte, tecnología, vistas espectaculares, emociones fuertes… y aún nos queda mucho por descubrir.
Mañana más...

