Hoy fui a Chincheros a media mañana y se detuvo el tiempo. Nublado y fresquito, sentí nuevamente la altura como el primer día en Cusco. Una cierta melancolía envolvía al pueblo, habitantes silenciosos, calles casi vacías y yo flotando.
Compré choclo con queso a una chola.
Se tomó su tiempo para elegirme uno blandito, a media lengua, me preguntó si era argentina y me contó que una hija estudia Medicina en la Universidad Nacional de La Plata, Bs. As. y que su hijo varón ya es Ingeniero por la misma Universidad. Me observaba alegre, me retuvo en su silencio y me despidió.
Tomé mate de coca que me sentó muy bien, anduve por callejuelas viendo textiles. La ciudad se caracteriza por la producción y venta de ponchitos, sacos, bufandas de lana de alpaca, sobre todo.
Entré sin darme cuenta al Parque Arqueológico de Chincheros, me encontré en una explanada de la Iglesia del pueblo y en ella algunas mujeres desplegando sus tejidos. Me senté quieta y contemplé la escena bucólica: el tiempo no existe.
Interrumpió mi viaje visual un empleado del Parque que me pidió que pagará la entrada, pues yo no tenía pensado andar por las ruinas hoy porque después de subir alto ayer en Pisac quedé solo para estado contemplativo.
Llovió mucho, se puso gris negro el cielo y recorrí los 30 km. que separan Chincheros de Cusco.
Pasé por el Mercado San Pedro a comprar rosas frescas del Valle Sagrado y paré a tomar un pisco sour mientras les escribo.
Mañana iré desandando camino, me quedan horas y no quiero.





