Hoy sí teníamos desembarque por la mañana, y además era el día del pisado continental oficial; no es que no hubiésemos puesto nuestros pies en la Antártida, sino que hasta el momento solo habíamos pisado tierra en islas.
El lugar elegido fue Portal Point, un sitio increíblemente bonito.

Portal point
El desembarco pese a ser de nuevo sobre rocas me resulta fácil, a estas alturas parecería que me había criado subiendo y bajando de una zódiac… qué pronto me acostumbro a ciertas cosas.

Si andabas unos metros, llegabas a una bahía donde, a lo lejos, se veían montañas y una pared glaciar al fondo que, quizás debido a la luminosidad del día, lucía impresionante. Por si la estampa no era lo suficientemente ideal, apareció una ballena jorobada para terminar de convencerme de que no me importaría quedarme a vivir allí una temporada.






Había muchos lobos marinos, que no paraban de juguetear entre ellos, y pingüinos Papúa, algunos dándose un baño. También hubo momento de posado, pues habían colocado una bandera de la Antártida ondeando, donde poder inmortalizar tu paso por el séptimo continente.
Apenas he hecho referencia al frío hasta ahora. La verdad es que lo soporto bien, pero había leído que en marzo podía hacer más que en otros meses, así que me llevé abrigo de más al no saber lo que me iba a encontrar. Finalmente hubo cosas que no me puse y en días como este, en los que a ratos hacía sol, incluso me sobró parte de la ropa que llevaba puesta.
Antes de terminar la caminata, retrocedimos nuestros pasos y nos fuimos en dirección contraria, a una zona rocosa donde te puedes sentar mirando al mar, llamada el Rincón del Silencio. Es un poco tontería, pero si quieres decir que te has sentado en el continente blanco, o es ahí, o no tendrás más posibilidad en esta expedición.
Antes de volver al buque para comer, dimos un paseo de un par de horas donde pudimos ver otra vez ballenas jorobadas y muchos pingüinos Barbijo nadando a saltitos a lo delfín, o sobre rocas a las que no habíamos podido acceder desde tierra.


Pingüinos Barbijo
La tarde la dedicamos a hacer otra excursión en zódiac por el puerto de Foyn, donde pudimos ver el barco hundido Guvernøren, un buque ballenero naufragado en 1915 tras un incendio, y que fue encallado intencionadamente por el capitán del barco para salvar las vidas de los ocupantes. Ahí quedó su casco, en la actualidad oxidado, que al contraste con el azul glaciar y el sonido de fondo de los charranes antárticos crea nuevamente otro momento especial.
Es un punto que encantó a los buceadores que venían en el barco, un grupo de 25 personas que estaban allí para realizar esa actividad como principal. Aunque tenían la opción de unirse a uno de nuestros grupos cuando quisieran, en la mayoría de las ocasiones no lo hicieron. Era un extra que se pagaba aparte, y por lo que decían, merecía mucho la pena.


Buque hundido Guvernøren
En las laderas se podían ver restos de madera de antiguos botes balleneros. La actividad ballenera fue muy importante en la Antártida a principios del siglo XX. El océano Antártico fue declarado santuario de ballenas por la Comisión Ballenera Internacional en 1994. Aunque Japón continuó con capturas hasta 2018 alegando fines científicos, afortunadamente hoy en día es un lugar donde no se practica la caza de ballenas.
Especies como la ballena azul, la de aleta o la jorobada llegaron a estar seriamente amenazadas: las jorobadas han tenido una recuperación bastante buena, no así la ballena azul, que sigue en peligro; las de aleta siguen siendo vulnerables, aunque la situación va mejorando.


Ballenas de aleta
Continuando con la navegación de nuevo nos esperaban algunas sorpresas, como focas de Weddel, más ballenas jorobadas y un par de ballenas de aleta, las segundas mayores tras las gran ballena azul; la ballenas de aleta no se acercaron a la lancha, pero las vimos muy muy cerca. Son inmensas. Suelen medir entre 18 y 22 metros, pero hay ejemplares grandes que alcanzan los 27. La guía nos dijo que estas en concreto medían 10 metros más que algunas de las que vimos ayer. Es de locos.
Hubo un grupo que pudo ver una ballena Minke, es usual verlas, pero a nosotros no se nos dio.


Foca de Weddel
También hubo tiempo para seguir disfrutando del hielo -que tanto echaríamos de menos a partir de ahora- en todas sus modalidades:


Aquí acababa la visita a la Península Antártica, el próximo día seguiríamos en este continente, pero nos desplazaríamos a unas islas más al norte llamadas Shetland del Sur, donde el paisaje iba a ser totalmente diferente.

Ruta por la Península Antártica
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