Hoy me fui de paseo a Pisac, es una localidad de la región de Cusco, forma parte del Valle Sagrado de los Incas, región fértil junto al río Urubamba y ubicada a 30 km. de Cusco. De fácil acceso, fui de manera independiente sin tour y me fue muy bien.
Me tomé un taxi por 6 soles hasta la parada de colectivos que va hasta allá y por 6 soles más recorrimos una belleza de camino montañoso y ondulante. En el puente de Pisac me bajé y esperé compartir el taxi de un valor de 35 soles con unos chicos hacia el Parque Arqueológico Nacional de Pisac, construido entre los siglos X y XI. Subimos varios kilómetros la montaña para ingresar al Parque, con un valor de entrada de 20 soles a extranjeros, para los peruanos los domingos el pase es libre.
Y comenzó la aventura porque te suben pero tenés que bajar, está a más de 3.300 metros de altura. Al principio es todo amable. Muchas personas se sacan fotos, merodean, ven llamitas, suben miradores y regresan a la entrada y bajan en los autos o buses de las agencias de turismo pero a mi un mozo anoche, mientras cenaba una ensalada de pollo y quinoa, me dijo que visitara esta montaña y así lo hice.
Subida, subida hasta la cima. Ahí conversé con Orlando más de 30 minutos, se crió más arriba del Parque, habla quechua y para aprender español se escolarizó en Pisac y luego fue hasta Cusco para cursar y recibirse de Guía. Me cuenta que su familia no vivía de la agricultura, sí de animales y que su madre vendió dos vacas a 1.000 soles cada una para que él estudiara en sus inicios. Tocó un rato la flauta que le compré a un artesano antes de entrar a las ruinas. Hablamos de su collar mitad cóndor, mitad colibrí. De la economía de las comunidades de Pisac, me explicó que cada familia tiene su parcela para cultivos, que se autoabastecen, que luego hay producción más grande de cereales y maíz blanco y claro, después están los dueños de lo grande, los de las haciendas, me dijo. Nos abrazamos y despedimos.
Comenzó el descenso, bajé durante dos horas con una familia cusqueña y con otra colombiana, de repente entre andenes, sitios astronómicos y sistemas hidráulicos, las nubes se cargaron de lluvia, hubo vapores, frío y el desfiladero de la montaña nos interceptó. Caminamos muchos metros al borde, quien me conoce sabe que esto sí que es una aventura. Varias tuvimos vértigo y miedo pero logramos continuar, entre cactus, retamas, tunas, escarabajos y momentos de luz y episodios nublados. El grupo se fue apurando porque si llovía iba a ser muy peligroso.
Es un espectáculo el Parque y la caminata de 3 horas más, aunque recomiendo ir con buen calzado, agua, algo de comida y ser prudente, hay pasajes riesgosos, si llueve no vayas.
Lo mágico es que al terminar de bajar te encontrás con el pueblo, con el Mercado de Artesanías y hoy domingo con habitantes del faldeo de las montañas vendiendo sus productos orgánicos de veras. Me despedí de los cusqueños y de los colombianos, para ir a almorzar empanadas con las verduras de Pisac, increíbles. Luego anduve por el pueblo, por sus callejuelas.
Me dijeron que desde la Pandemia creció bastante y que se asentaron jóvenes extranjeros con sus familias, es que Pisac es de otro mundo: pequeña, entre montañas, con su agricultura y su Parque, cerca de Cusco y con su lengua, el quechua, viva, brillante.
Volvería, volveré.






