Estoy en Santiago de Chile en plena tarde calurosa de verano tomando algo. Contenta porque llegué.
Ayer en vuelo nocturno volé de Cusco a Lima, el vuelo, reprogramado dos veces, tenía muy poco margen para hacer la conexión Lima-Santiago. A pesar de los reclamos de alrededor de 15 pasajeros la Aerolínea JetsMart no se hizo cargo de absolutamente nada, ni siquiera coordinar con el vuelo en la escala. En 30 minutos, atravesamos bastantes kilómetros del Aeropuerto de Lima para pasar dos controles, Migraciones y ubicar el sector del embarque. Pedimos que nos lleven en los cochecitos: transportados y nerviosos, llegamos, algunos, otros no alcanzaron a embarcar al vuelo a Chile de la misma aerolínea que había reprogramado el vuelo anterior.
Escuché que es bastante habitual que los aviones que salen de Cusco se atrasen, entonces si hacen este viaje, contemplen el tiempo de escala o con cuál aerolínea continuarán.
La noche fue entre trámites, vuelos ruidosos, sueños en el piso de un aeropuerto, ida a mitad de mañana nuevamente a Casa dos leones del Barrio Brasil.
Finalmente dormí en las sábanas más suaves del mundo, otra vez.
¿Una sacudida así podrá borrar el viaje onírico por el Valle Sagrado? Claro que no, forman parte del viaje: los tránsitos, las escalas, la burocracia, las pérdidas. Viajar es vivir, después de todo.
Ahora tranquila estoy en pleno centro de Santiago tomando una cerveza y escribiendo.
El plan sigue.




