Del transbordo en la ciudad de Mendoza, Argentina hasta este atardecer de domingo en la ciudad de Santiago de Chile, sucedió el pasaje de un país a otro, el cambio de moneda, nuevas orientaciones y vivir el viaje ya, aunque previamente pensaba que esta ciudad iba a funcionar únicamente como enlace a Cusco, pero no. Ya les iré contando.
El viaje por el Paso Los Libertadores fue tranquilo, pasás la montaña, hacés Aduana, está bien organizado, ahora tenés que hacer la Declaración Jurada digital y presentarte con tus documentos. El problema es que hay pocos empleados y muchísimos turistas, entonces tuvimos que esperar pero ello forma parte del viaje, pensé mientras hacía una fila larga con una demora de más de 1 hora. El sitio está bastante abandonado, lo conocí hace un par de años atrás y no estaba como me lo encontré ahora: poca higiene en los baños, nada cerca para beber y comer pero sí una pequeña Casa de cambio por si ingresás sin pesos chilenos. Luego del tramiterío y a continuación subís la montaña y luego de entrar al país, la bajás y así ves a motociclistas, camioneros, viajeros ansiosos por llegar a la capital de Chile.
El ómnibus llega a la Terminal Sur, un sitio de la ciudad caliente repleto de vendedores ambulantes, zona roja, con hoteles por hora y en esta ocasión plagada de banderas venezolanas felices por la invasión yanqui en Venezuela.
Fueron unas horas agitadas por los festejos, porque el lugar en donde pasaré las dos noches previas a Perú las experimento en una casona antigua, Casa dos leones, en el barrio Brasil, antiguo barrio de la aristocracia chilena devenido en sector marginal por cuestiones vinculadas al delito menor, consumo de sustancias...¿peligro?
El taxista no se ubicaba, con una tarifa fija de 5.000 pesos chilenos acordamos el viaje pero como se desvío me quería cobrar el doble, me puse a tono con el día agitado y pagué lo pactado.
Cené en un lugarcito sobre la Avenida Brasil pero fue inseguro. Por la noche mientras dormía a un muchacho lo hirieron y lo asistió una ambulancia, escuché entre sueños, eso estaba sucediendo abajo de la casona.
Indagando un poco parece que va en escalada la inseguridad en esta zona que está a pocas cuadras del casco histórico de Santiago.
El hospedaje es muy acogedor y económico, dos noches a 44.000 pesos chilenos. Tiene las sábanas más suaves del mundo y Felix, el anfitrión, es pianista. En el cuarto en donde duermo hay un piano y candelabros, reproducciones de retratos de Bach. Es extraño el límite entre lo que sucede en la casona (habitada también por el perro Dalí) y el movimiento bohemio cruzado con los restos que dejan las grandes ciudades. Me gusta, suena a aventura.






