Good morning, good morning, it´s 6:45… así es como la jefa de expedición nos despertaba todas las mañanas dando los buenos días, y avisando de que en 15 minutos estaría disponible el buffet de desayuno.
En esta ocasión anuncia también que habíamos llegado, nada más y nada menos, que al séptimo continente y nos recuerda los horarios de embarque en las zódiacs, primero el grupo rojo y luego el azul, quince minutos más tarde.
La temperatura exterior es de 3ºC.
Doy un salto de la cama, me asomo por uno de los ojos de buey del camarote y… ¡¡¡wow wow wow!!!

¡Bienvenidos al continente blanco!
Esta foto no es la mejor del mundo, pero es la primera visión que tuve de la Antártida.
Subimos a desayunar y el balanceo del barco había parado completamente, qué paz.
Una vez nutridos y antes de desembarcar, tocaba vestirse para la ocasión.
La primera vez es un poco engorro y tardas una eternidad ¿qué ponerte primero las botas o la tercera capa de pantalón? ¿el pantalón va por dentro o fuera de las botas? ¡anda, ya me he dejado la capucha de la última capa de abrigo debajo del chaleco salvavidas! Terminas sudando de tanto ponerte y quitarte ropa
Nos dirigimos a la zona de embarque de las zódiacs, nerviosos, a la mitad de nosotros (grupo rojo) nos tocaba pisar tierra en primer lugar.

¡Esa lancha viene a buscarnos!
Mientras tanto, el otro grupo haría una navegación en zódiac por los alrededores, así cumpliríamos con el cupo máximo de cien personas por desembarque permitido en este lugar.
Nos dirigíamos a la isla Danco, navegando por el Canal Errera. Es una zona espectacular rodeada de grandes montañas, enormes glaciares e icebergs.
El desembarco lo realizamos en una playa de guijarros, donde nos recibió la jefa de expedición explicándonos la ruta que podíamos hacer e indicándonos la hora a la que había que volver.

Vista panorámica de Canal Errera
El terreno ya había sido inspeccionado previamente por los guías de expedición para comprobar que la zona a transitar fuera segura (no sea que pisemos mal y caigamos por el agujero ese del que hablan, que conecta polo norte y polo sur
En serio, hay que tener cuidado con no salir de los lugares marcados, pues bajo un suelo que parece firme debido a la nieve, puede haber zonas no estables, socavones o riesgo de desprendimientos.
Para señalarnos el camino a seguir, habían colocado unas balizas rojas.

Sendero en Danco island
Esa primera vez que pisas suelo antártico es especial, tras tanta espera y nervios, por fin estás allí rodeada de icebergs, glaciares, y pingüinos y lobos marinos que ni se inmutan con tu presencia.
Hay pingüinos jovenzuelos que aún pían pidiendo comida a las mamás, otros que aún no han terminado de mudar sus plumas y muchos bañándose.
Los lobos marinos están bastante tranquilos, salvo algunos que juegan entre ellos.

Lobos marinos en Danco island

Pingüinos papúa
Una vez en tierra, puedes ir a tu aire por los caminos señalados, no tienes que ir en grupo. Los guías se distribuyen por toda la zona a visitar y te van dando instrucciones, información de interés o resolviendo las dudas que te surjan; para las largas caminatas, sí se va en grupo y con guía.
A la hora de volver al buque o de empezar la navegación en zódiac hay algo de flexibilidad, nadie te va a meter prisa si paras unos minutos o haces la visita un poco más lenta... con unos límites, claro, llegada una hora determinada hay que volver al barco.
Las lanchas van llegando a tierra y partiendo conforme se llenan, no van numeradas ni los grupos son fijos para la vuelta. Pueden llevar hasta 12 personas.
Tras dos horas, en las que tuvimos oportunidad de observar tanto la fauna como una bonita panorámica del canal, nos tocaba la primera navegación.
Esta segunda parte empezó fuerte, con una escena que no es nada fácil de ver por lo que nos dijeron.
A los pocos minutos de zarpar, junto a unos icebergs se encontraba una foca leopardo, aparentemente jugando con un pingüino; lo volteaba y lo dejaba escapar para luego volverlo a atrapar, estuvo así unos quince minutos hasta acabar comiéndoselo.
Como se ve que con uno no se quedó saciada, fue a por más.
De este modo se pudo zampar media docena durante el rato que estuvimos observándola. Daban mucha pena los pobres "pingus", pero así es la naturaleza. Nuestra “maquiavélica” foquita se ve que estaba hambrienta.

Estaba alucinando, era posiblemente el animal que más ganas tenías de ver, y ¡vaya escena que presenciamos!


Foca leopardo en acción
Esta foto es de uno de mis compis del viaje (thanks Richard!):

Había comenzado a llover, pero esto no fue un impedimento para seguir, por algo se pide ropa impermeable.
Por momentos, caía bastante agua, me alegré de haberme equipado bien. Es fundamental no mojarse para no helarse.
Nos comentaba la guía que en caso de necesitarlo, podíamos pedir volver al barco en cualquier momento. Todo el mundo resistió pero hubo una chica a la que los guantes de lana se le pusieron chorreando, y solo pudo seguir gracias a que la guía le dejó unos de emergencia de uso personal. Lo pasó francamente mal solo por llevar las manos mojadas.


Colección de icebergs
Pese a la lluvia disfruté un montón del paseo, todo el tiempo rodeados de icebergs de múltiples formas y tamaños, y teniendo de nuevo la suerte de nuestro lado al encontrarnos con una foca de Weddel. Me encanta, era otro de los animales que me hacía mucha ilusión ver. Intentamos buscar mejor ángulo pero no hubo manera de verle la cara... ¡confiémos en ver alguna más!

Foca de Weddel
Vuelta al barco, hecha un cuadro con el pelo pegado a la cara y ojos, de la lluvia y el viento ¡todo bien!
Llevaba mitones, que abrigan mucho, pero para las fotos van regular; de tanto quitarlos y ponerlos, se habían mojado por dentro. Dado que no hace tanto frío, hubiera sido mejor llevar guantes normales, eso sí, de Gore-Tex.
Nada más bajarnos de la zódiac, en la zona de desembarque tuvimos que hacer limpieza escrupulosa de las botas, pasándolas por una máquina con cepillos tipo lavacoches y líquido desinfectante.
Y a reponer fuerzas, que en un rato seguimos.
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